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Chapter 3: The Clock Narrows

Julián obtiene el nombre de un enfermero fantasma, Ramiro Véliz, pero su éxito le cuesta el acceso total al sistema tras ser confrontado por el Director Méndez. Al intentar localizar a un paciente clave, descubre que ha sido borrado del hospital, intensificando la presión de la cuenta regresiva.

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The Clock Narrows

El cursor en la terminal de la farmacia parpadeaba con una cadencia sádica. Nueve horas y cuarenta minutos. Ese era el margen antes de que el sistema de purga automática borrara el rastro de la discrepancia en el inventario de cloruro de potasio, la sustancia que casi mata a Elena.

Julián Varga no tenía tiempo para el miedo, solo para la precisión. Sus dedos volaron sobre el teclado, buscando el nombre del enfermero que había firmado la retirada de las ampollas. De pronto, la pantalla se tiñó de un rojo clínico. Acceso denegado. Usuario bajo auditoría de seguridad: Director Méndez.

El golpe de Julián contra el borde metálico de la mesa resonó en el pasillo vacío como un disparo. El sistema no solo le cerraba las puertas; estaba dejando una huella digital que Méndez rastrearía hasta su propia oficina. Con una desesperación calculada, ejecutó un comando de volcado de datos, logrando imprimir un log parcial antes de ser expulsado. El papel, todavía caliente, se sentía como una sentencia de muerte en su mano temblorosa.

En la unidad de cuidados intensivos, el ambiente era una trampa de cristal. Elena, con la voz quebrada, no se atrevía a mirar a Julián a los ojos. —No preguntes, Julián —susurró ella, vigilando la sombra que se proyectaba en el cristal del pasillo—. Han cambiado los protocolos. Están revisando quién entra, quién sale y qué archivos consultamos.

Julián apretó el log contra su pecho. —Si no me dices quién te administró esa dosis, Elena, no podré protegerte cuando el sistema borre la evidencia.

Elena hizo un esfuerzo sobrehumano, su mano marcada por las vías se deslizó bajo la sábana. Le entregó un papel arrugado, rescatado de la basura: un nombre garabateado con urgencia. Ramiro Véliz. Un enfermero que, según el sistema, ya no trabajaba en el hospital. Julián comprendió entonces que el encubrimiento no era solo digital; estaban haciendo desaparecer personas reales para sellar el silencio.

El encuentro con el Director Méndez fue una ejecución en cámara lenta. En su oficina, el aire olía a desinfectante y a un café que Julián rechazó. Sobre el escritorio, una pantalla mostraba un gráfico de barras que documentaba la actividad de red de la última hora: la suya. —Tu eficiencia ha decaído, Julián —dijo Méndez, sin levantar la vista—. Accediste al registro de farmacia tres veces en veinte minutos. ¿Algún problema con el inventario?

Julián mantuvo su voz neutra, aunque el pulso le latía con violencia. —Es una revisión rutinaria, Director. Los niveles no coinciden.

Méndez soltó una carcajada seca y se reclinó, con una sonrisa depredadora. —La rutina no requiere consultas nocturnas a expedientes de pacientes críticos. Pacientes que, por cierto, ya no están bajo tu jurisdicción.

El Director bloqueó el acceso de Julián a los archivos de pacientes en tiempo real. Julián sintió el vacío de la ceguera digital; estaba siendo cazado dentro de su propio lugar de trabajo. Al salir, corrió hacia la unidad 402 para verificar la identidad del paciente clave, el hombre que Véliz había atendido antes que a Elena.

La cama estaba impecable, vacía, con las sábanas blancas estiradas bajo una luz fluorescente que parpadeaba. El monitor cardíaco estaba apagado. —¿Busca a alguien, Varga? —la enfermera de turno surgió a sus espaldas, seca—. Alta médica o traslado, el sistema no especifica. Si no está en el registro, no existe.

Julián miró el pasillo, sintiendo cómo las luces comenzaban a parpadear en una secuencia rítmica que no era azarosa. Méndez no solo controlaba los datos; estaba moviendo las piezas físicas del hospital mientras la cuenta regresiva hacia la purga total seguía avanzando, implacable.

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