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Chapter 1: El eco del muro vacío

Elena Valdés se infiltra en la mansión Valdés tras la desaparición de Sofía, sorteando a Julián Varga para acceder a la habitación sellada. Allí, descubre el Libro Mayor, un registro de chantaje que vincula a la élite del pueblo con el santuario, y una nota de voz de Sofía que confirma que su desaparición fue una purga interna.

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El eco del muro vacío

Las campanas de la basílica de San Judas de los Montes no solo marcaban el mediodía; para Elena Valdés, eran el martillo de un reloj de arena. Doce días. Ese era el plazo legal antes de que el patrimonio de los Valdés fuera absorbido por el fideicomiso que Julián Varga controlaba con mano de hierro. Si Sofía no aparecía, la herencia se evaporaría, y con ella, cualquier posibilidad de que Elena reclamara su lugar en una familia que siempre la había tratado como un error contable.

—No tiene permiso para subir, señorita Elena —la voz de Varga era una caricia de seda sobre una navaja. El administrador bloqueaba el acceso a la escalera principal, su traje impecable contrastando con la decadencia de la mansión—. La ley del linaje es clara: hasta que el acta de ausencia no sea ratificada, la alcoba de Sofía es territorio sellado.

Elena apretó el bolso contra su costado. Sentía el filo del destornillador oculto contra su cadera, un peso que le recordaba que en este pueblo la verdad no se pedía, se arrancaba.

—Sofía no se fue por voluntad propia —replicó Elena, manteniendo la mirada fija en los ojos gélidos de Varga—. Y usted sabe que su firma en ese contrato de herencia es tan falsa como su lealtad a la familia.

—La arrogancia es un rasgo peligroso en alguien que no posee ni el apellido ni el derecho —respondió él, haciendo una seña imperceptible a los sirvientes. Dos hombres uniformados se adelantaron, sus rostros impasibles, pero Elena no retrocedió. Conocía los puntos ciegos de la mansión, esos que Varga, en su arrogancia, creía invisibles.

Una bandeja de plata cayó al suelo en el vestíbulo, un estrépito metálico que rompió la tensión. Varga giró la cabeza un segundo, el tiempo suficiente para que Elena se deslizara hacia la escalera de servicio. Corrió por los pasillos alfombrados, sus pasos ahogados por el terciopelo desgastado, hasta llegar a la puerta de madera tallada de Sofía. El sello legal, un adhesivo oficial que dictaba la prohibición de entrada, le pareció un insulto. Lo arrancó de un tirón, sintiendo cómo el papel se desgarraba bajo sus uñas, y entró.

El aire en la estancia olía a cera de muebles antiguos y a la urgencia metálica del miedo. La habitación había sido limpiada profesionalmente; los cajones estaban vacíos, el armario despojado. Elena cerró la puerta con un clic seco, sintiendo cómo el pestillo, recién forzado, se quejaba bajo la presión. Afuera, el eco de los pasos de un guardia de seguridad resonó como un metrónomo. Quedaban once días y catorce horas.

Elena recorrió el papel tapiz cerca del escritorio. La moldura de roble presentaba una sombra más profunda de lo que la arquitectura colonial permitía. Con la respiración contenida, presionó el panel falso. Un crujido de madera vieja y el sonido de algo pesado deslizándose revelaron un nicho de apenas diez centímetros. Allí, envuelto en una tela negra, descansaba un tomo encuadernado en cuero oscuro: el Libro Mayor.

Al tocarlo, el peso le recordó que ahora era un objetivo. Lo abrió sobre la cama. No eran cuentas simples; eran nombres, fechas y cantidades que vinculaban a cada familia prominente del pueblo con el santuario local. Era un arma de chantaje, un mapa de la corrupción que sostenía la existencia misma de San Judas de los Montes. Junto al libro, un teléfono móvil, antiguo y sin tarjeta SIM, parpadeaba con una luz tenue.

Elena presionó el botón de reproducción. La voz de Sofía, tensa y quebrada, emergió del altavoz:

—Elena, si estás escuchando esto, significa que el muro ha cedido y yo ya no estoy aquí. No busques justicia en la ley civil; aquí, la ley es el Libro. Cada nombre en estas páginas es un hilo que ata a las familias con el santuario. No es dinero, es chantaje. Y yo fui el error en su cálculo perfecto. Si escuchas esto, ya no soy la única en peligro.

Un golpe seco en la puerta la hizo saltar. La voz de Varga, ahora despojada de su cortesía, resonó desde el otro lado:

—Señorita Valdés, sé que está dentro. Abra la puerta o tendré que aplicar las consecuencias del allanamiento. El tiempo se acaba para todos.

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