Novel

Chapter 8: La trampa de Aranda

Elena y Sofía, acorraladas en el cuarto de suministros, escuchan el anuncio de Aranda que activa el protocolo nivel 5 y sella todas las salidas. Se disfrazan de enfermeras y avanzan hacia la salida de ambulancias, evadiendo a un guardia con una placa falsa. Aranda llama personalmente a Elena por altavoces, usando el pasado de su padre para presionarla y ofrecerle un trato en el estudio de transmisión en vivo. Elena lo rechaza públicamente. Al llegar a las puertas, descubre que todas están bloqueadas electrónicamente. En las pantallas del lobby, Ramírez la presenta como una empleada desequilibrada, traicionando la confianza que Elena había depositado en él.

Release unitFull access availableSpanish / Español
Full chapter open Full chapter access is active.

La trampa de Aranda

Los golpes de Salazar hacían temblar la puerta metálica del cuarto de suministros. Cada impacto resonaba como un martillo contra el cráneo de Elena. —¡Abran ahora o derribo la puerta! —gritó la voz ronca del jefe de seguridad al otro lado.

Elena y Sofía se miraron en la penumbra. El pendrive con la copia parcial del expediente 402 quemaba contra el pecho de Elena, guardado en el bolsillo interior de su chaqueta. Cuatro horas y treinta y ocho minutos. Eso era lo que quedaba antes de que el servidor central fuera borrado por completo.

El altavoz del techo crepitó y la voz calmada, casi paternal, del Dr. Julián Aranda llenó el espacio:

—Atención, personal del Hospital Metropolitano. Debido a una amenaza de seguridad interna, se activa el protocolo de contención nivel 5 en todo el recinto. Todas las salidas quedan selladas electrónicamente hasta nuevo aviso. Mantengan la calma y regresen a sus áreas asignadas. El personal de seguridad está autorizado a usar fuerza contenida.

Elena sintió que el aire se volvía más espeso. Selladas. Nadie entra. Nadie sale.

Sofía se tapó la boca con ambas manos, los ojos muy abiertos. —Nos van a encontrar… Las cámaras térmicas ya deben estar barriendo este sector.

Elena ya estaba moviéndose. Arrancó una bata verde de enfermería de la estantería más cercana, luego otra. Las telas olían a desinfectante industrial y a sudor viejo. —Póntela. Rápido.

Sofía obedeció con dedos torpes. Elena se quitó la chaqueta, enrolló el pendrive dentro de la bata y se la puso encima. Se miraron un segundo: dos enfermeras más en un turno de madrugada que nunca terminaría.

Elena contó en voz baja: —Cuarenta y siete segundos.

Abrió la puerta justo cuando las luces de emergencia cambiaron a rojo intenso. El pasillo se tiñó de sangre artificial. Salazar ya no estaba frente a la puerta; su voz resonaba más lejos, coordinando por radio.

Salieron. El corazón de Elena latía tan fuerte que temió que las cámaras térmicas lo captaran como un faro.

Avanzaron por el corredor principal del piso 2, pasos medidos, cabezas bajas, como si pertenecieran al turno. El zumbido de los ventiladores y el parpadeo azul de los monitores de enfermería eran los únicos testigos. Cuatro minutos con doce segundos desde el anuncio. El rastreo térmico barría el ala este en ciclos de seis minutos.

Doblaban hacia el acceso de ambulancias cuando la figura apareció al fondo: guardia de seguridad, chaleco reflectante, mano ya en la radio.

El hombre las vio de inmediato. No corrió; simplemente plantó los pies y levantó la palma. —Badge y escaneo facial. Orden directa del doctor Aranda.

Elena sintió el pulso golpearle la garganta. Sacó la placa falsa que Sofía había clonado esa tarde. —Turno nocturno, UCI pediátrica —dijo, entregándola sin bajar la mirada—. Nos mandaron a buscar insumos de emergencia.

El guardia acercó el lector. La luz verde titiló una vez, dos veces. Parpadeó ámbar. Luego volvió a verde.

—Pasen —gruñó, apartándose apenas.

Elena avanzó sin mirar atrás. Sofía la siguió, respirando entrecortado. Habían dado diez pasos cuando el teléfono interno de Elena vibró contra su muslo. Un mensaje sin remitente:

“Pruebas físicas destruidas. Solo queda tu copia digital. Entrégala o tu padre será recordado como el primero que vendió un riñón vivo.”

Elena apretó los dientes hasta que le dolieron. Aranda no solo sabía; estaba reescribiendo la historia en tiempo real.

Llegaron al cruce de la salida de ambulancias. El primer llamado por altavoces rompió el silencio, ya no genérico:

—Elena Valdés… sé que estás escuchando.

La voz de Aranda, íntima, quirúrgica.

—Tu padre firmó el 17 de noviembre. La autorización del traslado… y el reporte que después tuvo que escribir para cubrirlo. Ven al estudio de transmisión en vivo. Hablemos. El hospital puede protegerte todavía. A ti… y a su memoria.

Elena se detuvo frente al panel informativo de la zona pública. El reloj marcaba 04:37:12 para la purga total. Cuatro horas y treinta y siete minutos.

Sofía se pegó a su espalda. —Tenemos que movernos ya. Salazar ya debe estar en el pasillo tres.

Pero Elena no se movió. El nombre de su padre salió limpio, preciso, como si Aranda lo hubiera estado guardando en formol todos estos años. No era solo amenaza. Era humillación pública. El hombre que había destruido a Carlos Valdés ahora usaba su nombre para quebrarla delante de todo el hospital.

Sofía le tiró de la manga. —Acepta, Elena. Por favor. Nos van a desaparecer.

Elena giró hacia el panel, alzó la voz aunque sabía que los micrófonos la captarían: —Prefiero morir con la verdad que vivir con tu mentira, Aranda.

El silencio que siguió fue peor que cualquier grito. Luego, un clic suave. La conexión se cortó.

Sofía palideció. —Acabas de firmar nuestra sentencia.

—Ve —dijo Elena—. Distrae al guardia que viene por el pasillo izquierdo. Yo sigo hacia emergencias.

Sofía dudó un segundo, luego asintió y se alejó con pasos rápidos, fingiendo urgencia médica.

Elena corrió hacia la salida de ambulancias, aún con la bata puesta. Empujó la barra de emergencia con todo el peso de su cuerpo. El metal cedió un centímetro y se detuvo con un chasquido electrónico.

Bloqueo nivel 5 autorizado por dirección médica, leyó la pantalla roja encima del marco.

—Vamos, maldita sea —murmuró, golpeando la barra otra vez.

En el lobby principal, las pantallas gigantes parpadeaban con la imagen del periodista Ramírez. Su voz salía por los altavoces, calmada y profesional:

—…fuentes confiables indican que una empleada del área de riesgos, Elena Valdés, podría estar involucrada en una alteración de expedientes. Se recomienda a todo el personal extremar precauciones.

Elena sintió que el suelo se hundía. Ramírez. El mismo al que habían enviado la evidencia cifrada hacía menos de quince minutos. Ahora la pintaba como la loca.

Corrió agachada hacia el lobby, buscando otra salida. Las puertas de cristal que daban a la calle también mostraban el mismo mensaje rojo: bloqueadas.

Un guardia apareció al fondo del pasillo, linterna en mano, hablando por radio: —Confirmado, objetivo visual en sector emergencias. Solicito refuerzos.

Elena retrocedió, el corazón latiéndole en los oídos. Tocó el pendrive a través de la bata. Era lo único que quedaba. La única prueba que podía detener el tráfico de órganos antes de que el servidor desapareciera para siempre.

Las luces de todo el hospital parpadearon en rojo completo. Nadie podía salir. Nadie podía entrar.

El encierro era total.

Member Access

Unlock the full catalog

Free preview gets people in. Membership keeps the story moving.

  • Monthly and yearly membership
  • Comic pages, novels, and screen catalog
  • Resume progress and keep favorites synced