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Chapter 3: El primer rastro negro

Elena recupera el 'libro negro' de una pared oculta en la biblioteca, descubriendo que la muerte de su madre fue una ejecución financiera orquestada por los Lane. Tras evadir a la seguridad, se enfrenta a Don Octavio en el estudio de livestreaming, quien confirma que sabe de su hallazgo y la amenaza sutilmente mientras las cámaras graban.

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El primer rastro negro

El cronómetro en mi muñeca marcaba 11 días, 23 horas y 45 minutos. Un destello azul, frío y constante, que me recordaba que cada segundo de vida en esta mansión era un préstamo con intereses impagables. Julián me había entregado el código de acceso a cambio de mi secreto más oscuro, una confesión que me dejaba desarmada ante el consejo, pero el panel de caoba frente a mí prometía algo más valioso que mi reputación: la verdad sobre el vacío que mi madre dejó en mi vida.

Introduje la secuencia alfanumérica. El panel táctil, oculto tras un retrato de mi abuelo, emitió un zumbido eléctrico que sonó como un disparo en la quietud de la biblioteca. No hubo un mecanismo elegante; la pared de madera cedió con un chasquido seco, revelando una cavidad oscura, un nicho que no figuraba en ningún plano arquitectónico de la propiedad. El aire que emanó de allí olía a ozono y a papel rancio.

Metí la mano, ignorando el instinto de supervivencia que me gritaba que retrocediera. Mis dedos rozaron algo rugoso: cuero desgastado. Al extraerlo, la luz de mi teléfono captó una mancha oscura, seca y de un tono óxido que no dejaba lugar a dudas. Sangre. No era una marca de antigüedad; era una firma.

Abrí el libro. No eran cuentas, ni balances, ni proyecciones financieras. Era una bitácora de ejecuciones. Nombres, fechas, montos de transferencia y, al lado, el método de "liquidación". En el tercer renglón, el nombre de mi madre estaba tachado con una línea gruesa, casi violenta. La náusea me golpeó con la fuerza de un impacto físico, pero antes de que pudiera procesar el horror, el sonido de botas militares sobre el mármol del pasillo rompió el hechizo.

—El sector este está comprometido. Revisen cada estantería —la voz del jefe de seguridad, un hombre cuya lealtad a Don Octavio era tan absoluta como su falta de escrúpulos, retumbó a pocos metros.

El pánico intentó paralizarme, pero la rabia, una llama nueva y peligrosa, me obligó a moverme. Me deslicé por un conducto de servicio, ocultando el libro contra mi pecho. Apenas logré cerrar la compuerta cuando la puerta principal de la biblioteca fue forzada. Estaba a salvo por ahora, pero mi acceso a la red de cámaras de la mansión había sido revocado. Estaba ciega, sola y en posesión de la sentencia de muerte de la dinastía Lane.

Regresé al estudio de livestreaming, intentando que mi respiración no delatara el caos que bullía bajo mi piel. El zumbido de los focos me recibió como una sentencia. Don Octavio estaba allí, de pie junto al escritorio de caoba, iluminado por la luz cenital que lo hacía parecer un santo de vitral. Las cámaras estaban encendidas; el público al otro lado de la red esperaba el siguiente acto de esta farsa.

—Elena, querida, te estábamos esperando —dijo, con esa calidez impostada que siempre precede a un desastre.

Me acerqué, sintiendo el peso muerto del libro bajo el forro de mi abrigo. Octavio se inclinó hacia mí, invadiendo mi espacio personal con una elegancia depredadora. Sus ojos, fríos como el mármol de la mansión, se clavaron en los míos.

—Sabes que la curiosidad es un rasgo muy peligroso en una Lane —susurró, con un tono tan bajo que solo yo pude escucharlo—. Especialmente cuando uno empieza a leer páginas que no fueron escritas para sus ojos.

Su sonrisa no llegó a sus ojos. Era la sonrisa de un verdugo que sabe que la trampa ya se ha cerrado. En ese momento, comprendí que el juego había cambiado: ya no era solo una carrera por la herencia, sino una lucha desesperada por no convertirme en la siguiente entrada en ese libro marcado con sangre.

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