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Chapter 2: El costo de la curiosidad

Lucía confirma que su firma digital ha sido utilizada para encubrir la muerte del paciente 402. Tras ser bloqueada por el sistema y amenazada por el Dr. Luján, se encuentra con la enfermera Marina, quien le entrega una nota escrita a mano por una colega desaparecida, revelando que el hospital reetiqueta pacientes para ocultar traslados a una unidad experimental. La amenaza de una auditoría interna inminente acelera la cuenta regresiva hacia la purga de logs.

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El costo de la curiosidad

El zumbido del servidor en la oficina de Auditoría Clínica no era ruido ambiental; era la cuenta regresiva de mi propia ejecución profesional. En el monitor, el registro del paciente 402, Don Ernesto Valdivia, mostraba una cadena alfanumérica que me heló la sangre: mi firma digital. Alguien había usado mis credenciales para rectificar la hora de su muerte.

Intenté acceder a la cámara del pasillo B para cotejar los hechos, pero el sistema respondió con una frialdad mecánica: Acceso denegado. Credenciales bajo revisión administrativa. El hospital no solo estaba borrando el rastro; me estaba convirtiendo en la autora del crimen. Mi teléfono vibró: una alerta de TI informaba que mi ID estaba bajo auditoría interna. Tenía menos de diez horas antes de la purga automática de logs a las 23:59:42.

Salí al pasillo, con el corazón martilleando contra mis costillas. Cerca del área de suministros, encontré a Marina Salcedo. Sus ojos, hundidos por el agotamiento, evitaban los míos hasta que nos refugiamos detrás de un carro de medicamentos.

—No debiste buscarme, Lucía —siseó ella, con los nudillos blancos de tanto apretar una caja de catéteres—. Luján ya sabe que tu sesión estuvo activa en el archivo de Valdivia. Si te ven conmigo, las dos estamos fuera antes del cambio de guardia.

—Mi firma está en el expediente —respondí, bajando la voz—. Si no encuentro la prueba original, mañana seré la única responsable legal. ¿Qué pasó realmente en la habitación 402?

Marina miró hacia la rendija de la puerta. El zumbido de las luces fluorescentes parecía amplificarse, un recordatorio constante del reloj. Metió la mano en el bolsillo de su uniforme y extrajo un papel amarillento, doblado con una precisión casi obsesiva. No era una impresión digital; era una nota escrita a mano, una reliquia analógica imposible de rastrear.

—La doctora que estaba antes de mí dejó esto en el archivador —susurró, entregándome el papel con dedos temblorosos—. Ella desapareció hace tres semanas. Dijeron que pidió una excedencia, pero nadie la ha vuelto a ver.

Desplegué la nota bajo la luz mortecina. Mi pulso se aceleró al leer las líneas trazadas con urgencia: «Paciente 402 no es un caso aislado. Es un engranaje. Los reetiquetan como fallecidos para liberar camas de lujo y ocultar el traslado a la unidad de cuidados experimentales. No es un error, es un patrón».

El aire pareció agotarse. Comprendí entonces la magnitud de la mentira: no estaban encubriendo una muerte, estaban gestionando un mercado de cuerpos vivos. El hospital no era un centro de salud, era una fachada para algo mucho más oscuro y rentable.

—Lucía, escucha —dijo Marina, su voz quebrándose—. Van a iniciar una auditoría interna en diez minutos para «limpiar» el sistema. Si te encuentran con eso, no solo perderás tu trabajo. Vas a desaparecer igual que ella.

Guardé la nota en mi sostén, sintiendo el papel frío contra mi piel. Ya no era solo una auditora buscando una irregularidad; era el objetivo principal de una cacería institucional. Al salir del cuarto, el pasillo me pareció un corredor de ejecución. El hospital, con sus paredes blancas y su silencio aséptico, ya no buscaba la verdad, sino mi eliminación definitiva.

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