Novel

Chapter 2: El precio de la curiosidad

Elena intenta obtener los clips de seguridad de la habitación 402 sobornando a Mateo, pero descubre que fueron borrados manualmente por alguien con acceso nivel 0. Mateo le advierte que ella misma está marcada. Aranda la llama y le ofrece una salida humillante a cambio de la memoria USB, amenazándola con repetir el calvario de su padre. La enfermera que podría haber hablado es retirada por seguridad antes de hacerlo, acortando el plazo a 48 horas.

Release unitFull access availableSpanish / Español
Full chapter open Full chapter access is active.

El precio de la curiosidad

Elena corrió por el pasillo administrativo con la memoria USB clavada en la palma como un clavo caliente. Las 04:08. El pitido rojo de la puerta principal todavía le taladraba el tímpano: acceso denegado. Ya no era empleada; era un incidente en curso.

Se detuvo frente al cuarto de control. La puerta de metal entreabierta dejaba escapar una luz azul glacial. Mateo estaba solo, encorvado, auriculares colgando como un collar roto. Elena empujó con el hombro. El golpe metálico resonó más fuerte de lo que esperaba.

—Los clips de la 402, cámara 7. 21:50 a 22:30. Ya.

Mateo levantó la vista con lentitud deliberada. Vio la memoria USB que ella mantenía entre los dedos como si fuera a estallar.

—Tu credencial murió a las 03:47. El directorio activo te borró. Si busco con tu nombre me cae auditoría automática y auditoría significa citación. ¿Qué traes ahí?

Elena colocó la memoria sobre el escritorio, pero mantuvo el índice encima.

—No busques con mi nombre. Usa el tuyo. A cambio te entrego al residente que falsificó el consentimiento de la 318 la semana pasada: nombre completo, fecha, hora exacta de la firma trucha. Tú decides si lo usas para trepar o para blindarte cuando esto reviente.

Mateo tamborileó una vez los dedos sobre el teclado. Miró la puerta. Miró el reloj digital de pared: 04:11. Veintinueve horas y siete minutos para la revisión extraordinaria que ya habían programado contra ella.

Tecleó rápido. La cuadrícula de feeds se desplegó. Ninguno correspondía a la 402.

—Borrados —dijo sin inflexión—. Manual. 03:31. Alguien con nivel 0 entró al buffer antes del respaldo en nube y los eliminó. Ni el hash quedó en el log de auditoría.

Elena sintió que el aire se volvía más espeso.

—Dame el log de quién entró con nivel 0.

Mateo negó con la cabeza, los ojos fijos en la pantalla.

—También lo sobrescribieron. Si alguien revisa ahora aparece mi usuario. Me echan antes del cambio de turno. O me imputan obstrucción. Tú eliges qué tan caro quieres que me salga ayudarte.

Silencio. Al otro lado de la puerta, botas pesadas se detuvieron. No golpearon. Solo esperaron.

Mateo bajó la voz hasta el borde del susurro.

—Vete. Ya.

Elena no se movió.

—¿Cuántos más? ¿Cuántos registros han purgado en los últimos meses?

Mateo se pasó la manga por la frente. El sudor dejó una mancha oscura en la tela.

—Demasiados. Pero ya no buscan solo el archivo. Te buscan a ti. Ya estás marcada en el sistema como “persona de interés en incidente de integridad de datos”.

Elena retrocedió un paso. La memoria parecía pesar más que hace diez minutos.

Salió sin decir nada. El pasillo olía a desinfectante industrial y a sudor rancio de turnos dobles. Corrió hacia la salida de personal. Pasó la tarjeta. Pitido rojo. «Acceso denegado. Contacte RR.HH.» Su foto apareció en la pantalla, cruzada por una X roja.

Al fondo del corredor, el guardia nocturno —el que todos llamaban el Enforcer— la observaba con los brazos cruzados. Mano cerca de la funda. No avanzó. No necesitaba avanzar.

El teléfono vibró contra su cadera. Número interno. Contestó.

—¿Valdés? —La voz de Aranda era quirúrgica, sin prisa.

Elena apretó el aparato hasta que los nudillos se le pusieron blancos.

—No es personal —dijo él—. Es contención de daño. Firma la licencia por estrés que te ofrecen mañana a primera hora, entrega lo que tienes en el bolsillo y sales con tu licencia más o menos intacta.

—¿Y si no firmo?

Pausa corta, casi amable.

—Entonces a las 08:00 Recursos Humanos abre investigación formal: acceso no autorizado, manipulación de registros, sustracción de información sensible. Tu padre tardó tres años en limpiar su nombre después de algo parecido. ¿Quieres que tu madre vuelva a bajar la mirada en la cola del mercado cada vez que alguien susurra?

El recuerdo llegó afilado: su madre apretando el monedero contra el pecho, las vecinas callando de golpe al verla pasar. Elena cerró los ojos un instante.

—No tengo nada que entregar —mintió.

Aranda soltó una risa seca, casi compasiva.

—Treinta y seis horas, Valdés. Eso te queda antes de que el comité levante cargos formales. Piénsalo. No todos los errores se pagan solo con despido.

La llamada se cortó.

Elena miró la memoria USB. El único registro vivo de las 22:17, cuando el potasio entró sin orden médica y el monitor de la 402 dejó de dibujar montañas para convertirse en una línea plana. El hospital ya sabía que ella tenía algo que no podía salir.

Y la puerta principal seguía cerrada.

Pero al fondo del pasillo apareció una enfermera joven —la que había estado en el turno de la 402 esa noche— empujando un carrito de medicación. Miró a Elena un segundo. Abrió la boca.

Antes de que pudiera emitir sonido, dos guardias de seguridad la flanquearon. Uno le puso la mano en el hombro con firmeza profesional.

—Señorita Torres, por favor. Seguridad necesita hablar con usted.

La llevaron hacia el ascensor sin darle tiempo a girarse.

Elena sintió el pulso golpearle la garganta. La enfermera clave acababa de desaparecer. Y el reloj —ahora lo sabía con certeza matemática— se acababa de acortar a menos de cuarenta y ocho horas.

Member Access

Unlock the full catalog

Free preview gets people in. Membership keeps the story moving.

  • Monthly and yearly membership
  • Comic pages, novels, and screen catalog
  • Resume progress and keep favorites synced