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Chapter 2: El costo de la curiosidad

Elena intenta localizar a la enfermera Lucía para obtener pruebas del expediente 402, pero descubre que ha sido exiliada administrativamente. Aranda la confronta, amenazando su reputación familiar. Elena logra acceder a las cámaras de seguridad mediante una terminal de mantenimiento, confirmando la manipulación de Aranda antes de ser expulsada definitivamente del sistema.

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El costo de la curiosidad

El pitido del lector de tarjetas fue un insulto seco, un sonido que Elena Varela conocía demasiado bien: el rechazo absoluto. La pantalla del terminal, antes una ventana a la verdad, ahora mostraba un mensaje en rojo sangre: ACCESO REVOCADO. CONTACTE A ADMINISTRACIÓN.

Once horas y treinta minutos. Ese era el margen antes de que el servidor purgara los registros del turno de noche. Si el rastro digital del paciente 402 se borraba, la falsificación del Dr. Aranda se convertiría en historia oficial, blindada por el prestigio de su apellido. Elena sintió un vacío gélido en el estómago. No era un error técnico; era una exclusión quirúrgica.

—Disculpe —dijo, interceptando a un residente que pasaba a toda prisa—. ¿Dónde está Lucía? Tenía que entregarme un informe sobre el 402.

El joven ni siquiera la miró. Aceleró el paso, esquivándola como si ella fuera una paciente con una enfermedad altamente contagiosa. La silla de Lucía en la estación de enfermería estaba vacía. Su café, aún humeante, reposaba junto a una libreta abierta. La escena gritaba una interrupción forzada, un vacío dejado por alguien que no tuvo tiempo de despedirse.

Elena cruzó el pasillo central, sintiendo el peso de su placa de identificación como un trozo de metal inútil. La sombra de Julián Aranda se proyectó sobre ella antes de que pudiera llegar a la salida. El jefe de residentes se detuvo, flanqueado por dos residentes de primer año que observaban la escena con el miedo instintivo de quien teme ser salpicado por la desgracia ajena.

—Varela —la voz de Aranda fue una caricia gélida, cargada de una autoridad que no admitía réplica—. Espero que esta caminata errática tenga un propósito clínico. Mis pacientes no pagan para que el personal de forense deambule por mis pasillos buscando fantasmas en expedientes cerrados.

—Busco a la enfermera Lucía, doctor —respondió Elena, manteniendo la voz firme, aunque sus manos, ocultas en los bolsillos de su bata, se cerraban en puños que le dolían—. Necesito verificar una discrepancia en el ingreso del 402.

Aranda soltó una risa que no llegó a sus ojos. Se acercó, invadiendo su espacio personal, su presencia oliendo a colonia cara y a una amenaza perfectamente pulida.

—Lucía ya no es problema suyo —dijo en un susurro audible solo para ella—. Tu familia ha trabajado demasiado duro en este hospital para que tú lo tires todo por la borda por una obsesión mal fundamentada. No fuerces tu propia salida, Elena. La puerta de calle es muy fría en noches como esta.

Elena se quedó sola en el pasillo, con la humillación ardiendo en sus mejillas. El mensaje era claro: no solo la habían bloqueado, la estaban aislando socialmente. Antes de que pudiera retirarse, la supervisora Ortega le cortó el paso.

—Lucía fue reasignada a la clínica periférica de la zona alta hace menos de una hora —dijo Ortega, sin levantar la vista de su tableta—. Falta disciplinaria. Manejo indebido de datos confidenciales. Si sigues preguntando, tu nombre será el siguiente en la lista de traslados.

Elena sintió que el suelo se inclinaba. La clínica de la zona alta no era un traslado; era un exilio administrativo. Corrió hacia su oficina, un refugio que ya no le pertenecía. Sus archivos personales habían sido confiscados; el escritorio estaba esterilizado, vacío. Diez horas y cuarenta minutos.

Insertó una unidad flash en la terminal de mantenimiento, una reliquia olvidada por el departamento de TI. Sus dedos volaron sobre el teclado, saltando las capas de seguridad con una rapidez que solo el miedo podía dictar. El sistema protestó, pero ella logró forzar el acceso a las cámaras del pasillo 4.

La imagen parpadeó, granulada por la lluvia que interfería con el sistema de seguridad. Allí estaba Aranda, a las 3:15 de la madrugada, manipulando el equipo de monitoreo del paciente 402. Elena contuvo el aliento, pero el sistema lanzó una alerta roja. La pantalla se congeló, mostrando a Aranda mirando directamente a la lente, como si supiera quién estaba al otro lado. Su usuario fue expulsado definitivamente. La enfermera Lucía había sido silenciada porque era la única testigo ocular de esa manipulación, y ahora, Elena era la única que sabía que el encubrimiento ya no era una sospecha, sino una ejecución en tiempo real.

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