Voces desde el abismo
El aire en el calabozo de la torre del reloj sabía a cal húmeda y sangre vieja. Elena se obligó a respirar por la boca, ignorando el mareo que le provocaba el hedor. Faltaban once días y seis horas para la liquidación del fideicomiso, pero el tiempo se había vuelto un concepto abstracto frente a la realidad de Sofía.
La heredera, a quien todos daban por muerta o fugada, estaba encadenada a un pilar de piedra. Su vestido, antaño elegante, era ahora un harapo grisáceo. Al ver a Elena, sus ojos se abrieron con un terror que no era para sí misma, sino para el objeto que Elena apretaba contra su pecho: el Libro Mayor.
—No debiste venir —la voz de Sofía era un siseo agónico—. El Juez no solo firma las órdenes de desaparición. Él es el arquitecto. El orfanato es su lavandería personal, y cada nombre en ese libro es un clavo en el ataúd de alguien que intentó hablar.
Elena se arrodilló, sintiendo el frío del suelo calar sus huesos. Sacó el anillo de la niña, el código que había descifrado bajo la luz de la luna, y lo presionó contra la cubierta del libro. El mecanismo de cierre, un complejo sistema de engranajes ocultos, cedió con un chasquido seco.
—El Juez está en la página cuarenta y dos, Sofía. Tengo la lista. Cada transferencia, cada cuenta en las Islas Caimán, cada soborno que mantiene a este pueblo bajo su bota. Si me capturan, el libro se hace público. He configurado un envío automático.
Sofía intentó incorporarse, pero un espasmo de dolor la obligó a desplomarse. Elena comprendió la crueldad de su posición: no podía rescatarla sin asistencia médica, y cada minuto que permanecía en la torre, el cerco de Julián Varga se cerraba.
Un estruendo metálico resonó en la escalera de caracol. Elena subió al nivel superior, donde el sistema de vigilancia de la torre le permitió ver la realidad: Julián Varga estaba frente a la puerta principal, flanqueado por tres hombres armados. Su rostro era una máscara de eficiencia quirúrgica.
—Elena —la voz de Julián, amplificada por el intercomunicador, retumbó en la estancia—. El pueblo ha sido notificado. Eres una intrusa en tu propia casa. Entréganos el Libro Mayor y la niña, y el Juez será clemente. De lo contrario, no habrá rastro de ti para cuando amanezca.
Elena sintió el peso del libro. No tenía salida física; la torre era una trampa. Pero tenía la red de radio de la mansión. Con manos firmes, interceptó la frecuencia.
—Julián —dijo Elena, su voz resonando en toda la plaza—. Si das un paso más, la Fiscalía Federal recibirá el paquete cifrado. El Juez no solo perderá su cargo; será el primero en ser interrogado por los activos de la Fundación Varga. ¿Quieres ser el único responsable de esta purga cuando el barco se hunda?
El silencio que siguió fue absoluto. Abajo, Varga se detuvo en seco. Los hombres armados intercambiaron miradas de duda. Elena había invertido la dinámica de poder: Varga ahora debía protegerla para evitar que el Juez fuera expuesto.
—Dile al Juez que el fideicomiso se detiene hoy —sentenció Elena, con el pulso martilleando en sus sienes—. Si veo una sola patrulla, el Libro Mayor deja de ser un secreto y se convierte en una sentencia de muerte para todos.
En la lejanía, el sonido de las sirenas de la policía local comenzó a acercarse, pero Varga levantó una mano, ordenando a sus hombres que se interpusieran entre la torre y la ley. La tregua era precaria, una moneda de cambio manchada de sangre que solo duraría hasta que el Juez decidiera si prefería salvar su cuello o a su ejecutor.