Novel

Chapter 4: Sombras en el cristal

Julián escapa de la bóveda de datos, pero es interceptado por Silvia, una aliada de Elena, quien le revela mediante fotografías que ha sido vigilado y manipulado por Elena desde hace meses. La escena culmina con el Patriarca acorralándolo en el sótano, ofreciéndole el puesto de Elena a cambio de su lealtad.

Release unitFull access availableSpanish / Español
Full chapter open Full chapter access is active.

Sombras en el cristal

El aire en los conductos de ventilación del centro de datos Varga sabía a ozono, polvo acumulado y la estática de un sistema que se desmoronaba. Julián Varga se arrastraba sobre las rodillas, con los codos raspados y el pulso martilleando en sus sienes. Apenas cinco metros detrás, el eco metálico de las botas de los equipos de seguridad resonaba en el acero galvanizado. No eran guardias comunes; eran los recolectores de deudas de la familia, hombres cuya única misión era borrar las anomalías que amenazaban la estabilidad del Patriarca.

Quedaban 127 horas para el borrado total de los registros de Elena. Cada segundo que pasaba en la oscuridad del conducto era una apuesta contra su propia vida.

La lluvia torrencial, que azotaba la ciudad con una furia implacable, se filtraba por las juntas mal selladas del techo, convirtiendo el suelo del conducto en una pista de patinaje eléctrica. Un cortocircuito estalló a pocos centímetros de su mano derecha, arrojando chispas azules que iluminaron el polvo suspendido. El olor a cable quemado fue el aviso final: el sistema de seguridad estaba colapsando bajo el peso del agua, pero no era un aliado. Los sensores térmicos seguían activos, rastreando su rastro de calor. Si no salía de allí, se convertiría en el chivo expiatorio que ella había diseñado con tanta precisión.

Julián se dejó caer por una rejilla de mantenimiento hacia el sótano, aterrizando con un golpe sordo en un charco de agua aceitosa. El nivel estaba inundado, transformando el archivo en un laberinto de espejos y sombras. Antes de que pudiera orientarse, una figura emergió de detrás de una columna: Silvia, la secretaria que durante años había sido la sombra silenciosa de Elena. Su rostro, pálido bajo la luz de emergencia, no mostraba terror, sino una resignación afilada.

—No deberías estar aquí, Julián —dijo ella. Su voz, apenas un susurro, cortaba el estruendo de la lluvia exterior—. La seguridad ha sellado los niveles superiores. Si te encuentran, no te llevarán a una sala de juntas. Te borrarán como a los registros del Libro Negro.

Julián se puso en pie, sintiendo el peso del dispositivo en su bolsillo. La traición de Elena le quemaba más que las heridas de sus manos. Silvia se acercó, extendiendo un sobre manchado por la humedad. Dentro, las fotos no mostraban datos bancarios ni secretos de estado. Eran fotos de él. Julián caminando hacia la oficina, Julián en el café, Julián siendo vigilado desde una camioneta gris estacionada frente a su edificio hace meses. La conclusión fue un golpe en el estómago: él no era un aliado, era un proyecto de vigilancia a largo plazo.

—Ella sabía que te involucrarías —añadió Silvia—. Elena no huyó de la familia, Julián. Ella se aseguró de que tú fueras la única persona en la que la familia buscaría una respuesta, para que cuando cayeras, el Libro Negro cayera contigo.

Julián apretó el sobre hasta que el papel se rasgó. La lealtad, su bien más preciado, había sido la moneda con la que Elena había comprado su propia salida. Antes de que pudiera responder, el zumbido de los altavoces del estacionamiento subterráneo, donde se encontraba la única salida viable, cortó el silencio. Una voz familiar, calmada y carente de piedad, resonó en el garaje: la del Patriarca.

—Julián, deja de jugar a ser el héroe de una tragedia que no te pertenece. Estás atrapado entre el concreto y la irrelevancia. Tengo tu ubicación, tus movimientos y la certeza de que tus finanzas son ahora cenizas. Pero puedo ofrecerte algo que Elena nunca pudo: un lugar en la mesa que ella abandonó, a cambio de tu silencio absoluto.

La oferta flotaba en el aire, cargada de una amenaza que era, al mismo tiempo, una invitación a la supervivencia. Julián miró las fotos, luego el dispositivo que contenía los fragmentos del Libro Negro. El tiempo se agotaba, pero la trampa se había cerrado con él dentro. El Patriarca no quería matarlo; quería poseerlo, convertirlo en el nuevo engranaje de la máquina que tanto despreciaba.

Member Access

Unlock the full catalog

Free preview gets people in. Membership keeps the story moving.

  • Monthly and yearly membership
  • Comic pages, novels, and screen catalog
  • Resume progress and keep favorites synced