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Chapter 4: Cicatrices de seda

Julián toma control de su jefatura y descubre que el boicot administrativo contra su unidad está firmado digitalmente por Don Ricardo. Tras humillar a Méndez, el protegido del patriarca, ante los residentes, Julián asegura su posición y advierte a Elena de la Vega sobre la magnitud del sabotaje corporativo de Ricardo.

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Cicatrices de seda

El aire en la jefatura de cirugía del Hospital Varga no olía a medicina; olía a cera de abeja y a la estancada soberbia de tres generaciones de patriarcas. Julián Varga recorrió la oficina con la mirada, deteniéndose en la placa de caoba sobre el escritorio. Era un trofeo de guerra, no un regalo. Al encender la terminal, el sistema emitió un pitido seco y una notificación carmesí bloqueó la pantalla: Acceso denegado. Permisos insuficientes para suministros críticos de Quirófano B.

Julián no se sorprendió. El boicot era tosco, una firma de Don Ricardo: asfixiar la operatividad para forzar un error clínico. Si el senador Valerón moría por falta de insumos, la responsabilidad legal caería sobre el nuevo jefe de cirugía, no sobre el almacén.

—¿Problemas, doctor? —La voz de Morales, el jefe de enfermería, resonó desde el umbral con una suficiencia ensayada—. Son fallos del servidor central. Podría tardar días en restablecerse.

Julián no respondió. Sus dedos volaron sobre el teclado, ignorando la interfaz de usuario para inyectar un script de auditoría en el kernel del sistema. En segundos, el cortafuegos administrativo se desplomó. Allí, oculta tras una máscara de error de software, estaba la firma digital de Don Ricardo Varga. El patriarca no solo ordenaba el bloqueo; lo autorizaba con su propia clave, convencido de que nadie en el hospital poseía la pericia técnica para rastrearlo.

—Dile a tu jefe que, si el senador muere por falta de gasas, no será mi licencia la que arda —dijo Julián, sin levantar la vista—. Será su legado. Y dile que la próxima vez, que use un servidor proxy si quiere jugar a ser hacker.

Morales palideció, su sonrisa desmoronándose. Julián se puso en pie, su presencia llenando el pasillo con una calma que resultaba más peligrosa que cualquier grito. Se dirigió al ala VIP, donde el Dr. Méndez, el protegido de Ricardo, supervisaba una ronda con un séquito de residentes. Méndez, con el rostro hinchado por los excesos y la arrogancia de quien se sabe intocable, bloqueó el paso de Julián.

—Varga, este no es un patio para resentidos sociales —espetó Méndez, asegurándose de que los residentes escucharan—. Tu nombramiento es una aberración burocrática. No tienes autoridad para revisar estas bitácoras.

Julián se detuvo a centímetros de él. —Méndez, el paciente 402 presenta una sepsis profunda por una sutura mal ejecutada en el duodeno. Lo ocultaste en el informe posoperatorio. Si no me dejas acceder a su historial completo ahora, no solo serás destituido por negligencia; serás el chivo expiatorio cuando la junta descubra que el senador Valerón fue operado bajo condiciones de mercado negro.

El silencio en el pasillo fue absoluto. Los residentes, hasta hace un momento seguidores ciegos de Méndez, dieron un paso atrás, distanciándose del desastre. Méndez abrió la boca, pero el miedo a ser expuesto como un incompetente le robó la voz. Se retiró con los hombros hundidos, dejando a Julián con el control del caso.

Minutos después, en el despacho de Elena de la Vega, la tensión era un muro sólido.

—Ricardo ha movido activos digitales para invalidar la firma que presentaste en la junta —advirtió Elena, señalando una pantalla con datos financieros—. Si intentas presentarla ante los accionistas ahora, dirán que es una falsificación. Te está arrinconando, Julián.

Julián dejó una unidad de almacenamiento externa sobre el escritorio. —El boicot no es solo administrativo, Elena. Es un ataque directo contra la viabilidad del hospital. He rastreado la orden de bloqueo del suministro hasta la terminal privada de Ricardo. Él mismo dio la orden de desabastecer mi unidad.

Elena palideció. —Si eso es cierto, no es solo negligencia médica. Es sabotaje corporativo. Si lo expones, la guerra será total. Ricardo no se detendrá ante nada para proteger su estatus.

—Que lo intente —respondió Julián, mirando hacia la ciudad—. Esta guerra ya no se trata de mi reputación. Se trata de quién sobrevive al colapso de los Varga. Y tengo al jefe de cirugía, Méndez, justo donde lo necesito: a un paso de admitir que su adicción a los fármacos le impide sostener un bisturí sin temblar.

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