La caída de los ídolos
El zumbido de los servidores en la bóveda de los De la Torre era un lamento eléctrico que Julián sentía vibrar directamente en la herida de su hombro. Cada latido le enviaba una descarga de dolor, recordándole que la sangre que le empapaba la camisa era el precio de su última oportunidad. En el monitor, la barra de progreso del Libro Negro se arrastraba con una lentitud agónica: 45%.
—Déjalo, Julián. Estás sangrando sobre el futuro de esta familia. Es un desperdicio —la voz del Patriarca Varga, amplificada por el intercomunicador, no contenía ira, solo esa calma señorial que siempre lograba que Julián se sintiera un intruso en su propio mundo.
Julián no respondió. Sus dedos, entumecidos, teclearon una secuencia de encriptación. Afuera, en el pasillo, el sonido de pasos rítmicos y firmes se acercaba. No era la policía; era el equipo de limpieza de los Varga. De pronto, un altavoz de la mansión comenzó a emitir una transmisión en vivo que se filtraba por las paredes de la bóveda: «…con profundo pesar, la familia Varga comunica el fallecimiento de Elena de la Torre. Un accidente trágico. Un adiós temprano para una vida llena de promesas».
La voz del Patriarca, impostada y solemne, resonó con una frialdad que heló a Julián más que la pérdida de sangre. Habían adelantado el calendario. Al declarar a Elena muerta, el sistema de seguridad familiar activaría una purga automática del servidor en menos de 108 horas. Julián comprendió la jugada: lo habían incriminado como el chivo expiatorio perfecto. Si Elena estaba «muerta», cualquier prueba que él presentara sería descartada como el delirio de un hombre desesperado y culpable.
Julián empujó la rejilla del conducto de ventilación con lo que le quedaba de fuerza. El aire gélido de la noche, cargado de ozono y asfalto mojado, lo golpeó como un bofetón. Al arrastrarse hacia fuera, sus dedos resbalaron en el lodo de los jardines, donde la lluvia caía con una violencia inusual, borrando sus huellas casi al instante. A lo lejos, los guardias de seguridad peinaban el perímetro con linternas de alta intensidad. No podía volver atrás; el servidor en su mochila seguía trabajando, pero su integridad física se desmoronaba.
Tenía que llevar el Libro Negro a donde el Patriarca no pudiera silenciarlo: la plaza central, donde la élite de la ciudad celebraba el acto benéfico anual de la familia. Si el Libro se proyectaba allí, ante los ojos de los mismos que sustentaban el poder del Patriarca, la narrativa de la muerte de Elena se desmoronaría ante el peso de los datos.
Llegó a la plaza, un mar de paraguas negros y trajes caros. Julián se ocultó en un callejón adyacente, con el hombro palpitando en un ritmo frenético. La carga alcanzó el 90%. Sus manos temblaban mientras conectaba el dispositivo a la red pública de la plaza. En el escenario, el Patriarca Varga se acercaba al micrófono para su discurso, ajeno a la sombra que se cernía sobre su legado.
Las pantallas gigantes que flanqueaban el podio parpadearon. Un error de sistema, pensó la audiencia, hasta que los primeros nombres de la red de chantaje comenzaron a deslizarse por el cristal líquido, iluminando los rostros atónitos de la élite. El Patriarca se detuvo, su mirada escaneando la multitud mientras el Libro Negro, en toda su crudeza, empezaba a exponer la podredumbre de su estructura. Julián, atrapado entre las patrullas que cerraban el acceso al callejón y el caos que acababa de desatar, vio cómo el Patriarca se giraba hacia las pantallas, con el rostro desencajado. La verdad estaba en el aire, y el precio de haberla revelado estaba a punto de cobrarse.