La cuenta regresiva se acelera
La lluvia de la capital no limpiaba las calles; las convertía en un espejo oscuro donde la verdad se distorsionaba. Julián Varela, empapado y con el aliento cortado, se detuvo frente a la entrada del Banco Central. El reloj de su muñeca, ahora vacío tras haberlo entregado como pago al taxista, marcaba el inicio de una carrera contra el cronómetro legal. Faltaban once días para que el imperio Varela se consolidara en manos de Patricio, y él, el primo repudiado, era el único obstáculo en el camino.
El vestíbulo del banco era un mausoleo de mármol y silencio. Julián se acercó al mostrador, sintiendo el peso del Libro Negro oculto bajo su chaqueta. Cada paso le costaba una gota de su ya mermada seguridad; sabía que la policía lo buscaba como sospechoso oficial de la desaparición de Elena.
—Señor Varela —dijo el gerente, un hombre cuya piel parecía hecha de pergamino viejo—. Sus cuentas han sido congeladas por orden de Varela Holdings. No puedo permitirle el acceso a ninguna caja de seguridad.
Julián no respondió con palabras. Deslizó la llave de bronce que había recuperado en la mansión, un objeto frío y pesado que Elena le había dejado como una promesa de redención. El gerente palideció al ver el sello grabado en el metal. Antes de que pudiera llamar a seguridad, un teléfono privado sobre el escritorio comenzó a vibrar con una insistencia agresiva. El gerente contestó, y su rostro se transformó en una máscara de terror al escuchar la voz de Patricio al otro lado.
Julián no esperó. Arrebató la tarjeta de acceso del mostrador y corrió hacia la bóveda. Sus dedos, entumecidos por el frío y la adrenalina, insertaron la llave en la ranura de la caja 402. El mecanismo cedió con un chasquido metálico que sonó como un disparo en el silencio del banco.
La caja estaba vacía.
No había documentos, ni pruebas, ni el rastro de la corrupción familiar. Solo un sobre solitario con el sello de cera de la heredera. Julián lo abrió con manos frenéticas. Dentro, una nota manuscrita en la caligrafía elegante de Elena: «El libro era la distracción. Tú eres el verdadero heredero del caos. Lo vacié hace cuarenta minutos. No fue Patricio. Fui yo».
El sonido de las sirenas policiales estalló afuera, inundando el vestíbulo. El vacío de la caja no era una derrota; era una confesión. Elena no estaba huyendo de la familia; estaba orquestando su caída, y él era el peón que ella había sacrificado para ganar tiempo.
Julián salió por la puerta de servicio, con el corazón golpeándole las costillas. La lluvia caía como látigos mientras se ocultaba en un callejón. Al revisar su mochila, el Libro Negro reapareció, metido entre la tela húmeda. Las páginas estaban calientes contra su palma, y de ellas comenzó a emanar una grabación activada por su contacto.
—Julián… si escuchas esto, llegaste tarde. Tenía que hacerlo. Patricio no puede encontrar lo que no existe, pero tú sí puedes encontrarme a mí.
La voz de Elena, ronca y decidida, lo dejó paralizado. Las sirenas estaban a metros de distancia. El depósito vacío no solo le quitó la prueba; le había quitado el margen de error. Ya no era una cacería de tesoros; era una trampa que se cerraba sobre él, y Elena era quien sostenía la cuerda.