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Chapter 8: La tormenta perfecta

Julián aprovecha el apagón provocado por la tormenta para escapar de su oficina sellada y avanzar hacia el centro de datos a través de conductos de ventilación. Enfrenta y neutraliza a un guardia en una lucha física que le cuesta sangre y la pérdida de la memoria USB. Llega a la puerta blindada, usa el override manual vulnerable durante el apagón y entra al núcleo del servidor, donde confirma que la purga avanza al 95%. La seguridad se acerca. El reloj sigue corriendo sin piedad.

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La tormenta perfecta

Julián apretó el móvil contra el pecho. La pantalla iluminaba su cara con un brillo frío: 38:57:12. Cada segundo que caía era un clavo más en la tapa del ataúd. La cerradura electromagnética zumbaba al otro lado de la puerta, ese mismo tono grave que ya le vibraba en los dientes. Probó otra vez la combinación que había salvado su pellejo en la morgue: 4-0-2-override. Nada. La luz roja del panel parpadeó, indiferente.

Pasos. Rápidos. Dos pares, tal vez tres. Venían del pasillo principal del nivel -2. No había tiempo para planes. Se agachó, deslizó la tarjeta vieja —la que aún tenía chip pero ya no llevaba su nombre— por la ranura inferior. Pitido seco. Acceso denegado.

Metió la punta de la memoria USB en el puerto de mantenimiento que había descubierto cuando todavía era un empleado y no un ratón dentro de su propia trampa. El plástico crujió. La luz titubeó.

Entonces el hospital entero se sacudió. Un trueno atravesó los muros como si la tormenta hubiera decidido cobrarse la deuda. Las luces fluorescentes parpadearon tres veces —blanco, blanco, blanco— y se apagaron. Oscuridad total, salvo el resplandor rojo sangre del servidor central que se filtraba por debajo de la puerta.

Clic.

El campo magnético se liberó. Protocolo contra incendios. Julián empujó. La puerta cedió con un gemido oxidado. Se deslizó al pasillo justo cuando las botas de seguridad resonaron al doblar la esquina. La luz roja del servidor parpadeaba como un corazón mecánico en la negrura.

No corrió. Correr haría eco. Caminó pegado a la pared, contando los pasos hasta la rejilla de ventilación que había marcado semanas atrás. La arrancó con las uñas. Se metió de cabeza. El metal frío le mordió los codos. Arrastrándose, el conducto bajaba en pendiente pronunciada hacia los niveles inferiores. El zumbido del servidor se volvía más grave, más cercano. La lluvia golpeaba el edificio con furia; el agua se filtraba por las juntas y le caía en la nuca, helada, recordándole que afuera también lo estaban cazando.

Contaba los codos: tres a la derecha, dos a la izquierda, bajar cuatro metros. El plano mental era lo único que le quedaba. El conducto se estrechó. Sus hombros rozaban ambos lados. Exhaló todo el aire para pasar el estrechamiento. El pecho le ardía. Cada respiración era un pago.

Una rejilla horizontal daba directamente al pasillo inmediato al centro de datos. Se detuvo. Voces abajo.

—… dice que está en el -2, pero con el apagón perdimos la señal térmica.

—Entonces barreremos manual. Nivel 4 no perdona errores.

Julián contuvo la respiración. Uno de los guardias pasó a centímetros de la rejilla. El haz de la linterna barrió el metal. Julián cerró los ojos. El guardia se detuvo, olfateó el aire húmedo. Luego siguió. El zumbido del servidor tapaba el latido en sus oídos.

Esperó diez segundos eternos. Empujó la rejilla. Cayó al pasillo con un golpe sordo.

Se levantó. El zumbido ahora era un latido metálico a través de las paredes. Miró el móvil: 38:54:11. La purga seguía corriendo, implacable.

Botas pesadas. Ritmo militar. Desde la bifurcación izquierda.

Julián se pegó al muro. El guardia apareció bajo el resplandor rojo: uniforme negro, linterna en la izquierda, mano derecha cerca de la pistola. No hablaba por radio. Aún no.

El haz barrió y se detuvo a metro y medio de sus pies.

Julián no esperó. Se lanzó desde la sombra, hombro contra esternón. El impacto fue seco, animal. El guardia retrocedió, la linterna rodó girando luz enloquecida. Julián enganchó el cuello con el antebrazo y apretó. El guardia pataleó, buscó la porra. El golpe le dio justo en las costillas viejas —las mismas que recordaban la caída de hace tres años, cuando falló en proteger a un paciente y perdió todo. El dolor le nubló la vista, pero también lo encendió.

Rodaron. El guardia era más pesado. Intentó inmovilizarlo. Julián giró, metió la rodilla en la ingle. El hombre gruñó. Julián aprovechó el segundo de flojera, pasó detrás y apretó la llave al cuello. El cuerpo se tensó, luego se aflojó.

Silencio. Solo el zumbido.

Julián jadeaba. Sangre caliente le corría por el costado. La memoria USB había caído. La buscó a tientas. No estaba. Miró hacia abajo: una rejilla de drenaje abierta por la inundación. Desaparecida en las entrañas del hospital.

—Maldición…

Arrastró al guardia al cuarto de mantenimiento más cercano, cerró la puerta. El zumbido del servidor llegaba más fuerte. Más urgente.

Se apoyó en la pared. La herida ardía con cada respiración. Miró el móvil: 38:51:47. Había perdido casi tres minutos en la pelea. Tres minutos que la purga no le devolvería.

Siete metros hasta la puerta blindada del centro de datos. Acero gris mate, sin manija visible, solo panel biométrico y ranura para tarjeta. Sobre el panel, una pantalla pequeña parpadeaba en rojo:

PURGA EN EJECUCIÓN TIEMPO RESTANTE: 38:51:22

Sacó la tarjeta de emergencia robada a Ramírez. La pasó. Pitido corto.

CREDENCIAL CADUCADA – NIVEL 0 ACCESO DENEGADO

Golpeó el panel. El dolor le subió hasta el hombro. Recordó las palabras de Solís en la oficina sellada: “Tu familia perderá la cobertura si sigues”. La dignidad de su madre, la deuda que lo tenía acorralado, todo pesaba más que la herida.

Se agachó, alumbrando con el móvil. Distinguió un segundo lector más pequeño: “Mantenimiento – Override Manual”. Recordó el protocolo: el generador de emergencia solo alimentaba el servidor y los sistemas críticos. Las cerraduras secundarias quedaban vulnerables durante los primeros noventa segundos del apagón.

Cincuenta y dos segundos habían pasado desde el corte.

Buscó a tientas la palanca oculta bajo el panel. La encontró. Tiró con fuerza. El mecanismo crujió. La puerta blindada cedió con un chasquido grave.

Entró.

El núcleo estaba iluminado solo por la luz roja pulsante del servidor central. Filas de racks zumbaban como insectos moribundos. En la pantalla principal, el contador seguía corriendo:

38:50:59

Julián se acercó. La herida sangraba a través de la camisa. El aire olía a ozono y metal caliente. Sabía que el generador solo protegía el servidor. Si lograba pausar la purga aquí, ganaría tiempo. Pero cada segundo dentro del núcleo era un segundo más cerca de la cárcel o peor.

Detrás de él, en el pasillo, se escucharon botas. Más de una pareja.

La luz roja parpadeó una vez, más rápida.

La descarga estaba al 95%.

La seguridad estaba a dos puertas de distancia.

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