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Chapter 1: La transmisión del vacío

Elena, la pariente marginada de la dinastía Lane, es forzada a actuar en un livestream para encubrir la desaparición de su prima. Durante la emisión, un fallo técnico revela evidencia de corrupción, seguida de una nota de voz incriminatoria de la desaparecida. Julián, el consultor de la familia, la confronta y le ofrece acceso al 'libro negro' a cambio de un precio personal, mientras el reloj legal de 12 días comienza a correr, marcando la cuenta regresiva para la pérdida total de la herencia.

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La transmisión del vacío

El zumbido del aire acondicionado en el estudio de la mansión Lane no es un sonido, es una presión. Bajo los focos de alta intensidad, el maquillaje correctivo se siente como una costra de yeso sobre mi piel. Frente a mí, el lente negro de la cámara principal me observa, impasible, transmitiendo mi rostro a millones de espectadores. Soy Elena, la pariente olvidada, la pieza de utilería que Don Octavio ha sacado del armario para cubrir el hueco que dejó la desaparición de mi prima.

—Recuerda, Elena —la voz de Octavio llega desde la penumbra, cargada de una autoridad que no admite réplicas—. La familia es un bloque de granito. Si una parte se desprende, el resto debe permanecer intacto. Tu dolor debe ser tan creíble como tu silencio.

Sus ojos, dos rendijas de acero, me vigilan desde el borde del set. Él no busca consuelo; busca la validación de un guion diseñado para salvar su patrimonio. A mi lado, el teleprompter parpadea con frases sobre "esperanza" y "fe en las autoridades", pero mi mente está atrapada en el contador digital que domina la pantalla secundaria: 12 días. Es el plazo legal. Si no aparece un heredero con el sello de la dinastía antes de que el reloj llegue a cero, el consejo de administración, liderado por Octavio, se hará con el control total de los activos. Mi prima no huyó; la borraron.

De repente, un fallo técnico sacude el set. Las luces parpadean y, por un segundo, el monitor principal no muestra mi rostro, sino un frame estático de un documento financiero: una transferencia offshore a nombre de una sociedad fantasma que Don Octavio juró ante la prensa que no existía. Mi corazón da un vuelco. La imagen desaparece, reemplazada por una estática blanca que hace que el director de cámaras grite órdenes frenéticas fuera de campo.

El corte a comerciales es mi única salvación. Mientras el equipo de producción se mueve como hormigas, mi teléfono vibra contra mi muslo. Un mensaje encriptado. Un icono de una cadena rota. Me encierro en el camerino, con el corazón golpeando mis costillas. Abro el archivo. La voz de mi prima, distorsionada por un filtro metálico, es un susurro entrecortado:

—Elena, el libro no está en la caja fuerte. Está en las paredes. Octavio sabía que yo…

Un chasquido estático corta la confesión. La puerta se abre sin previo aviso. Julián entra, cerrando el seguro con una calma que me provoca náuseas. Sus ojos no buscan mi consuelo, sino la pantalla de mi dispositivo.

—Sabes que no deberías estar mirando eso —dice Julián, su voz carente de la lealtad corporativa que muestra ante las cámaras. Se acerca hasta invadir mi espacio personal—. Esa nota es una sentencia de muerte para cualquiera que la posea. Incluyéndote a ti.

—¿Desde cuándo eres el guardián de sus secretos, Julián? ¿O es que el barco se hunde y buscas un bote salvavidas? —pregunto, sintiendo el peso de la información. Él sonríe, una mueca gélida.

—No busco proteger a la familia. Busco sobrevivir a ella. Si te doy el código para acceder al registro real, ¿estás dispuesta a pagar el precio? Porque la reputación que tanto te ha costado mantener será el primer sacrificio.

Me entrega un papel doblado con una clave alfanumérica. Es una oferta de alianza que me obliga a elegir entre mi seguridad y mi integridad. Al volver al set, la transmisión se reanuda. En la esquina del monitor principal, el contador legal ha cambiado de tono. Ya no es una cifra administrativa; es una cuenta atrás. 12 días, 04 horas, 22 minutos. El reloj de la mansión Lane, sincronizado con el sistema legal, marca el ritmo de mi propia ejecución. Don Octavio me observa desde las sombras, con una sonrisa que confirma que él sabe exactamente lo que tengo en el bolsillo. He recibido la primera pieza del rompecabezas, pero el costo de este conocimiento es mi libertad. La transmisión termina, pero la verdadera partida acaba de empezar.

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