Chapter 4
El aire en el pasillo privado del Hospital Ángeles Interlomas no olía a desinfectante; olía a dinero estancado y a la náusea metálica del pánico absoluto. Julián Varela caminaba sobre la alfombra de diseño con el paso firme de quien ya no tiene nada que perder, mientras el eco de sus zapatos resonaba contra las paredes de mármol como una sentencia. A su lado, la frialdad de Elena Torres era un escudo táctico; ella no miraba a los lados, solo sostenía una carpeta de cuero negro que contenía la autopsia financiera de Varela Corp.
—El consejo está al borde de la histeria —susurró Elena, sin reducir la velocidad—. Adrián ha intentado ocultar el bloqueo de las cuentas operativas, pero el Banco Intercontinental no acepta más prórrogas. A las 18:00, la quiebra técnica dejará de ser una amenaza para convertirse en un acta de liquidación.
Julián se detuvo frente a la suite presidencial. La puerta se abrió y allí estaba Adrián, con la corbata deshecha y el rostro desencajado, un reflejo patético de la arrogancia que lo había definido hasta hace apenas unas horas. Al ver a Julián, el usurpador intentó recuperar su máscara de hierro, pero sus manos, ocultas en los bolsillos, temblaban con la violencia de un adicto a la crisis.
—¿Has venido a burlarte? —escupió Adrián, bloqueando el paso—. Esta es una propiedad privada, Julián. Estás fuera de la empresa.
—Estoy donde la ley me permite estar, Adrián —respondió Julián, su voz cortante como el hielo—. Y según el fideicomiso matriz, mi firma es lo único que separa a este imperio de la liquidación total. ¿Crees que el consejo te dejará seguir al mando cuando se enteren de que los trescientos millones que 'invertiste' en infraestructura están en cuentas de las Islas Caimán?
La sangre abandonó el rostro de Adrián. El silencio en el pasillo se volvió asfixiante, cargado de la presión de una auditoría que ya no podía ser silenciada.
—No tienes pruebas —balbuceó Adrián, aunque sus ojos buscaban una salida desesperada.
Elena Torres dio un paso al frente, extendiendo la carpeta negra. —Tengo los registros de gastos personales, las transferencias cifradas y el rastro de la valoración inflada del 15%. Adrián, el juego terminó. El Banco Intercontinental no solo ha bloqueado las cuentas; ha iniciado una investigación forense por solicitud del consejo.
Julián se acercó hasta quedar a centímetros de su hermano, invadiendo su espacio personal con la calma de un verdugo. —Tu incompetencia no es el problema, Adrián. Es tu arrogancia. Pensaste que podías borrarme, pero olvidaste que yo soy quien entiende los números que tú solo sabes gastar.
Adrián intentó arrebatar la carpeta, pero Julián lo inmovilizó con un agarre firme en el hombro, una demostración de control que dejó claro quién poseía la ventaja. En ese momento, un mensaje en el teléfono de Elena iluminó el pasillo: la filtración anónima que Julián había orquestado ya estaba circulando en los terminales de Bloomberg. La prensa financiera empezaba a cuestionar la solvencia de Varela Corp.
—El tiempo se agota —sentenció Julián, soltando a su hermano—. A las 18:00, el mundo sabrá que Varela Corp es una cáscara vacía. La única pregunta es si estarás en la oficina para ver cómo te despojan de todo, o si prefieres desaparecer antes de que llegue la policía.
Julián giró sobre sus talones, dejando a Adrián paralizado en el umbral de la suite. Mientras se alejaba por el pasillo de mármol, Elena se acercó, su voz apenas un murmullo profesional pero cargado de complicidad.
—El consejo está convocando una reunión de emergencia para las 17:30. Esperan tu presencia, Julián. Quieren saber qué es verdad y qué es sabotaje.
—Saben perfectamente qué es verdad —respondió Julián, sintiendo el peso de la victoria inminente—. Vamos. Es hora de reclamar lo que nos pertenece.