El nuevo orden
El mármol del vestíbulo del Hospital Varela, antaño símbolo de la opulencia intocable de mi familia, ahora se sentía como una extensión de mi propia piel. La inauguración de la nueva ala quirúrgica no era una celebración, sino el acto final de un funeral para el viejo régimen. Los inversores que quedaban, hombres de trajes impecables y rostros cenicientos, me observaban desde la distancia con una mezcla de reverencia forzada y terror contenido. Sabían que yo no era el heredero que esperaban; era el paria que había desmantelado su imperio desde los cimientos.
—El doctor Varela tiene razón —murmuró uno de los directivos residuales, un hombre que se
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