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Chapter 4: La sombra del albacea

Elena se infiltra en el edificio corporativo Valdés-Varga usando un pase falso de auditoría. En el lobby, el guardia de seguridad la reconoce y activa una alerta silenciosa. En el archivo del piso 14 encuentra un expediente que registra transferencias millonarias a una cuenta offshore a su nombre, incriminándola directamente en el fraude. Una secretaria leal a Sofía le entrega un USB con información adicional antes de desaparecer. Acorralada por los guardias de Julián, Elena rompe una ventana de emergencia y salta a la plataforma de carga cuatro pisos abajo, escapando herida bajo la lluvia torrencial.

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La sombra del albacea

La lluvia golpeaba el parabrisas como si quisiera romperlo antes de que Elena llegara a la puerta. Diez días. El número le ardía en la cabeza desde que había visto la notificación en la pantalla rota del cibercafé: diez días para que la sucesión se consolidara en manos de los albaceas. Diez días para que Julián pudiera vender cada ladrillo del imperio sin que nadie pudiera reclamarlo. Bajó del taxi con el paraguas inútil ya empapado y caminó los últimos metros hasta el lobby del edificio Valdés-Varga. El cristal ahumado reflejaba una versión borrosa de ella misma: cabello pegado a la frente, chaqueta oscura que no era suya, el pase falso colgando del cuello como una sentencia.

—Buenas noches —dijo la recepcionista sin levantar mucho la vista del monitor—. ¿En qué puedo ayudarla?

Elena deslizó el pase por el mostrador. El plástico llevaba el logo de Auditores del Pacífico, una firma fantasma que había costado su último contacto decente en la ciudad.

—Auditoría externa. Nivel 14, archivo histórico. Ya estoy registrada.

La mujer tecleó, frunció el ceño un segundo y luego sonrió con esa cortesía profesional que no llegaba a los ojos.

—Un momento, por favor.

Elena sintió el pulso en la garganta. No podía permitirse un “momento”. Cada segundo que pasaba aquí era un segundo menos para encontrar la cuenta que Sofía había señalado con tinta roja en el margen del Libro Negro. Del pasillo lateral emergió el jefe de seguridad, un hombre ancho de hombros con el uniforme impecable y la mirada fija en ella desde antes de que cruzara la puerta giratoria.

—Señorita Valdés —dijo con voz baja, casi amable—. El señor Varga me pidió que la atendiera personalmente si aparecía.

Elena mantuvo la sonrisa profesional que había ensayado frente al espejo roto del motel.

—Creo que hay un error. Soy Carla Méndez, auditora externa. El pase está validado.

El guardia no se movió. Solo inclinó la cabeza hacia el lector de tarjetas.

—Pase su teléfono por favor. Protocolo de seguridad actualizado.

Elena sintió el frío subirle por la espalda. Entregó el burner que había comprado esa misma tarde. El hombre lo colocó en una bandeja y lo escaneó. La pantalla parpadeó verde. Pero cuando se lo devolvió, sus dedos rozaron los de ella un segundo más de lo necesario.

—Puede subir. El ascensor está listo.

Las puertas se cerraron. Elena vio, justo antes de que el metal la aislara, cómo el guardia llevaba la mano al auricular y murmuraba algo. Alerta silenciosa. Lo había notado en la forma en que su mandíbula se tensó.

El ascensor subió sin detenerse. Nivel 14. Las puertas se abrieron a un pasillo desierto iluminado por fluorescentes que zumbaban como insectos moribundos. Elena avanzó rápido, el eco de sus pasos ahogado por la alfombra industrial. Empujó la puerta de acero del archivo restringido con el hombro. El olor a papel viejo y humedad la golpeó como un recuerdo malo.

Diez días.

Localizó la sección “Cuentas Internacionales – 2018-2024” en menos de cuarenta segundos. Sofía se lo había dicho una vez por teléfono, medio en broma, medio en advertencia: “Si algún día necesitas desaparecer de verdad, empieza por la estantería 14-C-7”.

Sacó el legajo grueso. Transferencias a Belice, a Panamá, a las Islas Caimán. Números que bailaban. Hasta que llegó al separador plastificado con una sola palabra escrita a mano en marcador negro: VALDÉS.

Su propio apellido.

Abrió la carpeta. Extractos bancarios. Transferencias mensuales de siete cifras desde Salazar & Asociados hacia una cuenta numerada en George Town. Titular: Elena Sofía Valdés Montealegre. Su nombre completo. Su número de cédula. Fechas que coincidían exactamente con los meses en que había estado fuera del país, supuestamente “estudiando diseño” mientras su padre le pagaba el alquiler en efectivo para que no quedara rastro.

Se quedó quieta un segundo, el aire atrapado en el pecho. Julián no solo la había estado vigilando. La había convertido en el chivo expiatorio perfecto. Tres millones transferidos justo después de la desaparición de Sofía. Su firma falsificada brillaba en la copia.

Sacó el teléfono y comenzó a fotografiar página tras página. El flash era demasiado brillante en esa penumbra. Cada disparo le costaba un latido.

Un ruido suave detrás de ella. Elena giró.

Una secretaria joven, veintitantos, cabello recogido en moño apretado, estaba parada en el umbral. Sostenía un USB negro entre los dedos.

—Sofía me dijo que si algún día venías, te diera esto —susurró—. Dice que es la llave de la siguiente página.

Elena extendió la mano. La chica se la entregó y desapareció tan rápido como había llegado.

El golpe seco contra la puerta metálica del archivo retumbó como un disparo.

Elena apretó contra su pecho la carpeta robada y el USB.

—¡Abre, Elena! Sabemos que estás ahí —gritó el jefe de seguridad.

Retrocedió entre estanterías polvorientas. La puerta vibró otra vez. El cerrojo cedía.

Buscó salida. La ventana de emergencia, sellada por años de pintura, era su única opción. Afuera, la lluvia caía como una cortina espesa sobre la plataforma de carga trasera, cuatro pisos más abajo.

Corrió hacia ella, guardó todo dentro de la chaqueta empapada y empujó con el hombro. El marco no cedió.

Detrás, el metal crujió con fuerza: los guardias ya estaban rompiendo la cerradura.

—Diez días —murmuró, recordando el reloj de la oficina que había visto al entrar.

Tomó el extintor de la pared y lo estrelló contra el vidrio. El estallido se mezcló con el trueno. Fragmentos volaron. El viento y la lluvia entraron de golpe, helados.

Se subió al marco. Abajo, charcos negros y contenedores oxidados. No había red. No había tiempo.

Saltó.

El aire le cortó la cara. Cayó entre el rugido del agua y el latido de su propio corazón. Aterrizó mal: rodilla contra el concreto, codo contra una caja de cartón que se deshizo bajo su peso. El dolor le subió por la pierna como fuego.

Se levantó tambaleante. La lluvia le lavaba la sangre de la palma. Corrió hacia la calle trasera mientras las luces de seguridad se encendían arriba, iluminando la ventana rota y las siluetas de los guardias que gritaban su nombre.

En el bolsillo, el USB y las fotos quemaban contra su piel. Diez días. Y ahora sabía que Julián no solo quería el Libro Negro.

Quería su cabeza.

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