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Chapter 10: Chapter 10

Tomás bloquea el intento de transferencia del expediente médico mediante una auditoría forense, exponiendo que Bruno Castañeda es solo un peón de una jerarquía superior. Inés, derrotada y consciente de la vulnerabilidad de su familia, se ve forzada a reconocer la competencia de Tomás. El capítulo termina con Tomás recibiendo una advertencia directa del círculo de poder que financia el fraude, escalando el conflicto a un nivel externo y peligroso.

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Chapter 10

La 1:23 de la madrugada no trajo silencio, sino una presión más densa. Tomás Laredo permanecía junto al monitor de Don Aurelio, observando cómo la arritmia cedía ante la medicación exacta que él mismo había prescrito, ignorando los protocolos de la familia. El expediente, ahora un arma de doble filo, descansaba sobre la mesa de acero.

La puerta se abrió con un golpe seco. Inés Valdivia entró, seguida por un administrativo del hospital y dos guardias de seguridad. Su rostro, antes una máscara de superioridad, mostraba ahora las grietas de quien ha perdido el control del tablero. El administrativo, un hombre que prefería el orden de los sellos a la verdad de los pacientes, extendió una carpeta marfil.

—Doctor Laredo, la custodia del expediente se traslada a la coordinación central —anunció el hombre, evitando mirar el monitor—. La familia ha solicitado la transferencia. Usted está fuera de su jurisdicción.

Tomás no se inmutó. Sus ojos recorrieron el documento: una orden de traslado con una firma que, para cualquier ojo clínico, era una falsificación burda. La secuencia del folio estaba rota.

—Esa orden es nula —dijo Tomás, su voz cortante como un bisturí—. La cadena de custodia está bajo auditoría forense. Si mueven este expediente, el hospital no solo pierde la acreditación; se convierte en cómplice de un fraude patrimonial.

El administrativo dudó. Inés dio un paso al frente, su voz bajando a un susurro cargado de veneno. —Tomás, no te equivoques de bando. Santillán está dispuesto a limpiar tu nombre si entregas el archivo. Si insistes en este juego, no habrá lugar donde esconderte cuando la junta directiva decida quién es el responsable de este caos.

—Santillán no defiende a la familia, Inés. Defiende a quien le paga para que Don Aurelio no despierte —respondió él, entregándole una copia de la auditoría clínica que la Dra. Perea acababa de validar—. Mira el rastro bancario. No es Bruno quien mueve los hilos. Él es solo el peón que se quema para que el verdadero comprador permanezca en la sombra.

Inés tomó el papel. Sus dedos temblaron al ver la triangulación de fondos. La realidad de que su familia había sido utilizada como un simple vehículo para un rival histórico la golpeó con más fuerza que cualquier insulto.

La Dra. Perea entró en la sala, su presencia cerrando cualquier intento de réplica. —La auditoría está blindada —sentenció—. Cualquier movimiento sin mi firma será reportado como obstrucción a la justicia. Los guardias, confundidos, retrocedieron. El administrativo, viendo que el viento había cambiado, se retiró con la carpeta marfil bajo el brazo, derrotado por la precisión técnica de Tomás.

Inés se quedó sola con él. Por primera vez, no había abogados ni nombres de familia que la protegieran. —Entonces, ¿quién está detrás? —preguntó ella, su voz despojada de soberbia.

—Alguien que no juega con apellidos, sino con activos —respondió Tomás.

El teléfono de Marisol vibró. Al contestar, su expresión se volvió gélida. Extendió el aparato hacia Tomás. Era una llamada de un despacho que no figuraba en ninguna lista de la familia. Tomás escuchó la voz al otro lado: fría, profesional, desprovista de emoción.

—Doctor Laredo, ha cruzado una línea que no le pertenece. Sus movimientos serán vigilados a partir de ahora.

La llamada se cortó. Un mensaje apareció en la pantalla: una citación formal, una hora y un lugar. No era una amenaza de la familia; era una advertencia de un círculo superior. Tomás miró a Inés, quien ahora lo observaba no como al pariente expulsado, sino como al único hombre capaz de navegar la tormenta que se avecinaba. El tablero había cambiado: el conflicto ya no era por el control de la casa, sino por la supervivencia frente a un poder que no conocía la piedad.

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