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Chapter 7: La última guardia

Elena se infiltra en el hospital tras presenciar el arresto de Mateo. Al intentar acceder al servidor con la clave maestra, es interceptada por Aranda, quien le presenta un ultimátum: la vida de Mateo a cambio de la evidencia que ella posee.

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La última guardia

El aire en el callejón trasero del Hospital San Judas sabía a ozono y basura húmeda, una mezcla que le revolvía el estómago a Elena mientras observaba, desde las sombras de un contenedor de suministros, cómo los oficiales de la policía municipal arrastraban a Mateo hacia la patrulla. El enfermero no luchó; su resignación era una sentencia más cruel que cualquier golpe. Cuando la puerta de la patrulla se cerró con un chasquido metálico, Elena sintió que el mundo se estrechaba hasta convertirse en el peso de la memoria USB que guardaba en su bolsillo. Treinta y seis horas. Ese era el tiempo que le quedaba antes de que el servidor de San Judas del Valle se convirtiera en un cementerio digital.

No podía intervenir. Si la atrapaban, la verdad sobre el paciente 402 se incineraría junto con su propia reputación. Esperó a que las luces de la patrulla se perdieran en la curva del pueblo, dejando tras de sí solo el zumbido eléctrico de los letreros del hospital. Elena se puso en pie, con las rodillas protestando, y se deslizó hacia la entrada de servicio. El hospital era una fortaleza, pero ella conocía sus arterias metálicas.

Se arrastró por los conductos de ventilación, sintiendo el roce del metal galvanizado contra su chaqueta como un recordatorio de su vulnerabilidad. Al llegar a la rejilla sobre el ala de seguridad, se detuvo. Abajo, la luz parpadeante de un pasillo mostraba a dos hombres de seguridad privada —los matones de Aranda— moviendo cajas de archivos físicos hacia un incinerador móvil. La purga no era solo digital; el doctor estaba eliminando la historia misma del hospital. Elena soltó el cierre de la rejilla con manos temblorosas. El estrépito fue mínimo, pero suficiente para que uno de los hombres levantara la vista. Ella se quedó inmóvil, conteniendo el aliento, con el corazón golpeando contra sus costillas mientras los hombres, tras un momento de duda, volvieron a sus tareas.

Elena descendió al suelo, deslizándose hacia la sala de servidores centrales. La puerta, un panel de acero reforzado, parecía una boca cerrada a cal y canto. Introdujo la clave maestra que Mateo le había entregado, pero la pantalla proyectó un azul gélido: ACCESO DENEGADO. VALIDACIÓN BIOMÉTRICA REQUERIDA. Su pulso se aceleró; el sistema sabía que su acceso estaba revocado.

—No puedes entrar, Elena. El sistema conoce tus huellas, tu retina, tu pulso —dijo una voz suave, cargada de una autoridad que no necesitaba alzar el tono.

Elena se giró. El Dr. Julián Aranda estaba de pie en el umbral, impecable, con el uniforme blanco inmaculado. No traía guardias. No los necesitaba.

—Mateo ya está bajo custodia —continuó Aranda, dando un paso hacia el interior del cuarto—. La policía local tiene órdenes de procesarlo por robo de suministros. Si intentas subir esa evidencia ahora, él no saldrá vivo de esta noche. Puedo borrarte a ti, Elena, pero prefiero borrar el problema.

Elena miró la pantalla. La barra de carga seguía parpadeando, esperando una validación que ella no tenía, pero que el diario del paciente 402, escondido en su chaqueta, contenía en sus notas clínicas. Aranda se acercó, extendiendo la mano como si esperara un regalo. Elena comprendió que el cierre total del hospital era inminente. El zumbido de las alarmas empezó a vibrar en las paredes. Debía elegir: subir la evidencia y condenar a Mateo, o retroceder y perder la única oportunidad de exponer la red de tráfico de órganos. Mientras el contador marcaba el inicio de la purga definitiva, Elena puso sus dedos sobre el teclado. El sacrificio de Mateo no sería en su vano, pero el precio de la verdad acababa de tornarse insoportable.

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