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Chapter 4: Círculo de lealtades

Elena confronta a su mentor, el Dr. Méndez, con la evidencia del paciente 402, solo para descubrir que él es un cómplice activo en el encubrimiento. Méndez la amenaza con revocar su licencia y destruir el prestigio de su familia, dejándola aislada y bajo vigilancia directa de Aranda.

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Círculo de lealtades

El despacho del Dr. Méndez olía a café rancio y a la cera de los muebles de caoba, un aroma que Elena asociaba con la sabiduría médica, pero que ahora le resultaba asfixiante. Diez horas y cuarenta minutos. Ese era el margen de error antes de que el servidor de logs purgara el rastro digital del paciente 402.

Elena dejó la unidad flash sobre el escritorio. El pequeño trozo de metal parecía un artefacto extraño en aquel entorno de orden institucional.

—Doctor, encontré esto en los registros del servidor antes de que bloquearan mi usuario —dijo Elena, manteniendo la voz firme a pesar del temblor en sus manos—. Es la prueba de la alteración en el expediente 402. Aranda no solo falsificó la hora del deceso; ejecutó el protocolo de purga manual mientras el paciente aún presentaba actividad cerebral.

Méndez no levantó la vista de inmediato. Sus dedos, largos y precisos, seguían pasando las hojas de un informe de gestión. Cuando finalmente alzó la cabeza, la calidez paternal que Elena había buscado como refugio se había evaporado. Sus ojos eran dos pozos de frialdad administrativa.

—Elena, te has excedido —respondió él, con una calma que le heló la sangre—. Esto no es un error médico. Es una decisión de la junta. Si insistes en remover este lodo, no solo perderás tu puesto; tu licencia médica será revocada antes del amanecer. Tu familia tiene un apellido que proteger en esta ciudad, y Aranda se ha encargado de que ese apellido esté en la lista negra de todos los hospitales privados.

Elena sintió un vacío gélido en el estómago. La amenaza no era una advertencia; era una sentencia. Méndez no estaba protegiendo el hospital, estaba protegiendo su propia jubilación dorada, el prestigio de décadas construido sobre silencios ajenos. Ella apretó el puño en el bolsillo de su bata, donde la unidad flash se sentía como un carbón ardiente.

—Usted firmó la orden, ¿verdad? —preguntó ella, su voz apenas un hilo—. El paciente 402 no era una optimización de recursos. Era una vida.

—El paciente 402 es un problema resuelto —replicó Méndez, levantándose. Su sombra se alargó sobre la pared, inmensa y opresiva—. Entrégame la unidad. Sal de este hospital por la puerta de servicio y no vuelvas a mirar atrás. Si intentas sacar esa información, Aranda se asegurará de que tu apellido sea sinónimo de traición institucional. Tienes hasta que el servidor se purgue para decidir si quieres seguir siendo médica o si prefieres ser una paria.

Elena retrocedió, su mente trabajando a una velocidad febril mientras el hospital empezaba a cerrar secciones por "mantenimiento". El laberinto estéril se estaba estrechando. Mientras corría por los pasillos, los guardias de seguridad comenzaban a peinar el área de archivos, borrando pruebas físicas mientras ella intentaba desesperadamente encontrar un punto ciego en la vigilancia. En el vestíbulo principal, la figura de Aranda apareció bajo las luces fluorescentes, observándola con una sonrisa que no llegaba a sus ojos. Él no necesitaba detenerla físicamente; ella ya estaba atrapada en su red.

Al salir a la calle, la lluvia torrencial le empapó el rostro, mezclándose con el sudor frío del pánico. En ese instante, su móvil vibró en su bolsillo. Un mensaje corto, directo, que le confirmó que la vigilancia nunca se había detenido: «Sabemos qué archivo intentaste copiar». Elena se perdió en la negrura de la ciudad, sabiendo que la cuenta regresiva era ahora su única compañía.

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