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Chapter 4: Sombras en el muro

Elena localiza un compartimento oculto detrás del retrato de la bisabuela en la biblioteca de la mansión usando la tarjeta robada. Encuentra una hoja suelta del Libro Negro que revela una lista de ejecuciones, incluyendo su propio nombre marcada para un 'accidente doméstico' en 9 días, con Julián Varga como responsable. Es interceptada por seguridad y por Varga, quien le recuerda que cada intrusión acorta el plazo. Elena destroza un jarrón Ming invaluable para crear una distracción y escapa, confirmando que el Libro Negro son hojas dispersas y que Sofía la eligió sabiendo el riesgo mortal que corría Elena.

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Sombras en el muro

Elena empujó la puerta de la biblioteca con el hombro, la tarjeta magnética aún caliente contra el esternón. El lector emitió un pitido verde corto. Nueve días. El número le golpeaba las sienes como un martillo de plomo.

No tocó el interruptor principal. Solo la tira de emergencia del rodapié encendía un azul quirúrgico que convertía los lomos de cuero en heridas abiertas. En la mano izquierda llevaba los planos robados del escritorio del patriarca hacía menos de una hora, durante el desfile de sonrisas falsas y copas intactas de la cena familiar. Fue directo al panel oeste.

La anotación en tinta roja —letra fina y nerviosa, de Sofía— marcaba detrás del retrato de la bisabuela Carlota un hueco de 38×24 centímetros etiquetado como “mantenimiento estructural”. Toda la casa era una etiqueta bonita sobre podredumbre.

Se plantó frente al cuadro. La bisabuela la miraba con esa superioridad helada que los Valdés perfeccionaban desde niños. Elena pasó los dedos por el marco dorado. Polvo fino. Y debajo, una leve irregularidad. Presionó con el pulgar. El lienzo se deslizó en silencio hacia un lado.

Dentro, una caja metálica sin cerradura visible, solo la ranura para tarjeta.

Insertó la magnética. Clic seco. La tapa cedió.

Una hoja amarillenta, bordes mordidos por el tiempo, tinta negra que en algunos trazos parecía sangre seca. Elena la extrajo con dedos que temblaban apenas y la desplegó bajo la linterna del celular. Una lista. Nombres propios. Fechas. Cantidades de seis ceros. Y al final, en tinta más reciente, más oscura:

Valdés, Elena María – Accidente doméstico – Plazo máximo: 9 días naturales desde activación Protocolo 7-B – Responsable: Varga, J.

El pulso se le alojó en la garganta. No gritó. No maldijo. Solo sintió cómo el aire se volvía más denso, como si la biblioteca entera se hubiera cerrado sobre ella.

Las luces principales se apagaron de golpe. Corte total. La oscuridad cayó oliendo a cuero viejo y cera quemada. Luego llegaron las botas. Dos conos de linterna blanca atravesaron la puerta principal. Los guardias entraron en formación cerrada, armas bajas pero con el dedo cerca del gatillo.

Elena retrocedió un paso. El tacón chocó contra la base del cuadro. Guardó la hoja en el bolsillo trasero del jean y levantó las manos despacio. El celular seguía apretado contra el pecho, el flash encendido, iluminándole la cara desde abajo.

—Manos donde podamos verlas, señorita Valdés —dijo el guardia delantero, voz sin inflexión.

Entonces apareció Julián Varga. Salió de la penumbra del pasillo como si la oscuridad fuera su elemento natural. Traje negro sin una arruga, corbata del color de sangre coagulada. Los ojos fijos, sin parpadeo.

—Elena —dijo con esa calma que siempre le erizaba la piel—. Sabía que no ibas a quedarte quieta.

Ella apretó los dientes hasta que sintió el sabor metálico.

—No vine por recuerdos familiares. Vine por lo que Sofía dejó.

—La verdad tiene precio. Y tú ya pagaste la cuota inicial. —Señaló el cuadro desplazado con un leve movimiento de barbilla—. Cada acceso no autorizado acorta el plazo. Nueve días. Si sigues así, mañana serán ocho.

Los guardias avanzaron medio paso. Elena chocó de espaldas contra el estante. Su mirada cayó en el jarrón Ming sobre la peana de mármol negro. La pieza que el patriarca exhibía en cada cena como un certificado de linaje eterno. Valor incalculable. Orgullo intocable.

Lo tomó con ambas manos y lo estrelló contra el suelo. El estallido fue brutal, seco, definitivo. Porcelana milenaria hecha añicos que rebotaron contra el parqué. Los guardias se congelaron un segundo. Julián entrecerró los ojos.

—Qué desperdicio —murmuró, casi con pena.

Elena aprovechó el instante de estupor. Corrió hacia la puerta lateral de servicio, la abrió de un empujón y se lanzó al pasillo oscuro. Detrás escuchó la voz fría de Julián:

—Cierren todas las alas. Nadie entra ni sale hasta que la tengamos.

Corrió por corredores de servicio que olían a humedad y lejía industrial, hasta el almacén abandonado del ala este. Cerró la puerta con el hombro, apoyó la frente contra la madera astillada y respiró con dificultad. Encendió la linterna del celular.

La hoja temblaba ligeramente en su mano. La luz la hacía parecer más sucia, más real. Volvió a leer, línea por línea. No era una lista de beneficiarios. Era una lista de ejecución. Nombres tachados con fechas pasadas. “Accidente de tránsito”, “sobredosis accidental”, “caída fatal”. Y allí, casi al final, su nombre subrayado en rojo: doméstico. Como si la humillación formara parte del servicio.

Pasó el pulgar por las letras. Alguien había escrito al margen, con letra apresurada que reconoció al instante: Sofía lo sabía. Por eso te eligió.

El estómago se le retorció. Sofía. La prima perfecta que había desaparecido en plena gala transmitida en vivo. La que le había dejado la USB escondida en el estudio. La que había pagado con su libertad —o con su vida— por sacar la podredumbre a la luz.

Dobló la hoja con cuidado y la guardó en el bolsillo interior de la chaqueta. El reloj del celular marcaba 8 días, 21 horas y 9 minutos. El plazo se había reducido otra vez. Cada paso la acercaba más al “accidente” que ya tenían programado para ella.

Susurró en la oscuridad, voz quebrada pero firme:

—Te juro, Sofía, que no van a ganar.

Pero mientras lo decía, supo que la promesa ya no era solo de justicia. Era de supervivencia. Y que la próxima jugada tenía que ser contra Julián Varga: el hombre que firmaba su sentencia de muerte y, al mismo tiempo, parecía incapaz de ejecutarla sin dudar un segundo.

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