La última página
El neón del motel zumbaba con una frecuencia que se clavaba en mis sienes. Rojo, negro, rojo, negro. El Libro Negro descansaba sobre la mesa de fórmica, un bloque de cuero y secretos que ya había costado la vida del juez Varela. Ahora, el silencio de Julián era más pesado que el cadáver del juez.
—No lo haré —dijo él. Su voz, antes firme, ahora se quebraba. Señaló el sello metálico incrustado en la portada—. Si mi sangre toca ese mecanismo, el Notario recibirá una alerta biométrica. Sabrá dónde estamos antes de que el segundero dé otra vuelta.
Me abalancé sobre él, acorralándolo contra la pared. El olor a humedad y a su colonia barata me golpeó, pero no retrocedí.
—Sofía está viva, Julián. La tienen en el búnker del sector norte. El protocolo de purga ya está activo. Nos quedan setenta y dos horas antes de que la conviertan en cenizas. Si no abrimos este libro, ella muere y nosotros seremos los siguientes en la lista de bajas colaterales.
Julián miró sus manos. Eran las manos de un hombre que había ejecutado las órdenes de la familia durante años. Con un movimiento seco, tomó la navaja del lavabo. La hoja brilló bajo el neón agónico antes de hundirse en su palma. La sangre, oscura y espesa, goteó sobre el sello. El mecanismo respondió con un chasquido metálico, un sonido de engranajes antiguos que pareció detener el tiempo.
Las páginas se desplegaron, proyectando un mapa holográfico que no debería existir. No era una propiedad; era una red de servidores y celdas subterráneas excavadas bajo los cimientos de la mansión. Sofía estaba allí, conectada a una máquina de flujo de datos. La nota que dejó, perder el año, no era una metáfora. Era la cuenta regresiva de su aniquilación digital.
El triunfo duró un suspiro. A cientos de kilómetros, en su despacho, el Notario observó cómo una luz roja comenzaba a parpadear en su consola. El rastro biológico estaba activo. La cacería había comenzado.
—Es un matadero —susurró Julián, limpiándose la mano herida.
Salimos hacia la mansión en un sedán robado, con el motor rugiendo contra el silencio de la carretera. No tardamos en ver las luces de una patrulla privada del Notario cortando la oscuridad detrás de nosotros. Un disparo fragmentó la ventanilla trasera; el impacto alcanzó el hombro de Julián. El coche se tambaleó, perdiendo tracción en la grava.
—Elena, escucha —dijo, entregándome un dispositivo con las pruebas digitales—. Si te detienes, el Notario gana. Si sigues, al menos una de nosotras vivirá para quemar este imperio hasta los cimientos.
Me obligó a saltar del vehículo mientras él giraba el volante hacia el bosque, atrayendo el fuego enemigo. Al infiltrarme en el sótano de la mansión, el aire sabía a papel quemado y traición. Sofía estaba allí, atada, pero el Notario la esperaba con un encendedor en una mano y una garrafa de acelerante en la otra.
—Sabía que vendrías —dijo él, vertiendo el líquido sobre los estantes—. El Libro Negro, Elena. Entrégalo o verás cómo el legado de tu familia se convierte en cenizas contigo adentro.
Tecleé la secuencia final en mi dispositivo, bloqueando las compuertas de acero y dejando al hombre atrapado con ellas. Sofía estaba a salvo, pero un pitido agudo anunció el desastre: el sistema de extinción se había bloqueado. El cronómetro de la purga marcaba el inicio del fin. Teníamos setenta y dos horas antes de que el lugar fuera sellado y carbonizado para siempre.