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Chapter 6: Quirófano de cristal

Julián interviene en una cirugía fallida de Méndez ante la junta directiva, salvando al senador Valerón y exponiendo la negligencia técnica y financiera de su rival. Tras forzar a Méndez a la capitulación, Julián neutraliza el intento de Ricardo de retirar el financiamiento al presentar a un nuevo inversionista, consolidando su control sobre la unidad quirúrgica.

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Quirófano de cristal

El aire en el Quirófano 1 no era estéril; estaba viciado, cargado de un pánico metálico que el sistema de filtración del Varga, por millonario que fuera, no lograba neutralizar. En la mesa, el senador Valerón —cuya influencia bastaba para hundir la reputación de cualquier institución— sangraba sin control. La hemorragia era masiva, un río carmesí que desafiaba la succión. Méndez, el protegido de Don Ricardo, no estaba operando; estaba colapsando.

Sus manos, antaño famosas por su firmeza, temblaban con una irregularidad delatadora. Sus pupilas, dilatadas a pesar de la luz cenital, traicionaban el efecto de la sustancia que consumía para mantener su fachada.

—¡Más presión, maldita sea! —rugió Méndez, golpeando la bandeja de instrumentos. El metal resonó con un eco seco. Sus ojos buscaron el respaldo de los residentes, pero solo encontraron miradas gélidas. Ya no eran sus subordinados; eran testigos de su caída. En la sala de observación, la junta directiva, encabezada por Don Ricardo, observaba el monitor con una tensión que rozaba la parálisis. El patriarca Varga apretó el borde de la mesa, sus nudillos blancos, viendo cómo la sutura mal ejecutada —una marca de la incompetencia que él mismo había encubierto— convertía una cirugía de rutina en una carnicería.

Julián Varga, de pie en la esquina, dio un paso al frente. No hubo duda en su lenguaje corporal, solo una calma gélida que era, en sí misma, una sentencia de muerte para la carrera de Méndez.

—Apártate, Méndez —dijo Julián. Su voz no era una petición, sino una orden que resonó en el intercomunicador de la junta—. Estás matando al paciente.

Sin esperar respuesta, Julián tomó el bisturí. Sus dedos se movieron con una cadencia hipnótica, una danza de precisión que transformó el caos en una reconstrucción vascular impecable. Ignoró la pinza de baja calidad que se doblaba entre sus dedos; él ya sabía que el lote era defectuoso, un sabotaje deliberado que ahora se volvía contra su autor. Con un movimiento fluido, improvisó un nudo de deslizamiento utilizando seda de alta gama que guardaba en su bolsillo, un recurso que solo un médico que preveía el desastre llevaría consigo.

—Elena, tome nota —dijo Julián, sin desviar la mirada de la arteria desgarrada—. La negligencia no es un accidente. Es una gestión que desvía suministros para cubrir deudas de juego. Méndez, ¿cuánto de este lote ordenaste para el negocio de tu hermano?

El silencio en la sala de observación fue absoluto. La junta veía la diferencia: donde Méndez ofrecía pánico, Julián ofrecía una clase magistral de anatomía aplicada. El monitor cardíaco se estabilizó. El sangrado cesó.

Al salir del quirófano, la escena cambió de escenario, pero no de tensión. En el pasillo, Méndez esperaba, acorralado, con la piel cenicienta.

—No puedes hacer esto, Julián. Ricardo te destruirá antes de que el informe llegue a la junta —susurró Méndez.

Julián se detuvo frente a él y extrajo una tableta. La pantalla mostraba los registros financieros del desvío de suministros, cada uno marcado con la firma digital de Don Ricardo Varga.

—Ricardo no te salvará, Méndez. Eres un pasivo en su hoja de balance y el mercado acaba de cambiar —sentenció Julián—. O entras en esa sala de juntas y confiesas la cadena de sabotaje que él mismo ordenó, o los registros toxicológicos que guardo en la nube se enviarán automáticamente a la fiscalía. Tú eliges: el despido o la cárcel.

La confrontación culminó en el despacho de la dirección. Don Ricardo, habitualmente una máscara de benevolencia, estaba veteado de un rojo violento al ver a la junta revisar las pruebas. Intentó asfixiar la gestión de Julián retirando el financiamiento de capital, pero Julián, imperturbable, le devolvió una mirada de acero.

—No puedes retirar el capital, Ricardo —dijo Julián—. Porque ese capital ya no pertenece a tu fundación. He asegurado un inversionista extranjero que busca comprar esta unidad. A partir de hoy, el control de la cirugía de alta complejidad tiene un nuevo dueño.

Ricardo se quedó petrificado, viendo cómo su imperio se desmoronaba ante la fría competencia de aquel al que siempre despreció. La junta, al ver la operatividad garantizada por Julián, comenzó a ignorar al patriarca, centrando su atención en el hombre que, por fin, tenía el bisturí —y el poder— en la mano.

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