La verdad entre líneas
El aire en el tocador privado del salón de baile era irrespirable, cargado con un perfume floral que a Elena le resultaba nauseabundo. Se apoyó contra el mármol frío del lavabo, con los dedos entumecidos aferrando el borde de su bolso de mano. El cierre metálico parecía clavarle la piel, un recordatorio físico de que el secreto más peligroso de su vida descansaba a escasos milímetros de los dedos de Julián de la Fuente.
—No me mires así, Elena —la voz de Julián era un murmullo cortante, desprovisto de la calidez que fingía ante las cámaras—. He visto cómo te tensas cada vez que menciono los registros de la herencia. Si hay algo en ese bolso que pueda arruinar nuestra fachada antes de medianoche, pre
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