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Chapter 1: La última transmisión de la heredera

Valeria rescata un fragmento de la última transmisión de su prima desaparecida, Camila, antes de que su tío Esteban borre las pruebas. Al analizar el video con la abogada Nora Salvatierra, descubre que Camila dejó un mensaje en código Morse que apunta a una caja fuerte familiar, mientras el reloj legal de 72 horas para la herencia comienza a correr.

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La última transmisión de la heredera

La luz del estudio de grabación no era cálida; era una incandescencia quirúrgica, diseñada para diseccionar la vida de los Montalvo bajo el pretexto de la transparencia pública. Valeria observaba desde la penumbra de la mesa de control, con el aliento contenido. En la pantalla principal, Camila se veía impecable, con el cabello recogido en una coleta tirante que acentuaba su palidez. Era la heredera, la imagen de la dinastía, pero sus manos, ocultas bajo el escritorio de cristal, tamborileaban con una irregularidad que no encajaba con el guion ensayado por Esteban.

—El patrimonio familiar no es una herencia, es una deuda —dijo Camila. Su voz, amplificada por los micrófonos, sonó con una frialdad antinatural.

De repente, el flujo de video sufrió un espasmo. La imagen se distorsionó, perdiendo color y nitidez. Tomás Rivas, el productor, se puso en pie de un salto, con los dedos volando sobre la consola de mezcla.

—¡Corten! ¡Se nos cae la señal! —gritó, pero no buscaba repararla. Sus ojos, inyectados en sangre, buscaron a Esteban Montalvo en la parte trasera del estudio. Esteban, impecable en su traje gris, ni siquiera parpadeó. Su mano, apoyada sobre el respaldo de una silla, se cerró con una fuerza que hizo crujir la madera.

—Borra el servidor, Tomás. Ahora. Si esa transmisión llega a la red, la declaración legal de ausencia perderá su validez técnica —ordenó Esteban.

Valeria no esperó. Mientras los técnicos entraban en pánico, ella se lanzó hacia la terminal secundaria. Sus dedos, fríos y ágiles, interceptaron el flujo antes de que el comando de borrado completara su ciclo. La descarga fue lenta, agónica, una barra de progreso que parecía burlarse de su urgencia. Cuando el archivo se guardó en su unidad externa, el servidor se apagó con un pitido seco y definitivo. El estudio quedó en un silencio sepulcral.

Valeria salió al vestíbulo, sintiendo el peso de la unidad USB contra su costado; el fragmento de la transmisión de Camila se sentía como una bomba de tiempo.

—Valeria, deja de husmear —la voz de Esteban cortó el murmullo de los técnicos. Él no la miró; estaba demasiado ocupado firmando una pila de documentos legales con una pluma estilográfica que parecía un arma—. Camila se ha ido. Es un asunto privado de la familia, no un espectáculo para tus redes.

—No es un espectáculo, tío. Es una desaparición —respondió Valeria, obligándose a mantener la voz firme—. He visto los movimientos en la cuenta puente de la constructora. Camila no estaba huyendo; estaba rastreando a quién le pagaba la familia para mantener los muros en pie.

Esteban se detuvo en seco. Dejó la pluma sobre la mesa de recepción y se acercó a ella, invadiendo su espacio personal con una frialdad que helaba la sangre.

—Tienes setenta y dos horas, Valeria. Ese es el plazo legal antes de que el patrimonio sea redistribuido y la ausencia de Camila se declare permanente. No malgastes tu tiempo jugando a la detective. Si te entrometes, no solo perderás tu parte; perderás tu lugar en esta ciudad.

Valeria se alejó antes de que él pudiera ver el temblor en sus manos. Necesitaba respuestas que no vinieran de un Montalvo.

El despacho de Nora Salvatierra olía a cuero viejo y a una burocracia que nunca descansaba. A través de los ventanales, la ciudad se veía ajena al cronómetro que, para Valeria, empezaba a marcar un ritmo cardíaco acelerado. Quedaban menos de setenta y dos horas.

—No es un error técnico, Valeria —sentenció Nora, sin despegar la vista del monitor donde el video se repetía en bucle. Sus dedos, largos y precisos, pausaron la imagen en el segundo exacto donde los ojos de Camila se desviaban y el parpadeo de las luces del estudio se volvía errático—. Es código Morse. Alguien con formación básica en la familia, como ella, no lo haría por azar.

Valeria se acercó, sintiendo el peso del aire en la estancia. La pantalla mostraba el rostro de su prima, pálido, casi espectral, en medio del despliegue de luces LED que Tomás Rivas había diseñado para el show. En el fragmento capturado, el parpadeo no era un fallo de energía. Era una serie de coordenadas geográficas.

—¿Por qué ella? —murmuró Valeria, sus manos aferradas al borde de la mesa de caoba—. Siempre fui la sombra, la que miraba desde la puerta. ¿Por qué me dejaría esto a mí?

—Porque eres la única que no tiene las manos manchadas de la tinta de ese libro negro —respondió Nora, deslizando un documento sellado hacia ella. La abogada le lanzó una mirada gélida—. Si abres esto, ya no hay vuelta atrás.

Valeria tomó el sobre. El código Morse en la pantalla no era un error técnico; era un mapa hacia la caja fuerte de su tío, y el tiempo acababa de empezar a correr.

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