El precio de la tinta
El invernadero de la mansión no era un refugio; era una cámara de presión. El aire, saturado por el aroma dulzón de las orquídeas y el rastro metálico de los fertilizantes, se sentía como una soga que se tensaba con cada segundo. Elena miró el reloj de pared: once días, catorce horas y algunos minutos. El tiempo no era una abstracción; era una cuenta regresiva que devoraba su vida.
Julián, el ejecutor de la familia, estaba de espaldas, manipulando las válvulas del sistema de riego. Sus hombros, usualmente una muralla de compostura, estaban tensos, casi encogidos.
—No deberías estar aquí —dijo él, sin darse la vuelta. El siseo del agua ocultaba el temblor en su voz—. Si el Notario sospecha que has estado hurgando en las paredes, no habrá abogado en el país que pueda protegerte. Ni siquiera yo.
Elena sacó el libro de cuero negro de su chaqueta. El tacto era rugoso, casi orgánico. Lo abrió en la página marcada con la fecha de la desaparición de Sofía. Las filas de nombres, seguidas de cifras astronómicas, no eran registros contables; eran una lista de eliminación.
—Dime qué significa esto, Julián —exigió ella, obligándose a mantener la voz firme a pesar del terror—. No es solo dinero. Son vidas. Si tú ejecutas las órdenes, sabes quién es el siguiente.
Julián soltó la manguera. El agua se desbordó sobre el suelo de piedra, creando un charco oscuro que reflejó su rostro desencajado. Se giró, y por primera vez, Elena vio el miedo puro en sus ojos.
—No es contabilidad, Elena. Es un testamento inverso. Cada nombre tachado es alguien que intentó reclamar lo que le correspondía por derecho de sangre. El Notario no está gestionando una herencia; está limpiando una estirpe. Y si sigues leyendo, te convertirás en la siguiente entrada.
El sonido de neumáticos sobre el gravamen del patio principal cortó el aire como un disparo. Julián palideció.
—La policía. El Notario no pierde el tiempo. Han venido para una "inspección rutinaria" de los bienes de Sofía. Si te encuentran con eso, no habrá juicio. Solo un accidente.
Elena guardó el libro y corrió hacia el vestíbulo. La mansión ya no era un hogar; era una ratonera. Al llegar a la consola de entrada, ocultó el libro tras un jarrón de porcelana, justo cuando dos oficiales uniformados entraban por la puerta principal. El Notario los seguía, su presencia era una sombra que parecía absorber la luz de la estancia.
—Elena —dijo el Notario, sus ojos analizando cada uno de sus movimientos—. Qué sorpresa verla tan activa. La policía necesita verificar que no se ha sustraído ningún objeto de valor de la habitación de Sofía antes de la liquidación definitiva.
Elena sintió el peso de su propia vulnerabilidad. Mientras los oficiales subían las escaleras, ella se escabulló hacia el despacho para recuperar el rastro digital de los archivos de Sofía. Sus dedos volaron sobre el teclado, pero al acceder a la red, una alerta roja parpadeó en la pantalla: Acceso no autorizado registrado. Había dejado una huella digital. El Notario sabía exactamente qué terminal había usado.
Al regresar a su habitación, el caos la recibió: el colchón estaba desplazado, las tablas del suelo chirriaban fuera de lugar y sus documentos personales estaban esparcidos como confeti. Julián la esperaba en la penumbra, junto al armario. Su postura estaba quebrada.
—El Notario sabe que el libro salió de la pared —confesó Julián, acercándose tanto que Elena pudo sentir el temblor de su respiración—. Pero no sabe quién lo tiene. Me ha dado un ultimátum: si no lo entrego en veinticuatro horas, mi propia cabeza rodará. Elena, por favor, dame el libro antes de que él decida que tú eres el eslabón más débil.
Elena cerró la puerta con llave, escuchando el clic del cerrojo. Se quedó sola con el objeto prohibido sobre su escritorio. Bajo la luz mortecina, notó una impronta de cera roja en la portada: el sello familiar, un espino entrelazado. Comprendió con horror que el libro no era solo un registro; era un mecanismo de seguridad. Sin el sello, que el Notario custodiaba, cualquier intento de forzar las páginas borraría la tinta térmica del interior.
Un trozo de vitela se deslizó desde el lomo. La letra de Sofía era apresurada: «El sello no está en la caja fuerte, está en su dedo. Si lo tienes, ya has perdido el año...»
Un golpe seco en su puerta la hizo saltar. La voz del Notario, melosa y cargada de una amenaza implícita, resonó al otro lado: —Elena, querida, sé que tiene algo que me pertenece. Y le aseguro que no querrá ver cómo termina esta cuenta regresiva.
La trampa estaba cerrada. El juego de gato y ratón había comenzado, y a Elena solo le quedaban once días para descifrar el secreto que le costaría la vida.