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Chapter 2: La fachada de cristal

Elena y Julián asisten a una gala donde él la defiende agresivamente de un rival, consolidando la farsa pública. Sin embargo, la tensión aumenta cuando Julián encuentra un juguete de Mateo en su despacho, acercándolo peligrosamente a la verdad sobre el pasado de Elena.

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La fachada de cristal

El aire en el penthouse de Julián Varela no circulaba; pesaba con la densidad de una sentencia judicial. Elena observaba el skyline de Ciudad de México, un mar de luces que, desde esa altura, parecía un mapa de promesas rotas. Faltaban cuarenta y ocho horas para que el banco ejecutara la hipoteca de su hogar, y el hombre que caminaba a sus espaldas, con el paso firme de quien es dueño de cada baldosa, era su única salida.

—El coche estará abajo en diez minutos —dijo Julián. Su voz no buscaba el diálogo, sino la obediencia. Se detuvo a escasos centímetros, lo suficiente para que el aroma a sándalo y tabaco de su presencia invadiera el espacio personal de Elena—. La prensa no puede percibir ni una fisura. Si el mercado huele debilidad en nuestra historia, el acuerdo se invalida. Y tú, Elena, no puedes permitirte ese lujo.

Ella se giró, obligándose a mantener la mirada gélida. Sus ojos, afilados como el acero, recorrían el rostro de él buscando el rastro del hombre que una vez conoció, pero solo encontró al magnate implacable. Cuando él pasó a su lado, sus dedos rozaron el borde de su vestido. No fue un gesto de cortesía, sino una reclamación de territorio que le provocó un escalofrío. Ella se mantuvo firme, negándole la satisfacción de verla retroceder.

—Mi reputación es el activo que estoy poniendo en juego, Julián —respondió ella, con una calma que le costó un esfuerzo sobrehumano—. No he llegado hasta aquí para permitir que un mal paso arruine mi única oportunidad de salvación. No subestimes mi capacidad de actuar.

El trayecto hacia la gala fue un ejercicio de contención. Al llegar, el zumbido eléctrico de los flashes y el perfume caro de la élite formaban una barrera casi física. Julián caminaba con la cadencia de un depredador que sabe que el terreno le pertenece, y Elena, a su lado, era la pieza que él había decidido mover en su tablero.

—Recuerda —susurró él, apenas moviendo los labios mientras una marea de reporteros se abalanzaba sobre ellos—, cualquier vacilación es una confesión. Mantente firme.

La fachada se resquebrajó cuando Ricardo Montalvo, el rival comercial de Julián, cortó el murmullo con una sonrisa que no llegaba a sus ojos gélidos.

—Varela, qué sorpresa ver a la señorita… ¿cómo dijiste que se llamaba? —preguntó Montalvo, escaneando a Elena con un desdén calculado—. ¿Es esta tu nueva apuesta para limpiar el desastre de la fusión? Parece que el mercado no es el único lugar donde buscas compensar tus pérdidas.

El insulto flotó en el aire, diseñado para humillar. Antes de que Elena pudiera articular una respuesta, Julián intervino. No solo se colocó delante de ella, bloqueando la mirada de Montalvo, sino que pasó un brazo por su cintura, atrayéndola contra su costado con una posesividad que no estaba en el contrato. El calor de su mano a través de la seda era un recordatorio constante de su poder.

—Elena es la razón por la que esta fusión es irrelevante, Ricardo —dijo Julián, con una voz que goteaba un peligro real—. Cuida tus palabras, o el próximo desastre que limpies será el de tu propia empresa.

De vuelta en la limusina, el silencio era denso, asfixiante. Julián no se movía, pero su presencia reclamaba cada centímetro del habitáculo.

—El teatro de esta noche ha sido impecable, Elena —dijo él, rompiendo el silencio—. Casi olvido que eres una mujer que estaba al borde de la ruina. ¿Dónde aprendiste a mentir tan bien ante los fotógrafos?

—La desesperación es una maestra eficiente, Julián. Tú deberías saberlo mejor que nadie —respondió ella, sosteniéndole la mirada—. O acaso, ¿tu memoria selectiva ya ha olvidado el costo de las alianzas impuestas?

Al regresar al despacho para finalizar los documentos, la tensión alcanzó su punto crítico. Elena, al organizar los papeles, dejó caer un pequeño soldado de madera tallada que Mateo siempre llevaba consigo. El juguete rodó hasta detenerse a los pies de Julián. Él se inclinó lentamente, sus dedos largos y precisos recogiendo la figura. El silencio en la habitación se volvió insoportable mientras Julián miraba el objeto y luego a Elena, con la duda transformándose en una certeza que empezaba a arder en sus ojos. La prensa, afuera, aún reclamaba su atención, pero en ese despacho, la verdadera guerra apenas comenzaba.

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