Chapter 12
A las 10:12 de la mañana, Mateo seguía frente a la puerta de la oficina con el candado nuevo brillando como una provocación fresca. No había retrocedido ni un paso. Del otro lado, Doña Tereza sostenía la llave entre los dedos, como si el metal le bastara para sostener también el apellido, la casa y la venta que quería consumida antes del mediodía.
—Ya se te dijo —soltó ella, seca, sin regalarle la cara—. Antes del mediodía, fuera del refugio.
Mateo no contestó de inmediato. Observó el herraje, el marco y la pintura raspada a la altura del cerrojo. Luego pasó el pulgar por la base del candado. Le quedó una película gris en la yema.
—Lo cambiaron hoy —dijo al fin, con una calma que cortaba más que un grito—. Y no desde afuera.
Doña Tereza levantó apenas el mentón.
—¿Ahora también eres cerrajero?
Mateo se inclinó, revisó el bisel de la puerta y señaló una astilla reciente en la madera, justo donde el perno había golpeado al cerrar.
—Mire la fibra. El golpe salió de adentro. Si lo hubieran puesto con la puerta cerrada, el marco no habría quedado así.
Elena apareció detrás de él con el rostro tenso, como si hubiera estado aguantando esa escena desde antes de llegar. Alicia venía medio paso más atrás, libreta abierta, los ojos clavados en el candado con la misma concentración con que una enfermera mira una presión que ya no puede fingir normal.
Mateo no alzó la voz; no la necesitaba.
—Esto no es una orden de la casa —dijo—. Es una maniobra para sacarme acceso y dejar limpio el camino antes de la tasación.
La frase no rebotó como amenaza. Cayó como prueba.
Doña Tereza apretó la llave hasta que se le marcó en la piel. Por primera vez desde que empezó la venta, no respondió con autoridad automática. Respondió con prisa.
—No te corresponde interpretar nada. Tienes la boca muy suelta para alguien que vive aquí por tolerancia.
Elena, que había aprendido a mirar al suelo cada vez que su madre subía el tono, esta vez sostuvo el candado con la vista. No defendió el relato de Doña Tereza. Ese pequeño desvío bastó para que la matriarca entendiera que Mateo no estaba improvisando y que la escena ya no dependía solo de su palabra.
Alicia, sin pedir permiso, tomó la libreta de la mano izquierda y escribió una línea.
—Hora, candado nuevo, marca de golpe interna —murmuró—. Si el cerrojo se cambió hoy, hay acceso reciente. Eso ya cambia todo.
Doña Tereza la miró como si la hubiera invitado la casa misma a traicionarla.
—¿Ahora también te dejas arrastrar por este hombre?
Alicia ni pestañeó.
—No me arrastro. Registro.
La diferencia, en ese pasillo estrecho, pesó más que el insulto.
El reloj del comedor sonó una vez, seco. El mediodía ya no estaba lejos; era una fecha con dientes.
Mateo apoyó la mano sobre la puerta, no para forzarla, sino para fijar el lugar en el que estaba parado. No iba a suplicar acceso. Iba a probar que se lo habían quitado con método.
—Si cambió el candado desde adentro —dijo—, entonces alguien entró, movió el cierre y quiso dejar la escena limpia. Eso no lo hace una urgencia. Eso lo hace alguien con autoridad dentro de la casa.
Doña Tereza abrió la boca para cortar la frase, pero no alcanzó a hacerlo. El nombre de Efraín ya venía rodando por el pasillo con el peso de un hombre que no necesitaba presentarse para imponer presión.
Y el refugio, que a esa hora todavía tenía olor a café recalentado y papel viejo, empezó a llenarse de pasos.