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Chapter 1: Chatarra en la línea de fuego

Mateo Vega sobrevive a una evaluación de ranking saboteada por Valeria Thorne, llevando a su bastidor al límite. Ante la inminente ejecución de su deuda familiar y el bloqueo de temporada en 30 días, recurre al Viejo Solís para obtener una técnica prohibida, aceptando el riesgo de una sobrecarga catastrófica para forzar un ascenso en la escalera de la Academia.

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Chatarra en la línea de fuego

El indicador de presión hidráulica de «El Bastardo» parpadeaba en un rojo agónico, un latido metálico que sincronizaba con el pulso acelerado de Mateo Vega. A solo treinta días del cierre de temporada, el bastidor de clase C que pilotaba no era más que un amasijo de piezas remendadas, soldaduras de emergencia y una deuda familiar que pesaba más que el propio chasis de aleación barata.

En el centro de la Arena de Simulación de la Academia Cielo de Acero, el aire olía a ozono y al desprecio contenido de los cadetes de élite que observaban desde las gradas superiores.

—¿Todavía intentas volar ese montón de escombros, Vega? —la voz de Valeria Thorne resonó por el canal abierto, cristalina y cargada de una superioridad que le helaba la sangre. Su bastidor, una joya de ingeniería con aleación de titanio pulido, se movía como una extensión de su propia voluntad—. El ranking no perdona a los pobres. Eyéctate antes de que la arena te convierta en chatarra de verdad.

Mateo apretó los dientes, sintiendo cómo el asiento de pilotaje crujía bajo sus vértebras. Sabía que Valeria había manipulado los sensores de gravedad de la arena; el bastidor pesaba el doble de lo normal, una trampa diseñada para forzar un fallo crítico en su sistema de soporte. Cada movimiento de las palancas era una lucha contra el metal que se resistía a obedecer. Sus deudas —la hipoteca del taller, el crédito de formación de su hermana— dependían de que terminara esta prueba en el top 50. Si caía hoy, la expulsión era una condena definitiva.

—No me voy a ir a ninguna parte, Thorne —respondió Mateo, forzando al Bastardo a un giro evasivo que hizo que los actuadores chirriaran como huesos rotos.

El sistema de la arena respondió con una descarga de energía dirigida. El impacto sacudió su cabina, enviando chispas a través de los circuitos expuestos. Mateo vio cómo su nivel de integridad estructural caía al 12%. Tenía que realizar una maniobra prohibida de sobrecarga, una técnica que el Viejo Solís le había prohibido estrictamente, o moriría en el intento de ascender.

Minutos después, Mateo arrastraba al Bastardo hacia las profundidades del Taller del Viejo Solís. Cada paso era una sinfonía de crujidos agónicos. El anciano, con los dedos manchados de grasa negra, lo recibió con un gruñido desde la penumbra, lanzando una llave inglesa sobre la mesa de trabajo.

—Si vuelves a forzar el actuador derecho, la próxima vez no traerás un mecha, sino un montón de chatarra reciclable —dijo Solís, sus ojos escaneando los daños con una precisión que Mateo envidiaba—. Valeria manipuló los sensores. Lo sé. Pero tu bastidor no es una herramienta para el suicidio, es una inversión.

—No tengo opciones, Solís —replicó Mateo, señalando el monitor de su muñeca donde el contador de la Academia parpadeaba en un rojo inclemente: 30 días para el bloqueo.— Si no subo veinte puestos antes del cierre, mi familia perderá la licencia de mantenimiento y la deuda nos enterrará.

Solís suspiró, un sonido que parecía el crujir de metal viejo, y caminó hacia una caja fuerte oculta bajo una pila de repuestos. De allí sacó un chip de datos desgastado. —Es una técnica de sincronización de la era de los prototipos. Si intentas integrarla en el núcleo de este armatoste, el sistema de retroalimentación podría freír tu sistema nervioso o fundir los actuadores de un solo tirón.

Mateo no dudó. Sus manos, temblorosas por la adrenalina, encajaron el chip en la ranura secundaria. La pantalla de diagnóstico comenzó a escupir alertas de incompatibilidad mientras el sistema de la Academia auditaba sus parámetros en tiempo real.

—Hazlo —ordenó Mateo.

El Bastardo comenzó a vibrar con una frecuencia antinatural. El dolor físico de la retroalimentación neuronal le recorrió el brazo como un latigazo eléctrico, pero Mateo mantuvo la presión, obligando al sistema a aceptar la nueva configuración. Justo cuando la barra de sincronización alcanzó el 100%, el bastidor emitió un pitido agudo y una alerta de fallo crítico inundó la cabina, mientras el ranking global de la Academia se actualizaba, revelando que su posición estaba cambiando, aunque a un costo que apenas comenzaba a comprender.

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