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Chapter 6: Cirugía bajo fuego

El fiscal sufre un infarto durante su confrontación con Julián. En lugar de permitir que la familia Varela lo deje morir para ocultar sus crímenes, Julián toma el control, utiliza la cocina como quirófano improvisado y salva al fiscal, asegurándose un aliado poderoso y la posesión de la deuda del restaurante.

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Cirugía bajo fuego

El aire en el salón principal del Restaurante Varela se sentía denso, cargado con el olor a azafrán y la estática de un juicio inminente. El Fiscal de Distrito, Ricardo Valenzuela, no estaba allí por la comida. Se mantenía erguido frente a Julián, con un expediente de cuero que parecía pesar más que su propia investidura. Sus ojos, curtidos por años de perseguir sombras en los pasillos judiciales, escrutaban a Julián con una frialdad que buscaba fisuras en su máscara de sirviente.

—He revisado sus antecedentes, Varela —sentenció el fiscal, su voz cortando el murmullo de los comensales como un bisturí—. Es fascinante cómo un cirujano con su proyección desapareció de los registros oficiales justo cuando el hospital enfrentó aquel escándalo de negligencia. ¿O debería decir, cuando usted fue el chivo expiatorio perfecto para proteger a los peces gordos?

Don Arturo, cuya piel presentaba un tono ceniciento impropio de su habitual arrogancia, intentó interponerse, bloqueando el paso de un camarero con un movimiento errático.

—Fiscal, le aseguro que mi sobrino es apenas un empleado sin relevancia. Cualquier documento que tenga es basura, una invención de alguien que busca destruir el legado de esta casa —Arturo lanzó una mirada cargada de odio hacia Julián, esperando que el subordinado se encogiera.

Julián, sin embargo, se mantuvo impasible.

—El legado de esta casa, Don Arturo, está documentado en la bitácora que tengo en mi bolsillo —respondió con una calma que hizo que la mandíbula del patriarca se tensara—. Y la verdad sobre mi salida del hospital no es un rumor; es un arma que usted ni siquiera sabe cómo sostener.

Antes de que el fiscal pudiera replicar, un sonido seco, como el de un cuerpo colapsando contra la madera noble, resonó en el comedor. Valenzuela se llevó la mano al pecho, su rostro perdiendo todo rastro de color mientras se desplomaba sobre la mesa. El caos estalló. Los comensales se levantaron, creando un muro de gritos y confusión. Arturo, más preocupado por la imagen pública que por la vida del fiscal, gritó a sus guardias:

—¡Nadie se acerca! ¡Saquen a este paria de aquí, ahora mismo! ¡Es solo un desmayo!

Julián se movió con una velocidad que desmintió su fachada de sirviente. Detectó la cianosis en los labios del fiscal y la arritmia errática en su pulso carotídeo. Era un infarto masivo. Si Valenzuela moría en el Varela, la investigación se cerraría con una auditoría que expondría cada fraude de Arturo, pero también arrastraría a Julián al ostracismo. Necesitaba a ese hombre vivo.

—¡Si muere aquí, Arturo, usted irá a prisión antes de que el postre llegue a la mesa! —bramó Julián, su voz dominando el pánico—. Elena, ordene a sus hombres que despejen el camino. Si quiere proteger su inversión, deje que el médico haga su trabajo.

Elena, observando desde la penumbra, dio un paso al frente. Su pragmatismo superó cualquier duda.

—Abran paso —ordenó ella. Los guardias, confundidos por la autoridad en su voz, retrocedieron. Julián cargó al fiscal y lo condujo hacia la cocina, un santuario de acero que pronto se transformaría en su quirófano de emergencia.

Dentro, el olor a grasa quemada se mezclaba con el sudor frío. Sin instrumental médico, Julián tomó un cuchillo de chef, esterilizándolo al fuego con una precisión que dejó a Elena, presente en la puerta, atónita. No había desfibrilador, ni oxígeno, solo la urgencia de una vida que pendía de un hilo. Julián comenzó la maniobra de estabilización, sus manos moviéndose con una cadencia hipnótica. Don Arturo intentó entrar, pero Elena le bloqueó el paso con una mirada gélida.

—Ni se te ocurra, Arturo —dijo ella—. Si alguien puede salvar al fiscal, es el hombre al que intentaste enterrar. Quédate atrás y reza por tu propia libertad.

Julián no levantó la vista. Con el fiscal estabilizado apenas por segundos, sintió el pulso regresar a un ritmo tolerable. En ese instante de silencio, mientras el fiscal recuperaba la consciencia, Julián comprendió que el poder en el restaurante había cambiado de manos. Se puso en pie, limpiándose las manos con un paño, y miró a Arturo, quien temblaba ante el umbral. Julián extrajo un documento de su uniforme: la escritura de la deuda mayor del local, comprada en el mercado negro durante la semana anterior.

—Don Arturo —dijo Julián, su voz suave pero letal—, ya no eres el dueño. Eres un inquilino. Y hoy, el fiscal de distrito acaba de ser testigo de quién es el verdadero cirujano de este desastre.

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