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Chapter 4: El precio del silencio

Lucía confronta a Luján mientras la auditoría interna estrecha el cerco. Tras confirmar que Luján es solo un peón, Lucía utiliza la llave maestra para infiltrarse en la unidad de cuidados experimentales, solo para ser detectada inmediatamente por el sistema de seguridad, iniciando una cacería humana dentro del hospital.

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El precio del silencio

El zumbido del servidor en el cuarto de suministros no era un sonido, era una cuenta regresiva. 23:38:12. Lucía Arrieta apretó la llave maestra contra su palma hasta que el metal frío le dejó una marca profunda en la piel. No era solo un trozo de acero codificado; era una sentencia de muerte administrativa. Si la encontraban con eso, ninguna auditoría podría salvarla de una acusación de robo de propiedad corporativa.

Salió al pasillo de urgencias, ajustando su bata blanca para ocultar el bulto en el bolsillo. El hospital estaba inusualmente silencioso, una calma tensa que presagiaba la purga de logs programada para las 23:59:42. A pocos metros, el Dr. Esteban Luján caminaba hacia ella, flanqueado por dos guardias de seguridad privada. Su rostro, habitualmente impecable y televisable, mostraba una grieta en la compostura: una vena palpitaba en su sien mientras escaneaba a cada enfermero con una sospecha que rozaba la paranoia.

—Arrieta. Qué oportuno —dijo Luján, deteniéndose en su camino. Su voz era baja, cargada de una autoridad que se desmoronaba por los bordes—. La auditoría interna ha encontrado una irregularidad crítica. Alguien ha estado moviendo archivos del paciente 402, y el sistema apunta a tu firma digital.

Lucía mantuvo la mirada fija, aunque el pulso le martilleaba en la garganta.

—Doctor, mi firma ha sido clonada. Lo sabe tan bien como yo —respondió ella, forzando una calma clínica—. ¿O acaso la auditoría no es capaz de distinguir un acceso remoto de una presencia física?

Luján dio un paso al frente, invadiendo su espacio personal. El olor a colonia cara y desinfectante barato la envolvió.

—Escúchame bien, Lucía. No soy tu enemigo. Soy el hombre que mantiene este hospital a flote mientras otros, arriba, deciden qué piezas sacrificar. Si entregas lo que sea que hayas tomado, puedo asegurarte un traslado discreto. Si no, serás el chivo expiatorio de una purga que no tendrá piedad.

Marina Salcedo, que observaba desde la estación de enfermería, evitó el contacto visual, pero sus manos temblaban mientras archivaba carpetas. Lucía comprendió entonces que Luján no era el cerebro; era un peón aterrorizado, un hombre que temía más a sus superiores que a la verdad. La jerarquía médica, que durante años la había asfixiado, ahora se revelaba como una red de favores y chantajes donde la vida de pacientes como Don Ernesto era solo una moneda de cambio.

—No tengo nada que entregar, doctor —mintió Lucía, dando un paso atrás.

Luján sonrió, una mueca vacía.

—El sistema dice lo contrario. Tienes hasta la medianoche. Después, no podré protegerte.

Lucía se alejó, sintiendo el peso de la llave maestra contra su costado. Sabía que la auditoría estaba cerrando los puertos de acceso en tiempo real. Cada minuto que pasaba, sus opciones se reducían a un solo camino: la unidad de cuidados experimentales.

Se refugió en el sótano, donde el aire era pesado y viciado. Sacó la llave y la examinó bajo la luz parpadeante. No era una copia estándar; tenía grabada una numeración que no coincidía con el inventario, sino con el registro de la unidad restringida que Luján intentaba ocultar. Al insertarla en el lector de la puerta blindada, el mecanismo cedió con un chasquido metálico que resonó como un disparo en el pasillo vacío. La puerta se deslizó, revelando una penumbra aséptica.

Había entrado. Estaba dentro.

De repente, una luz de emergencia parpadeó sobre la consola central. El sistema la había detectado. Su firma digital, esa huella que Luján había manipulado, estaba siendo rastreada en tiempo real por el equipo de seguridad. Lucía se congeló, sus ojos escaneando la sala en busca de pruebas del traslado de pacientes. Entonces, el intercomunicador se activó con un siseo estático.

—Arrieta —resonó una voz distorsionada, fría y familiar—. Sabemos que tienes la llave. Y sabemos que no vas a salir de aquí con vida.

El nombre de Lucía resonó en el pasillo vacío, confirmando que la caza había comenzado oficialmente.

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