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Chapter 9: La alianza inestable

Valeria escapa del muro de la hacienda tras escuchar a Esteban planear su caída. Busca refugio en Nora Salvatierra, su abogada, para presentar las pruebas. Sin embargo, Nora revela su verdadera lealtad al 'heredero fantasma', atrapando a Valeria en una trampa legal diseñada para incriminarla definitivamente antes de que venza el plazo de 36 horas.

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La alianza inestable

El aire dentro del muro era una mezcla sofocante de polvo de yeso, moho y el olor metálico de los cables antiguos. Valeria se presionó contra el tabique, con los pulmones ardiendo, mientras al otro lado, la voz de Esteban Montalvo atravesaba la pared como una sentencia de muerte.

—El algoritmo ya está en fase de ejecución, Nora —dijo Esteban. El chasquido de un encendedor metálico resonó en el despacho—. Para cuando el juez reciba la solicitud de ausencia, el rastro del dinero será un laberinto sin salida. La sobrina es el chivo expiatorio perfecto. Su firma ya está en los contratos puente. Es solo cuestión de tiempo.

Valeria sintió un espasmo en la mano. El dispositivo de grabación, oculto bajo su manga, vibraba con cada sílaba. Treinta y seis horas. Ese era el margen antes de que la ley declarara a Camila desaparecida y el patrimonio Montalvo cayera en manos del 'heredero fantasma', el algoritmo que Esteban había diseñado para blanquear décadas de desfalco. Cuando Esteban se acercó al panel que ocultaba su refugio, Valeria se deslizó por el conducto de ventilación con la precisión de quien no tiene otra opción que la supervivencia, dejando atrás el despacho justo antes de que un golpe seco hiciera vibrar la madera donde segundos antes reposaba su cabeza.

Horas después, el zumbido de una cafetera industrial en la zona financiera le taladraba las sienes. Nora Salvatierra, su abogada y única esperanza, observaba el sobre sellado sobre la mesa de formica con una frialdad que helaba la sangre.

—Esto es inadmisible, Valeria —dijo Nora, sin alzar la voz—. Si presento esta grabación obtenida en el muro de una propiedad privada, Esteban no solo me destruirá a mí. Te hundirá a ti por allanamiento y robo de propiedad intelectual. Estás jugando a ser detective cuando deberías estar preparando tu defensa legal.

—No hay defensa legal posible cuando el juez está en la nómina de Esteban —replicó Valeria, inclinándose hacia adelante, con los ojos inyectados en sangre—. Sé lo que te pasó hace cinco años, Nora. Sé por qué perdiste tu prestigio. Esteban te usó entonces y te está usando ahora. Si no presentamos esta prueba, ambas terminaremos en la ruina, pero yo también iré a la cárcel por su desfalco.

Nora se tensó. La mención de su derrota profesional fue el bisturí que abrió la máscara. Tras un largo silencio, la abogada asintió con una rigidez calculada. —Prepararé el expediente. Pero necesito el libro negro original como garantía. Sin él, no tengo forma de probar que el algoritmo no es una invención tuya.

Valeria salió de la cafetería con el peso del mundo sobre los hombros. Apenas dio unos pasos en el estacionamiento privado cuando su teléfono brilló. Un mensaje de Esteban: «Sé que estás ahí. Entrégame la unidad o la seguridad limpiará la casa. ¿Quién crees que creerá una heredera desesperada frente a los libros contables?». La urgencia era insoportable. Valeria intuyó que Esteban estaba desesperado; el algoritmo fallaba, creando incoherencias en las cuentas que solo el libro original podía corregir.

Finalmente, Valeria regresó al despacho de Nora. Sobre la mesa de caoba, el sobre lacrado aguardaba. Valeria lo abrió, buscando una señal de lealtad, pero sus ojos se clavaron en una cláusula de transferencia de derechos patrimoniales a una sociedad anónima de reciente creación. Era una trampa. No era un escudo legal; era una confesión firmada que la convertía en la única responsable del robo de la herencia.

—Valeria, siempre tan eficiente —dijo Nora, con una sonrisa gélida que no llegaba a sus ojos—. Abriste el sobre. Sabías que no podías resistirte.

Valeria retrocedió, pero la puerta del despacho se cerró con un clic electrónico. Nora se levantó, ajustándose el saco con calma, mientras marcaba un número en su teléfono.

—Esteban, la tengo —dijo Nora, mirando a Valeria con desprecio—. La prueba está aquí. Y sí, ella misma se ha entregado. El heredero fantasma ya tiene su chivo expiatorio definitivo.

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