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Chapter 6: La grieta en la lealtad

Elena confronta a Julián en la mansión, descubriendo que él es un pariente ilegítimo del Notario y que ambos están marcados para ser eliminados. Julián entrega las llaves de la caja fuerte, pero revela que ha sido rastreado todo el tiempo, obligándolos a esconderse en los pasadizos ocultos de la mansión mientras el tiempo para la liquidación de la herencia se reduce a 7 días.

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La grieta en la lealtad

El aire en el desván era una mezcla de polvo acumulado y el olor metálico de la desesperación. Elena se encogió contra la viga maestra, conteniendo el aliento mientras el haz de luz de una linterna barría las cajas de archivos olvidadas. El sensor de movimiento de la planta baja había disparado una alerta silenciosa; el Notario ya sabía que ella estaba en la mansión. Solo quedaban once días para la liquidación, y cada segundo en ese refugio era un clavo más en su ataúd.

—Sé que estás ahí, Elena —la voz de Julián resonó, carente de la autoridad habitual. Era un susurro tenso, casi un ruego.

Elena apretó el Libro Negro contra su pecho, sintiendo el peso de las pruebas que incriminaban a su propia madre y al senador. Julián emergió de las sombras, su rostro iluminado por la luz mortecina de un teléfono. No sostenía un arma, sino las llaves de la caja fuerte del despacho principal.

—¿Vienes a entregarme o a terminar el trabajo? —espetó Elena, sus ojos fijos en la mano enguantada de él.

Julián soltó una carcajada amarga, dejando caer las llaves sobre un baúl de cuero. El sonido metálico rebotó en las paredes cargadas de secretos.

—El Notario no me busca a mí para proteger el legado, Elena. Me busca para limpiar la escena. Soy un pariente ilegítimo, un error de sangre que él ha mantenido a raya como a un perro fiel, pero ahora que el libro ha aparecido, soy un testigo que debe ser silenciado.

La revelación golpeó a Elena con la fuerza de un impacto físico. La llave, fría y pesada en su palma, era el pasaporte a la verdad sobre la desaparición de Sofía, pero también el precio de su propia sentencia. Mientras se desplazaban por el pasillo de servicio, el silencio de la mansión se sentía como una amenaza constante.

—¿Por qué ahora? —preguntó Elena, clavando su mirada en él—. Has sido su sombra durante años. ¿Qué cambió?

—Que él no tiene intención de dejar a nadie con vida cuando el reloj llegue a cero —respondió Julián, su voz quebrándose—. Mi lealtad murió el día que vi los expedientes de la purga que planea para la próxima semana.

Sin embargo, al llegar al cuarto de seguridad, la esperanza se convirtió en pánico. Elena observó el monitor: un punto rojo parpadeaba rítmicamente sobre la silueta de Julián. Un rastreador. El Notario no solo vigilaba la casa; vigilaba a su ejecutor.

—Me han estado siguiendo todo este tiempo —susurró Julián, su rostro palideciendo—. Cada paso que he dado para ayudarte ha sido una señal directa hacia ti.

Elena sintió que el suelo se abría bajo sus pies. No había lugar seguro. Con el tiempo reduciéndose a siete días para la purga total, no tuvieron más opción que destruir el dispositivo y buscar refugio en las paredes interiores de la mansión, un laberinto de espacios olvidados donde la familia escondía lo que la ley no debía ver. Mientras se deslizaban en la oscuridad, Julián la miró, sus ojos reflejando una determinación desesperada.

—Elena, hay algo más que debes saber —dijo él, deteniéndose antes de sellar el panel—. No solo soy un empleado. El Notario me ha mantenido cerca porque sabe que mi sangre es la única que puede activar los sellos de seguridad secundarios del libro. Él no es solo mi jefe; es el hombre que destruyó a mi familia antes de que yo naciera. Soy tu aliado, pero mi sangre es la misma que la suya, y eso es lo que más temo.

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