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Chapter 11: La última apuesta

Con menos de tres días en el reloj, Elena y Sofía se esconden tras escapar de la clínica. Sofía revela la combinación de la caja fuerte que guarda el Libro Negro original. Elena rechaza la última oferta de Julián, organiza la entrega de copias de evidencia a prensa y autoridades, y decide infiltrarse nuevamente en la clínica antes del amanecer, aceptando que el precio será su vida o su libertad.

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La última apuesta

Elena cargaba a Sofía entre los brazos mientras corría bajo la lluvia que golpeaba como clavos. Los reflectores de seguridad barrieron el estacionamiento trasero de la Clínica Villa Serena una vez más antes de que lograra meterse detrás de un muro de contenedores oxidados. El cuerpo de su prima pesaba demasiado para lo frágil que parecía; la cabeza de Sofía colgaba hacia atrás, la respiración entrecortada y húmeda contra el cuello de Elena.

Habían transcurrido cincuenta y tres minutos desde que entregó el libro falso a Salazar. Cincuenta y tres minutos desde que el plazo legal se redujo a menos de setenta y dos horas. El reloj ya no era solo un número; era un pulso que latía en las sienes de Elena.

Sofía tosió, un sonido seco que cortó el tamborileo constante. Elena se detuvo, apoyó la espalda contra el metal frío y la bajó con cuidado hasta el suelo mojado.

—Mírame —susurró, sosteniéndole la cara con ambas manos.

Los párpados de Sofía temblaron. Una rendija de iris apareció, opaca por los sedantes, pero reconoció a Elena. No hubo sonrisa, solo un alivio agotado, como si ese rostro fuera lo último que necesitaba para seguir respirando.

—Elena… lo hiciste.

La voz salió rasposa, apenas audible.

—No hables. Quédate conmigo.

Sofía intentó negar con la cabeza, pero solo logró un leve estremecimiento.

—La caja… —dijo con esfuerzo—. La combinación… es la fecha al revés. El día que papá firmó el primer contrato con Salazar. 17… 09… 92… invertido.

Elena sintió que el aire se le atoraba. La caja fuerte del sótano administrativo. El Libro Negro verdadero. La única prueba capaz de invalidar el testamento antes de que pasara todo a Julián.

—¿Estás segura?

Sofía cerró los ojos un segundo, como si sostenerlos abiertos le costara vida.

—Segura. Pero no llegarás sola. Te esperan.

Elena apretó los labios. Menos de tres días. Volver a entrar en la misma clínica ahora que las alarmas estaban activadas y los guardias alertados era suicidio. Pero no había otra opción.

Un motor rugió cerca. Faros cortaron la cortina de agua. Elena levantó a Sofía de nuevo, ignorando el fuego en los brazos, y corrió hacia el sedán robado estacionado en la calle lateral.

Cuando lograron subir, Sofía apenas se sostenía en el asiento del copiloto. Elena arrancó sin luces, giró por callejones estrechos y se detuvo detrás de un almacén abandonado. Apagó el motor. El silencio cayó pesado, roto solo por la lluvia y la respiración trabajosa de su prima.

Sacó el celular prepago. 14 % de batería. Marcó el primer número: una periodista que le debía un favor desde los días en que el apellido Valdés aún abría puertas.

—Necesito que recibas tres sobres mañana a primera hora —dijo sin saludar—. Uno para ti, uno para la Fiscalía Federal, uno para el notario Garfias. Copias digitales también. Si uno falla, publica lo que tengas.

—¿Elena? Por Dios, ¿dónde estás? Dicen que estás muerta o loca.

—Estoy viva. Y tengo lo que necesito. Hazlo.

Colgó. Repitió la operación con los otros dos contactos. Cada llamada consumía batería y anonimato. Cuando terminó, la pantalla marcaba 8 %. Lo apagó.

Sofía la observaba con los ojos entrecerrados.

—Estás quemando todo.

—Todo ya ardía —respondió Elena—. Solo quedan cenizas.

El teléfono vibró. Número bloqueado. Elena pulsó el altavoz.

—¿Ya terminaste de jugar a la heroína? —La voz de Julián sonó calma, casi paternal—. Última oferta. Cincuenta millones. Identidad nueva. Un boleto fuera del país. A cambio, tú y tu prima desaparecen. Definitivamente.

Elena miró a Sofía. La piel de su prima era tan pálida que parecía transparente. Los moretones en las muñecas todavía supuraban bajo las vendas improvisadas.

—¿Y si digo que no?

Pausa corta. Julián midiendo el filo de cada palabra.

—Entonces mañana, en la lectura del testamento, serás declarada prófuga. Tu prima aparecerá muerta por sobredosis accidental. Caso cerrado. Y tú… la loca que inventó todo para justificar su fracaso.

Elena sintió el pulso golpearle las sienes. Miró el reloj digital del tablero: 2 días, 6 horas y 51 minutos.

—No acepto —dijo con voz plana.

Julián soltó una risa breve.

—Te arrepentirás.

La llamada se cortó.

Elena dejó caer el teléfono en su regazo. El silencio regresó, pesado.

—No tenías que rechazar —murmuró Sofía.

—Sí tenía —respondió Elena—. Porque si aceptaba, seguiría siendo la misma de siempre: la que mira desde afuera mientras otros deciden qué merece nuestro apellido.

Sofía intentó sonreír. Solo logró una mueca.

—¿Cuál es el plan?

Elena miró la calle oscura. La clínica estaba a quince kilómetros. La caja fuerte seguía allí. Salazar, Julián y los guardias también.

—Entrar antes del amanecer —dijo—. Conseguir el libro original. Entregarlo todo. Y confiar en que la prensa llegue antes que la policía.

Sofía cerró los ojos.

—Te van a matar.

—Tal vez —respondió Elena—. Pero no van a ganar.

Arrancó el motor. Los limpiaparabrisas barrieron la lluvia en arcos furiosos. El sedán se deslizó hacia la noche. En algún lugar de la ciudad, Salazar ya preparaba el golpe final: comunicado listo, testigos comprados, certificado de defunción por sobredosis a punto de firmarse.

Elena apretó el acelerador. El reloj seguía corriendo.

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