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Chapter 6: La grieta en la fachada

Lucía logra descargar el 'libro mayor negro' y, tras una tensa alianza con Marina, se infiltra en el estudio de livestream para filtrar la evidencia. A pesar de la intervención de Luján, quien confiesa estar siendo chantajeado, Lucía logra iniciar la subida de los archivos a una red pública justo antes de que la seguridad del hospital irrumpa en el estudio.

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La grieta en la fachada

El servidor emitió un pitido agudo: Descarga completada. Lucía arrancó la memoria USB justo cuando las luces de emergencia del pasillo pasaron de un blanco clínico a un rojo intermitente. El sistema de seguridad del Hospital San Judas había detectado la intrusión.

—Maldita sea —siseó, golpeando el panel táctil. Las puertas automáticas de la zona de archivos se sellaron con un golpe metálico. Estaba atrapada. Afuera, el eco de botas tácticas sobre el linóleo resonaba con una cadencia implacable.

Lucía no tenía armas, pero conocía el software de gestión del edificio mejor que el jefe de mantenimiento. Con dedos frenéticos, tecleó el código de auditoría interna, forzando un error en el sistema de supresión de incendios. El techo siseó, soltando una nube de gas halón. Las cerraduras magnéticas cedieron. Salió al pasillo justo cuando los guardias doblaban la esquina.

—¡Ahí! —gritó uno.

Lucía corrió hacia la escalera de servicio. Mientras bajaba los peldaños de dos en dos, sacó el móvil. El reloj interno del hospital, proyectado en las pantallas de los pasillos, marcaba 23:42:15. Faltaban menos de dieciocho minutos para la purga total de los registros a las 23:59:42.

Al llegar al nivel de oncología, se encontró con Marina Salcedo. La enfermera estaba pálida, con las manos húmedas, como si hubiera lavado algo que no se quitaba.

—Adelantaron la purga —dijo Marina, sin saludo—. Alguien arriba quiere limpiar antes de que la prensa huela esto.

—¿Quién dio la orden? —preguntó Lucía, jadeando.

—¿Crees que lo firman con nombre y apellido? —Marina soltó una risa seca—. Ya te marcaron como cómplice. Tu acceso dejó rastro en la ficha 402. Si purgan los logs, usarán tu firma y mi turno para cerrar el caso.

Lucía le mostró la tableta.

—Tengo el libro mayor negro. Si lo libero, el hospital no puede borrarte a ti. Pero necesito entrar al estudio de livestream. Es el único nodo con ancho de banda suficiente para una subida masiva antes de que bloqueen la red externa.

Marina dudó, luego sacó del bolsillo una tarjeta plástica negra, sin nombre visible.

—Era de la doctora que desapareció antes que yo. Solo sirve una vez.

Lucía tomó la tarjeta. En ese instante, su tableta vibró: AUDITORÍA DE USUARIO: ACCESO EN CURSO. Ya las habían detectado.

Corrió hacia el estudio de livestream. Entró a las 23:51:04. El productor y los técnicos se levantaron de golpe. Lucía conectó la unidad al switcher.

La puerta trasera se abrió de golpe. El Dr. Esteban Luján entró sin su bata, con el traje arrugado y el rostro descompuesto. No parecía el médico elegante de los pasillos, sino un hombre que acababa de descubrir que su nombre sería borrado antes del amanecer.

—Lucía, no lo hagas —dijo Luján, con una urgencia sucia—. No aquí.

—¿Ahora te preocupa el lugar? —ella tecleó la ruta de difusión pública.

—Tienes que detenerte —insistió Luján, bajando la voz—. Ya no es solo el hospital. Me están usando igual que a ustedes. A mí también me están chantajeando los mismos financistas.

Lucía presionó Enviar. La pantalla del lobby parpadeó y comenzó a mostrar tablas, nombres y autorizaciones con su firma digital falsificada. La lista crecía como una hemorragia.

La señal en vivo se cortó, pero el archivo comenzó a subirse a una red pública. Los guardias reventaron las bisagras de la puerta. Lucía vio la barra de progreso avanzar mientras Luján, acorralado, soltaba la confesión final:

—No fui yo solo. Ellos controlan el financiamiento. Si esto sale, nos destruye a todos.

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