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Chapter 4: Grietas en la fachada

Elena confronta la presión de la familia Vargas durante una cena tensa, utilizando su ingenio para desviar las sospechas sobre su taller. Tras ser acorralada por Julián, quien exige respuestas sobre Mateo, Elena contraataca revelando que conoce el sabotaje interno en la empresa. El capítulo termina con una nota anónima que confirma que Julián ha sido alertado sobre la verdadera naturaleza de la relación de Elena con el niño, mientras una tormenta los aísla en la mansión.

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Grietas en la fachada

El comedor de los Vargas no era un espacio para la nutrición, sino un cuadrilátero de etiqueta donde cada cubierto parecía diseñado para diseccionar reputaciones. Elena ajustó la servilleta de lino sobre sus rodillas, sintiendo el peso de las cuarenta y seis horas que le restaban antes de que su taller fuera reducido a escombros legales. Frente a ella, la Sra. Vargas cortaba la carne con una precisión quirúrgica que, a ojos de Elena, no buscaba el filete, sino su propia garganta.

—Elena, querida —dijo la matriarca, sin elevar la vista—. Julián siempre ha sido un hombre de gustos estables, casi predecibles. Un compromiso tan repentino nos resulta... inusual. ¿Qué es exactamente lo que te hace tan indispensable para él en este momento preciso?

Elena sostuvo la mirada de la mujer, manteniendo la espalda recta. A su lado, Julián permanecía en silencio, pero su presencia era una presión constante, una sombra que vigilaba cada una de sus reacciones. Ricardo, desde el extremo opuesto de la mesa, jugueteaba con su copa de vino, exhibiendo una sonrisa que no llegaba a sus ojos.

—El amor rara vez pide permiso para ser inoportuno, Sra. Vargas —respondió Elena, su voz cargada de un sarcasmo gélido que logró detener el cuchillo de su interlocutora—. Además, supongo que Julián encontró en mí lo que el resto de su círculo no le ofrece: una honestidad que no está a la venta.

Ricardo soltó una carcajada seca. —¿Honestidad? El banco acaba de notificar que la propiedad de tu taller está en proceso de ejecución. ¿Es esa la clase de honestidad que traes a nuestra familia? ¿La de una mujer que busca un salvavidas de oro?

La tensión en la mesa se volvió irrespirable. Julián intervino, su voz grave cortando el aire como un látigo.

—El taller es un activo comercial, Ricardo. No confundas negocios con mi vida privada. Elena está aquí por elección mía.

Elena sintió un escalofrío. La defensa de Julián no nacía de la caballerosidad, sino de la posesión. Cuando la cena terminó, ella escapó hacia los pasillos, pero la sombra de Julián la alcanzó antes de que pudiera llegar al refugio de su habitación. Él la acorraló contra la moldura de madera del estudio, con la luz ámbar de una lámpara lateral recortando su perfil afilado. En su mano derecha sostenía la fotografía de Mateo, el papel ligeramente arrugado por la presión de sus dedos.

—No te molestes en buscar una salida, Elena —dijo él, sin elevar la voz. El tono era de una precisión quirúrgica que helaba la sangre—. He pasado la última hora analizando cada rasgo de este niño. Es curioso cómo la memoria puede ser tan traicionera como una mentira bien contada. ¿Quién es él realmente?

Elena se obligó a no retroceder. Su dignidad era lo único que le quedaba frente a la fortuna de los Vargas.

—Si has decidido jugar a detective, Julián, espero que al menos hayas deducido que mi vida privada no es parte del contrato. Pero ya que insistes en las preguntas, hablemos de la tuya: ¿cuánto tiempo más vas a fingir que no sabes quién está vaciando las cuentas de tu propia empresa? He visto el libro mayor. Sé que hay páginas arrancadas. Sé que alguien te está extorsionando.

Julián se tensó, y por un segundo, el control se resquebrajó en sus ojos.

—Eso es un asunto interno de la familia.

—No, es un asunto de supervivencia —replicó ella, bajando la voz—. Ambos estamos siendo cazados por el mismo depredador.

De regreso en su habitación, Elena cerró la puerta con llave. Al abrir el libro mayor que había logrado sustraer, un trozo de papel vitela cayó sobre la alfombra: «El niño no es un accesorio, Elena. Si crees que puedes usarlo para chantajear a Julián, estás sentenciando su futuro. El próximo aviso no vendrá por escrito».

La sangre se le heló. El saboteador no solo sabía de Mateo; estaba dispuesto a usarlo. Mientras tanto, en el despacho principal, un asistente depositó un sobre sellado sobre el escritorio de Julián. Él lo abrió con desgano, pero al leer la única línea escrita en el interior, su rostro se tornó de una palidez mortal. La nota decía: «Ella no te ha dicho toda la verdad sobre el niño». El heredero de los Vargas apretó el papel, sintiendo cómo el suelo bajo sus pies se volvía inestable. La tormenta que se gestaba fuera de la mansión comenzaba a azotar los ventanales, aislándolos en un silencio cargado de verdades inminentes.

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