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Chapter 4: Laberinto de expedientes

Elena utiliza un soborno para acceder a los archivos policiales, descubriendo que su propia madre firmó la desestimación del caso de su prima desaparecida. La consulta activa una alerta de seguridad que pone al Notario sobre su pista, obligándola a huir con Julián mientras confirma que la corrupción llega a niveles políticos superiores.

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Laberinto de expedientes

El aire en el sótano del archivo policial sabía a ozono y a papel podrido. Elena se ajustó el abrigo, sintiendo el vacío de su bolso donde antes descansaban sus tarjetas de crédito, ahora bloqueadas por una orden judicial que el Notario había ejecutado con la precisión de un verdugo. Faltaban once días para la liquidación definitiva de la herencia, y su única moneda de cambio era un reloj de platino que le pesaba en la muñeca como una cadena. Frente a ella, el Archivista no levantó la vista de su taza de café negro. Sus dedos, amarillentos por la nicotina, tamborileaban sobre la mesa con una cadencia que marcaba la urgencia de Elena.

—El sistema policial no es un archivo, es un coliseo —murmuró el hombre, con la voz rasposa—. Cada vez que ingresas un nombre, cada vez que buscas un folio, una luz roja parpadea en la oficina central. En el despacho del Notario, para ser exactos. Él no solo guarda la ley, Elena; él es el dueño del servidor.

Elena apretó los dientes. Su propia madre figuraba en las transacciones del Libro Negro; la mujer que le dio la vida era un engranaje más en la maquinaria que estaba asfixiando a la heredera desaparecida. —Necesito el acceso sin rastro —exigió, dejando caer el reloj sobre el plástico pegajoso de la mesa. El metal brilló con una tristeza impropia del lugar—. Es de platino. Vale más que tu silencio y tu riesgo juntos.

El Archivista observó la pieza con una mezcla de codicia y terror. Finalmente, deslizó una unidad USB encriptada hacia ella. —Cada vez que la conectes, estarás enviando una señal de ubicación. Si el Notario detecta la intrusión, no enviará una patrulla; enviará a sus limpiadores.

Elena no esperó. Media hora después, estaba en una terminal pública de la biblioteca municipal, un recinto en ruinas donde el polvo parecía suspenderse en el aire viciado. Al insertar la unidad, la pantalla parpadeó con un azul clínico que le devolvió un reflejo fantasmagórico: una mujer acorralada, con el rostro pálido y los ojos inyectados en sangre. El sistema policial no era un registro; era un campo minado diseñado para identificar a los intrusos.

—Vamos, Sofía, dime dónde te escondiste —susurró, mientras la barra de carga avanzaba con una lentitud tortuosa.

El archivo de la desaparición de su prima se abrió, pero el corazón de Elena se detuvo al ver la fecha de cierre: hace apenas tres meses. No fue una investigación archivada por falta de pruebas, sino una desestimación formal firmada por una autoridad superior. Al hacer clic en el sello digital, el nombre de la firmante apareció en la pantalla: su propia madre. La traición golpeó como un mazazo, pero no hubo tiempo para el duelo. Una sirena distante, un sonido que no debería estar en ese sector, comenzó a acercarse. La pantalla se congeló, mostrando un error deliberado: Acceso no autorizado - Alerta enviada al Distrito Central.

Elena arrancó la unidad y corrió hacia la salida. La lluvia, gélida y persistente, convertía el callejón trasero en una trampa de lodo. Apenas había logrado alcanzar la calle cuando un sedán negro, sin placas y con los cristales ahumados, frenó en seco frente a ella. La puerta se abrió, revelando el rostro tenso de Julián.

—Sube —ordenó él, con la voz apenas un susurro bajo el repiqueteo de la lluvia—. Saben que has estado en el archivo. El Notario ha activado el protocolo de rastreo de activos. Si te encuentran aquí, no habrá juicio ni herencia. Solo una desaparición más.

Elena subió, con el Libro Negro apretado contra su pecho. Mientras el coche se alejaba, Julián la miró por el retrovisor. —El rastro del dinero no es solo familiar, Elena. Tu madre es un títere. El Notario responde a un político de alto nivel que necesita que esta herencia desaparezca para borrar sus propias huellas. La corrupción es sistémica.

Elena se hundió en el asiento de cuero frío. Cada consulta al archivo policial había sido una alerta directa al despacho del Notario. El cerco se estrechaba, y la verdad, aunque devastadora, era el único arma que le quedaba antes de que los once días restantes se agotaran por completo.

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