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Chapter 2: La sombra del enfermero

Elena intenta acceder al servidor para confirmar la cirugía clandestina, pero el sistema bloquea su clave de emergencia y alerta al Dr. Aranda. Al confrontar a Mateo, el enfermero revela que la cirugía fue un experimento para un donante poderoso y que su familia está bajo amenaza. La seguridad del hospital revoca el acceso de Elena, dejándola aislada y bajo vigilancia.

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La sombra del enfermero

El zumbido del servidor en la oficina de auditoría no era un sonido mecánico; era una cuenta regresiva que se filtraba por las paredes de hormigón de San Judas del Valle. Elena Valdés miró la pantalla. El cronómetro de la purga marcaba 71:42:15. Cada segundo que pasaba, el sistema de seguridad del hospital devoraba los rastros de la cirugía clandestina que había descubierto la noche anterior. Sus dedos volaron sobre el teclado, intentando saltar las restricciones de nivel tres que habían aparecido tras su primer acceso.

Introdujo su clave de emergencia. Por un instante, el acceso pareció concedido. La pantalla parpadeó, revelando un código de quirófano inexistente en el registro oficial, antes de que un error rojo ocupara toda la interfaz: «ACCESO DENEGADO. AUDITORÍA DE INTEGRIDAD EN CURSO». El terminal se congeló. Elena sintió un frío metálico recorrer su nuca; el Dr. Aranda sabía exactamente quién estaba hurgando en los archivos privados. El hospital, una fortaleza diseñada para proteger el prestigio de sus cirujanos, la había marcado como un agente hostil.

Elena salió al pasillo de Oncología, donde el aire se sentía viciado. Debía encontrar a Mateo. Era el único enfermero de guardia en el ala de cirugía durante la noche del incidente. Lo halló junto a la estatua de San Judas, el patrón de las causas imposibles. El hombre limpiaba una bandeja con manos que no dejaban de temblar. Al ver a Elena, su rostro se tornó ceniciento.

—No debiste buscarme —susurró Mateo, sin levantar la vista—. Aranda sabe que alguien entró en el historial del paciente 402. La seguridad ya está revisando los registros de entrada.

Elena invadió su espacio personal, ignorando la cámara de seguridad que giraba sobre ellos con un clic mecánico.

—Mateo, dime qué pasó a las tres de la mañana. Vi la discrepancia. No fue una cirugía de rutina.

Mateo soltó la bandeja. El estrépito del acero contra el suelo resonó en el pasillo como un disparo. Se inclinó, con los ojos inyectados en sangre.

—No fue una cirugía, fue un experimento. Aranda trajo a alguien de afuera, un donante con mucho poder. Yo solo estaba ahí para limpiar la sangre, pero si hablas, mi hija no llega al lunes a la escuela.

Antes de que Elena pudiera responder, una sombra se proyectó sobre el mostrador. Un guardia de seguridad, de hombros anchos y placa brillante, se detuvo en seco. Su mirada pasó de la expresión desencajada de Mateo al gafete de Elena.

—Licenciada Valdés —dijo el guardia con una cortesía que no llegaba a sus ojos—. El Dr. Aranda me ha solicitado escoltarla a la salida de emergencia. Su acceso a las zonas restringidas ha sido revocado por razones de seguridad interna.

Elena sintió un vacío gélido. La purga digital no era solo una limpieza de datos; era una cacería. Logró alejarse, pero observó por el rabillo del ojo cómo otro guardia comenzaba a seguir a Mateo, quien se alejaba a paso rápido hacia los vestuarios.

De vuelta en su oficina, la oscuridad de la estancia solo era rota por el parpadeo de su terminal bloqueado. El teléfono interno emitió un chirrido estridente. Era Mateo.

—Elena —la voz del enfermero era un hilo roto—, alguien dejó una nota en el coche de mi esposa. Saben todo. Ya no puedo ayudarte, me van a borrar a mí y a los míos. El hospital no es un lugar de curación, es una trampa.

La pantalla de Elena se apagó definitivamente: «Acceso Revocado». Se quedó sola en la penumbra, con el peso del silencio del hospital envolviéndola. Había perdido su acceso, su aliado estaba sentenciado y el cronómetro seguía su marcha implacable hacia la purga total de la verdad.

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