El estudio como trampa
El zumbido del servidor principal en el estudio de livestreaming era un recordatorio físico de la guillotina: treinta y seis horas. Ese era el margen legal antes de que la desaparición de Camila se convirtiera en una sentencia de muerte para el patrimonio y en una condena perpetua para Valeria. El aire en la sala técnica estaba viciado, cargado de ozono y el olor metálico de los equipos forzados. Valeria no tenía tiempo para el miedo; solo para la precisión.
—Señorita, no puede estar aquí —la voz del técnico, un joven con ojeras profundas, tembló. Sus manos flotaban sobre el teclado, bloqueado por una orden de borrado remoto.
Valeria lo ignoró, empujando su hombro con una firmeza que no sabía que poseía. Deslizó su tarjeta de heredera. El sistema, aún configurado con los privilegios de la rama principal de los Montalvo, emitió un pitido verde. La pantalla se iluminó con una cascada de directorios. Esteban estaba purgando los registros de la transmisión original, pero no conocía la estructura de archivos que Camila había diseñado como un mapa de escape.
—Tu carrera terminó en el momento en que aceptaste su dinero para silenciarla —dijo Valeria, sin apartar la vista de la barra de progreso—. Si quieres salvar algo, apaga la alarma de intrusión. Ahora.
El técnico retrocedió, su lealtad colapsando ante la frialdad de Valeria. En el instante en que el archivo crítico se transfirió a su unidad portátil, el teléfono del técnico vibró. El nombre de Esteban Montalvo iluminó la pantalla. Valeria no esperó. Se deslizó hacia el pasillo de servicio, con el dispositivo apretado en su mano como un arma cargada.
El pasillo estaba oscuro. Valeria se presionó contra el yeso frío, conectando los audífonos. El audio se reprodujo con una nitidez punzante.
—No me importa el costo, Rivas —la voz de Esteban era un bisturí—. Si la transmisión se corta, que parezca una crisis nerviosa. Si Valeria husmea, úsala de pantalla. Es la heredera prescindible.
El frío le subió por la columna. No era solo un desfalco; era una ejecución social diseñada para que ella cargara con el peso de la desaparición. Pero entonces, una voz distinta, la de Camila, surgió del archivo: «Sabía que vendrías, Valeria. Esteban cree que soy la víctima, pero él es quien está atrapado en sus propias paredes». Una nota adjunta revelaba la existencia de una cámara oculta en el despacho de Esteban, una prueba que él jamás sospecharía que existía.
Las luces del estudio se apagaron de golpe. El sonido de botas pesadas resonó en el metal del pasillo. Los hombres de Esteban habían bloqueado las salidas. Valeria corrió hacia el ala antigua, forzando la cerradura de una habitación secreta empotrada en los muros de la hacienda. Mientras se arrastraba hacia el interior, el muro comenzó a ceder.
—Revisen cada rincón —la voz de Esteban retumbó justo al otro lado de la puerta—. No saldrá de aquí con lo que robó.
Valeria intentó cerrar el mecanismo del muro, pero el peso de la piedra era inmenso. La trampa se cerraba, y ella estaba dentro.