La primera prueba ante los lobos
El aire en el vestidor privado del ático de Tomás era tan seco como el contrato que Valeria aún sentía quemándole la memoria. Frente al espejo de cuerpo entero, ella ajustó la seda de su vestido color medianoche, asegurándose de que su postura no delatara la fragilidad de su posición. Había dejado de ser la exesposa difamada para convertirse en un activo estratégico, pero la máscara le pesaba. Tomás entró sin llamar, su presencia llenando el espacio con una calma calculada. Se detuvo a sus espaldas, observándola a través del cristal. No le dedicó un cumplido, sino una inspección crítica que Valeria recibió con la mandíbula tensa.
—El escote es correcto —dijo él, su voz carente de calidez—. Suficientemente elegante para intimidar a los accionistas, lo bastante sobrio para que la prensa no nos llame vulgares.
Valeria se giró, enfrentándolo. —Tu reputación está en juego tanto como la mía, Tomás. Si esto falla, no es solo mi apellido el que se ensucia en los titulares.
Él dio un paso al frente, invadiendo su espacio vital, y sus dedos rozaron la seda de su hombro para corregir la caída de una tira. El contacto fue breve, eléctrico, una intrusión que obligó a Valeria a contener el aliento. No era un gesto de afecto, sino de propiedad. Él estaba marcando el territorio que habían acordado compartir por conveniencia.
—Santiago estará en la gala —advirtió Tomás, sus ojos oscuros fijos en los de ella—. Y no esperará a que terminemos la cena para intentar desmantelarte.
Al llegar al evento, el estallido de los flashes fue como un disparo en la penumbra de la entrada. Valeria se aferró al brazo de Tomás, sintiendo la tensión de sus músculos bajo la seda del traje. Apenas cruzaron la alfombra roja, una sombra se interpuso en su camino: Santiago. Su exesposo lucía una sonrisa de depredador, esa que ella conocía demasiado bien.
—Valeria, querida, qué valiente aparecer aquí con un empleado —soltó Santiago, dejando que su voz resonara lo suficiente para que los periodistas cercanos captaran el veneno—. ¿Ya te cansaste de los lujos o es que tu nuevo accesorio tiene un precio por hora?
Tomás no parpadeó. Su agarre en la cintura de Valeria se volvió firme, posesivo, mientras sus ojos grises se clavaban en Santiago con una frialdad que heló el ambiente. El murmullo de la prensa se detuvo en seco.
—El precio de la lealtad es algo que nunca pudiste permitirte, Santiago —respondió Tomás, su voz era una caricia gélida que cortó el aire—. Valeria no busca lujo, busca calidad. Algo que tu ego, hinchado por la inseguridad, no puede ofrecer.
Santiago tensó la mandíbula, viendo cómo los flashes capturaban su momentánea derrota. Tomás acercó a Valeria, un gesto protector que irradiaba una seguridad absoluta. El poder en la sala se desplazó; el "accesorio" de pronto parecía ser el dueño de la velada.
El ascensor privado se cerró tras ellos con un golpe seco, dejando a Valeria más expuesta que los flashes de afuera. Todavía tenía el sabor metálico de la gala en la boca. Tomás se apoyó en el panel de acero; no parecía cansado, sino contenido. Había pagado caro la escena anterior, y eso volvía el silencio más pesado. Valeria se soltó el broche del vestido con dos dedos, molesta de sentir el cuello comprimido.
—No hacía falta que lo enfrentaras así —dijo ella, sin mirarlo.
—Sí hacía falta —respondió Tomás, seco—. Si lo dejaba hablar, la noticia de tu compromiso salía convertida en chisme de sobremesa. Ahora salió como lo que es: un hecho.
Valeria soltó una risa sin humor. —Un hecho con fotógrafo. Y con Rafael Llerena observándonos desde la esquina, probablemente grabando nuestra 'química' para encontrar la fisura.
Tomás giró la cabeza. En la línea de su mandíbula todavía había la rigidez de las miradas que habían medido cuánto capital estaba dispuesto a quemar por una mujer divorciada. —Rafael siempre busca una grieta. Por eso, mañana, la grieta será lo único que no encontrará.
De regreso en el estudio privado del ático, Tomás cerró la puerta con una llave breve, seca. El ruido de los flashes seguía trepando por el vidrio, filtrándose como una amenaza sin rostro. Valeria se quedó de pie, aún con la rabia del ascensor pegada a la piel. Tomás avanzó hasta el escritorio y dejó un sobre crema frente a ella.
—Antes de que preguntes: sí, esto puede hundir a Santiago —dijo él, dejando el sobre sobre la madera—. Y sí, también puede hundirnos a nosotros si se filtra mal. La cláusula 4.2 es solo el inicio.
Valeria no tocó el sobre de inmediato. Miró primero su mano, quieta junto al borde de la madera. Una mano que, hacía una hora, había sostenido su espalda ante los fotógrafos como si su cuerpo fuera territorio propio. El flash de las cámaras los cegaba en su memoria, y Valeria sintió la mano de Tomás firme en su espalda, un gesto que parecía protección pero se sentía como posesión. Él la observó, con la sombra del riesgo dibujada en sus facciones, y le advirtió: —La verdad tiene un precio que no sé si estás lista para pagar.