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Chapter 2: El precio de la curiosidad

Julián chantajea a un enfermero para obtener acceso a la bitácora física del paciente 402. A pesar de la vigilancia de la Dra. Solís y su despido inminente, logra entrar al archivo de la morgue, donde queda atrapado tras activarse un cierre de seguridad.

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El precio de la curiosidad

El zumbido del servidor central no era solo ruido; era un metrónomo que marcaba la desintegración de la realidad. 71:54:19. El contador en la esquina de la pantalla de Julián Varga parpadeaba con una cadencia que le taladraba las sienes. Había pasado menos de una hora desde que el sistema lo marcó como una anomalía, y el costo de su curiosidad ya se sentía en la piel: una parálisis fría que le recorría la espalda cada vez que un guardia pasaba cerca.

Julián se sentó frente a su terminal. Sus dedos, aún temblorosos tras el encuentro con la Dra. Elena Solís, teclearon su usuario por puro reflejo. La pantalla se tiñó de un rojo violento: ACCESO DENEGADO – NIVEL DE PRIVILEGIOS REVOCADO. El cursor parpadeaba, burlón. Sacó la memoria USB con el 87% del log del paciente 402, pero al intentar abrirlo, el sistema respondió con un mensaje gélido: ARCHIVO EN PROCESO DE PURGA – INTEGRIDAD 87%. ACCESO BLOQUEADO.

No solo le habían quitado las llaves; estaban quemando la casa con él adentro.

Salió al pasillo, evitando el contacto visual con el personal. Necesitaba la bitácora física, el registro en papel que el sistema aún no podía alcanzar. Encontró a Ramírez, un enfermero con más deudas que dignidad, escondido en la cafetería del sótano, intentando desaparecer tras una taza de café frío.

—Necesito tu clave de acceso a la bitácora de oncología, Ramírez —dijo Julián, sin preámbulos. Su voz sonó más firme de lo que se sentía.

El enfermero levantó la vista. Sus ojos inyectados en sangre delataban noches de insomnio y apuestas perdidas. —Estás loco, Varga. Solís ha pasado tres veces por planta hoy. Si alguien toca ese registro, me cortan el cuello antes del cambio de turno.

Julián deslizó un sobre sobre la mesa. No contenía dinero, sino una copia impresa de los movimientos de la cuenta de apuestas que Ramírez usaba para ocultar sus deudas. El enfermero palideció; la vena en su sien palpitaba al ritmo del zumbido del servidor.

—Si no me das el código, el departamento de Auditoría Interna sabrá exactamente cómo estás pagando tus vicios —susurró Julián. La traición le dejó un sabor amargo, pero la urgencia del paciente 402, muerto por una administración ilegal de X-17 a las 02:44, no le dejaba espacio para la piedad.

Ramírez, con las manos temblorosas, escribió un número en una servilleta. Cuando Julián mencionó el número de caso 402, el enfermero se detuvo en seco. Su rostro se descompuso en una máscara de terror puro.

—No vuelvas a preguntar por el 402 —dijo, su voz apenas un hilo de aire antes de levantarse y huir.

Julián no perdió tiempo. Con el código en la mano, se dirigió al archivo físico de la morgue. Sin embargo, al doblar el pasillo, se encontró con el muro definitivo: la Dra. Elena Solís. Estaba allí, supervisando el área, rodeada por dos guardias.

—La curiosidad es un lujo que un empleado con su historial no puede permitirse, Varga —dijo ella, sin mirarlo, mientras destruía un sobre que parecía contener la orden de autopsia original. Le entregó un documento de despido preventivo con un gesto de desdén.

Julián esperó a que ella se distrajera con una llamada. Aprovechando un punto ciego, se deslizó hacia la puerta de acero reforzado del archivo. El código de Ramírez funcionó. El aire dentro era gélido, cargado de polvo y papel antiguo. Localizó el anaquel 402 y, justo cuando sus dedos tocaron la carpeta, las luces del pasillo se apagaron. Un clic electromagnético resonó en la oscuridad total. La puerta se había sellado. Estaba encerrado.

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