Chapter 7
La 1:23 a. m. en el Hospital Central no era una hora de descanso, sino el momento en que la máscara de la familia Laredo comenzó a desmoronarse bajo la luz fluorescente. Tomás Laredo permanecía frente a la estación de enfermería, con la pulsera de identificación de Don Aurelio en la mano, un trozo de plástico que valía más que cualquier contrato de jade en la sala de subastas. A pocos metros, Bruno Castañeda, flanqueado por dos abogados de bufete corporativo, intentaba recuperar el control del tablero.
—Tomás, seamos pragmáticos —dijo Bruno, ajustándose los gemelos con una calma ensayada—. La salud de Don Aurelio es un asunto privado. Esta transferencia de activos es un trámite administrativo necesario para garantizar la estabilidad de la empresa. No compliques lo que ya está resuelto.
Inés Valdivia, pálida y con el maquillaje ligeramente corrido, sostenía una carpeta de cuero. Sus manos temblaban, un detalle que no pasó desapercibido para Tomás. Ella no estaba allí por la salud de su tío; estaba allí para evitar que el escándalo de la falsificación la arrastrara al abismo.
—La estabilidad de la empresa no se garantiza con fraude, Inés —respondió Tomás, su voz carente de cualquier rastro de súplica. Era una declaración de hechos—. La cláusula de resguardo patrimonial que intentan ejecutar fue redactada hace cuarenta y ocho horas. La firma de Don Aurelio es un garabato incoherente, y el historial médico que presentaron para justificarla carece de la línea de anticoagulación necesaria para su patología. Es una sentencia de muerte, no un trámite.
El abogado de Bruno, un hombre de rostro afilado llamado Arriaga, dio un paso al frente. —Eso es una acusación grave, Laredo. Tenemos documentos notariales que respaldan cada punto.
—Documentos notariales que se caen en cuanto la Dra. Perea compare la auditoría forense con el registro de entrada del hospital —replicó Tomás, sin retroceder. Señaló el monitor de constantes de Don Aurelio, que emitía un pitido rítmico y constante—. La Dra. Perea ya tiene el expediente bajo custodia clínica. Si intentan moverlo de esta unidad, no será a una clínica privada, sino a la fiscalía.
Bruno sintió el peso del silencio en el pasillo. La mirada de los enfermeros y el personal de guardia, antes indiferentes, ahora se clavaba en ellos con una curiosidad peligrosa. La reputación de los Laredo, cotizada en millones, se estaba devaluando con cada segundo que Tomás mantenía su posición.
—¿Quién te respalda, Tomás? —preguntó Bruno, bajando la voz, dejando de lado la cortesía corporativa—. ¿Crees que puedes jugar a ser el salvador sin que el grupo de inversión detrás de mí te borre del mapa?
—No juego a nada —dijo Tomás, acercándose a Bruno hasta que la diferencia de estatus se volvió irrelevante—. Estoy leyendo un expediente que ustedes ni siquiera se tomaron la molestia de entender. La negligencia que ocultaron es su propia soga.
Bruno, al ver que la intimidación no funcionaba, guardó la carpeta. —Esto no termina aquí. La junta directiva no permitirá que un pariente expulsado bloquee una decisión patrimonial. Disfruta tu pequeña victoria, porque mañana no tendrás ni el hospital ni el apellido.
Cuando los abogados se retiraron, la Dra. Marisol Perea salió de la oficina de urgencias. Su rostro era una máscara de severidad profesional, pero sus ojos revelaban una chispa de alivio.
—He revisado los documentos, Tomás —dijo Marisol, entregándole una copia del informe de auditoría—. La alteración es evidente. La línea de anticoagulación fue eliminada deliberadamente para inducir un colapso. He ordenado la custodia institucional del caso. Nadie sacará a Don Aurelio de aquí sin una orden judicial que, dadas las pruebas, nadie se atreverá a firmar.
Tomás asintió, sintiendo el peso de la responsabilidad. Había ganado la primera batalla, pero el enemigo era una estructura mucho más vasta. El comprador real detrás de Bruno no era solo un inversor; era alguien que conocía cada debilidad de la familia Laredo. Mientras el hospital se sumía en un silencio tenso, Tomás supo que el siguiente golpe vendría desde las sombras de la junta directiva. La guerra por el legado apenas comenzaba.