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Chapter 4: Cuentas que sangran

Elena finge una crisis emocional para engañar a Julián y acceder a su despacho. Allí, descubre que el Libro Mayor oculta la existencia de una segunda heredera y que Julián ha estado documentando cada uno de sus movimientos. El capítulo termina con Julián regresando inesperadamente mientras Elena está atrapada en su oficina.

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Cuentas que sangran

El reloj de la torre del santuario no marcaba las horas; las ejecutaba. Faltaban once días y diez horas para que el fideicomiso Valdés se cerrara, y con él, mi derecho a existir fuera de los muros de esta mansión. Sin mi teléfono, sin aliados y con el Libro Mayor pesando en mi cintura como una sentencia de muerte, cada paso por el vestíbulo se sentía como una caminata hacia el cadalso.

Julián Varga me esperaba al pie de la escalera. Su traje, impecable y oscuro, parecía absorber la luz de las lámparas de cristal. No era un hombre, era un mecanismo de control.

—El párroco dice que te vio alterada, Elena —dijo, su voz deslizándose por el mármol con una suavidad que me erizó la nuca—. La desesperación es un rasgo poco elegante en una Valdés. ¿Qué buscabas en el confesionario?

La humillación era mi única armadura. Me dejé caer sobre el escalón, ocultando el rostro entre las manos, dejando que el temblor de mis dedos fuera real. Si él me creía una empleada rota, una carga que solo quería su parte para desaparecer, bajaría la guardia.

—No puedo más, Julián —sollocé, forzando un quiebre en mi voz—. Esta casa, el peso de los muertos... solo quiero los papeles de la liquidación. Quiero irme. No quiero nada de lo que Sofía dejó atrás.

Julián bajó un escalón, su sombra cubriéndome. El aire se volvió denso, cargado de un olor a tabaco y autoridad. Durante un segundo eterno, sus ojos escanearon mi postura, buscando la mentira. Luego, suspiró con una condescendencia gélida.

—La fatiga es comprensible. Ve a mi despacho. Los formularios de liquidación están sobre la mesa. Quizás, al ver el final del camino, recuperes la calma.

Me dio la espalda y se marchó hacia la puerta principal. El rugido de su coche al arrancar fue mi señal. Tenía el camino libre, pero el precio de este acceso sería alto: si me atrapaba dentro, no habría excusa que me salvara.

El Callejón de la Cruz, 14, estaba sumido en una tormenta eléctrica que hacía parpadear las luces del pueblo. Entré en el despacho de Julián con el corazón golpeando mis costillas. No busqué formularios; me dirigí al retrato familiar. Tras el óleo, la caja fuerte aguardaba, un monolito de acero que custodiaba el corazón del linaje.

Mis dedos, entumecidos por el frío, forzaron la cerradura. Un chasquido metálico resonó en la habitación, demasiado fuerte en el silencio sepulcral. La llave digital —un dispositivo con un LED azul parpadeante— cedió. Al conectarla a su laptop, una red de datos se desplegó ante mí. No era contabilidad; era un diagrama de flujo que conectaba el santuario con cuentas en paraísos fiscales.

Pero lo que me heló la sangre fue el documento vinculado a la página 42 del Libro Mayor. No era una cuenta. Era un acta de nacimiento fechada hace siete años. No era Sofía, ni yo. Era una niña, una segunda heredera oculta bajo el nombre de una fundación fantasma. La herencia no era un botín; era un sistema de reemplazo. Julián no solo me vigilaba; me estaba documentando como una pieza de caza. En una carpeta, encontré fotos mías saliendo del santuario, marcadas con fechas y horas precisas. Él sabía cada paso que había dado desde que llegué.

Entonces, el sistema de seguridad emitió un pitido agudo y la puerta del despacho se bloqueó con un golpe metálico. El sonido de un motor se detuvo en la entrada. Julián había regresado. Escuché el tintineo de sus llaves en la cerradura externa. Me agaché tras el escritorio, con la llave digital apretada en mi puño, mientras la puerta se abría lentamente.

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