Novel

Chapter 5: Laberinto de acero

Elena y Sofía escapan del área técnica usando conductos de servicio para evadir a Salazar y las cámaras térmicas. Elena finge un desmayo para proteger el pendrive. Logran llegar al pasillo de morgue y al vestidor técnico, donde Elena encuentra una nota amenazante en su casillero que conecta la investigación con el error pasado de su padre. El capítulo termina con el olor a humo del servidor central, indicando que la destrucción física de la evidencia ha comenzado.

Release unitFull access availableSpanish / Español
Full chapter open Full chapter access is active.

Laberinto de acero

Elena salió del cuarto de servidores con el pendrive apretado en el puño, el metal aún caliente contra la piel. La puerta se cerró detrás con un chasquido hidráulico que sonó a sentencia. Sofía corría pegada a su espalda, el cable de red colgándole del bolsillo como un rastro que no podían borrar.

—Treinta segundos —jadeó Sofía—. Nos tienen por firma térmica. Nivel 5 completo.

El corredor de servicios era un tubo estrecho de paredes grises y tuberías expuestas. Las luces de emergencia parpadeaban cada diez metros, marcando el ritmo de sus pasos. Elena sabía que en alguna sala de control ya aparecían como manchas rojas y amarillas en la pantalla. No había forma de enfriar dos cuerpos que corrían a toda velocidad.

Giraron a la derecha hacia la bifurcación de mantenimiento. Elena se detuvo frente al panel restringido y tecleó el código de auditorías de rutina. La luz se mantuvo roja.

—Salazar ya puso su huella —susurró Sofía.

Un eco de botas pesadas llegó desde el fondo del pasillo. Seguras. Sin prisa.

Elena pasó su credencial por el lector secundario, el de simulacros de incendio. La luz cambió a ámbar. La puerta se abrió quince centímetros y se atoró. Empujaron juntas, raspándose las costillas contra el borde. Justo cuando pasaron, la silueta de Salazar apareció al final del corredor, linterna en mano, avanzando con la calma de quien sabe que la presa está acorralada.

—Al suelo —ordenó Elena en voz baja.

Se dejaron caer detrás de una consola de mantenimiento. El pendrive quemaba en la palma de Elena. Ella se llevó la mano al pecho y soltó un gemido controlado. Sofía entendió al instante: se lanzó sobre ella gritando «¡Se desmayó! ¡Ayuda!».

Salazar aceleró. Cuando llegó, Elena ya estaba «recuperándose», respirando agitada. En el forcejeo fingido, Sofía deslizó el pendrive al bolsillo trasero del pantalón de Elena, donde el tejido grueso lo ocultaría de un cacheo rápido.

—Señorita Valdés —dijo Salazar con voz plana—. Órdenes del doctor Aranda: cualquier dispositivo que porte debe ser confiscado. Inmediatamente.

Elena se incorporó despacio, apoyándose en la pared.

—Llevo dieciséis horas sin dormir. Si me desmayo de verdad, ¿quiere explicarle a Recursos Humanos por qué una investigadora de riesgos terminó en el piso?

Salazar entrecerró los ojos. El protocolo médico pesaba más que su instinto. No la tocó. Todavía.

—Las acompaño a enfermería.

Elena cruzó una mirada con Sofía. No había enfermería en el plan.

Cuando Salazar giró para guiarlas, Sofía señaló con la barbilla una rejilla de ventilación a media altura en la pared opuesta. Elena asintió apenas.

—Necesito un segundo —dijo Elena, fingiendo otro mareo—. El baño. Por favor.

Salazar consultó su reloj. Siete horas y cuarenta y dos minutos para la purga total.

—Treinta segundos —concedió—. La espero aquí.

Entraron al baño de personal y cerraron con pestillo. Sofía ya trepaba a la cisterna para alcanzar la rejilla superior.

—Conductos de servicio —susurró—. Sin cámaras. Pero si el sensor térmico del nivel cinco nos detecta dentro, se activa la alarma general.

Elena subió detrás. El metal estaba helado contra las palmas. Se arrastraron en silencio, codos y rodillas raspando contra las costuras afiladas. El aire olía a polvo quemado y lubricante viejo. Cada metro ganado restaba tiempo al contador invisible.

Sofía se detuvo en una bifurcación.

—A la derecha. Quince metros y luego izquierda. Rejilla suelta al pasillo de morgue.

Avanzaron. El conducto se estrechaba. Elena sintió el pecho apretado. No era solo claustrofobia: era el recuerdo de su padre encerrado en su despacho durante meses, firmando papeles que lo hundieron mientras ella, adolescente, lo veía apagarse día a día.

Sofía frenó de golpe.

—¿Qué pasa? —preguntó Elena.

—Firmé un acuerdo de confidencialidad con Aranda hace seis meses —susurró Sofía—. Si nos descubren, me demandan hasta dejarme sin nada. La casa de mi mamá… el préstamo que saqué para ella… todo.

Elena tragó saliva.

—Entonces no nos descubren.

Siguieron. El sudor le entraba en los ojos. Parpadeó fuerte. No podía permitirse dudar ahora.

Llegaron a la rejilla. Sofía la empujó con cuidado. Cedió. Salieron al pasillo de morgue. Elena se golpeó la rodilla contra el borde metálico. El dolor fue inmediato. Sangre. Un hilo rojo que manchaba el piso gris.

—Mierda —masculló.

No había tiempo de limpiar. Corrieron hacia la zona de vestidores técnicos. Elena empujó la puerta. Sofía cerró con cuidado.

Se dirigieron al casillero 47. Elena giró los discos: 14-03-98. El candado cedió.

Abrió. Guardó el pendrive en el bolsillo interior de la bata, contra las costillas. Luego levantó la vista para guardar el teléfono.

Y se quedó quieta.

Pegada con cinta transparente al techo del casillero, casi invisible contra el metal gris, había una hoja doblada. La cinta era nueva; olía a pegamento fresco.

Elena la arrancó. Desplegó el papel.

Letra Arial 11, sin firma:

«Tu padre firmó el mismo reporte falso el 17 de noviembre de 2018. Renuncia hoy o el video sale mañana. 8 horas no serán suficientes para salvar a los dos.»

El aire se le atoró en la garganta. 17 de noviembre de 2018. La fecha exacta en que su padre había cerrado el caso de la sobredosis en pediatría con un informe que todos sabían falso. La fecha que lo llevó a renunciar humillado, dejando a Elena con la deuda familiar y la vergüenza que nunca se lavó.

Sofía se acercó.

—¿Elena?

Ella no respondió. Dobló la nota en pedazos pequeños. Se los metió en la boca y tragó con dificultad, sintiendo el papel rasparle la garganta como vidrio.

—No me van a parar con esto —dijo, pero la voz se le quebró al final.

Guardó el teléfono. Cerró el casillero. Cuando dio el primer paso hacia la salida, un olor extraño llegó desde el corredor principal: humo eléctrico, plástico quemado.

Sofía olfateó el aire.

—El servidor central… está echando humo.

Elena sintió el pulso en las sienes. La autodestrucción física había comenzado.

Member Access

Unlock the full catalog

Free preview gets people in. Membership keeps the story moving.

  • Monthly and yearly membership
  • Comic pages, novels, and screen catalog
  • Resume progress and keep favorites synced