Novel

Chapter 12: El retorno del Dios de la Guerra

En el restaurante El Legado, ahora rebosante y convertido en centro de poder, Julián ocupa la cabecera junto a Elena. Rechaza una oferta inmediata del consejo municipal para ocupar el asiento de licitaciones que antes controlaba Montero, delegando la respuesta a Elena. Brindan por el legado recuperado mientras el teléfono de Julián recibe múltiples propuestas de alianzas y proyectos, marcando el inicio de su nueva posición dominante en la ciudad. La escena cierra con la promesa de que la verdadera partida apenas comienza.

Release unitFull access availableSpanish / Español
Full chapter open Full chapter access is active.

El retorno del Dios de la Guerra

El Legado estaba lleno hasta las vigas. No quedaba una sola mesa libre. Políticos que antes firmaban con la pluma de Montero ahora bajaban la mirada al pasar cerca de la cabecera. Banqueros que habían congelado cuentas por orden del Buitre ahora se inclinaban ligeramente al saludar. El aroma del mole negro —el mismo que la abuela preparaba cuando los Varga aún decidían quién entraba y quién quedaba fuera— dominaba el salón como una declaración irrevocable.

Julián ocupaba el asiento principal de la mesa de roble que su bisabuelo había traído desde Oaxaca. Traje negro impecable, sin una arruga nueva desde la subasta. Elena caminaba a su lado, erguida, con el vestido sencillo que usaba para dirigir el servicio en los días más duros. Nadie se atrevió a mirarla con lástima esta noche.

El maître se acercó con una reverencia contenida.

—Señor Varga, todo está listo.

Julián asintió una sola vez. Se sentó. Elena tomó el lugar a su derecha sin pedir permiso. El salón pareció exhalar al unísono.

Desde la cocina abierta llegaba el ritmo preciso: cuchillos contra madera, el siseo controlado del comal, el golpe seco de la mano que volteaba las tortillas. Los platos salieron en oleadas ordenadas: mole espeso sobre pollo de rancho, tamales de ceniza envueltos en hoja de plátano, el chile relleno que solo se servía cuando la familia marcaba territorio. Cada bocado era un recordatorio: esto había sido suyo. Volvía a serlo.

Un hombre de traje gris se acercó con carpeta bajo el brazo. Julián lo reconoció de inmediato: abogado principal del ayuntamiento.

—Señor Varga —murmuró, voz baja para no romper el ambiente—, el consejo de gobierno votó esta tarde. Quieren ofrecerle el asiento que dejó… vacante el anterior titular.

Julián cortó un trozo de tamal sin levantar la vista.

—¿Qué asiento exactamente?

—El que aprueba las licitaciones del corredor norte. El que antes llevaba la firma de Ricardo Montero.

Elena giró la cabeza. Sus ojos eran acero limpio.

—Dígale al consejo que la respuesta llega mañana. Por escrito. Y que cualquier condición pasa primero por esta mesa.

El abogado tragó saliva, asintió y se retiró con pasos medidos.

Julián miró a Elena de reojo.

—No tenías que responder por mí.

—Alguien tiene que empezar a marcar territorio —respondió ella sin sonreír—. Tú ganas las guerras. Yo conservo la plaza.

Una media sonrisa cruzó el rostro de Julián, la primera de la noche.

El murmullo del salón se había vuelto más bajo, más calculado. Todos sabían lo que había pasado en la sala de subastas: Varga Holdings se había llevado los principales activos de la constructora Montero a precios que nadie esperaba. Sabían que Ricardo “El Buitre” había aceptado el exilio que Julián le ofreció en la misma sala, escoltado por sus propios hombres que desertaron en cuanto las deudas se ejecutaron. Sabían que la prensa nacional ya tenía las pruebas de corrupción sistémica y que las detenciones comenzarían antes del amanecer.

Pero también sabían que el vacío dejado por Montero no se llenaría con silencio.

Elena levantó su copa. El vino tinto atrapó la luz.

—Por el legado —dijo en voz baja, solo para él.

Julián chocó su copa contra la de ella.

—Por el legado. Y por lo que viene.

Bebieron. El sabor era fuerte, terroso, de casa.

El teléfono de Julián vibró sobre la mesa. Una vez. Dos. Tres.

Miró la pantalla. Mensajes cortos, números desconocidos.

“Felicidades. La constructora del sur propone alianza estratégica.”

“El gobernador solicita reunión mañana. Discreta.”

“Proyecto federal de infraestructura. Su nombre ya está sobre la mesa.”

Julián giró el teléfono boca abajo.

Elena lo observó.

—¿Más aliados?

—Más jugadores —corrigió él—. El tablero cambió. Ahora todos quieren estar cerca del que mueve las piezas.

Ella apoyó la barbilla en la mano, estudiándolo.

—¿Y tú qué quieres ahora, Julián?

Él recorrió el salón con la mirada: cabezas que se inclinaban al cruzarse con sus ojos, el aroma del mole subiendo como un estandarte recuperado, la cocina funcionando con precisión militar.

—Quiero que esta mesa nunca vuelva a estar vacía. Quiero que el nombre Varga deje de ser recuerdo y vuelva a ser poder. Y quiero que nadie se siente aquí sin pedir permiso primero.

Elena sonrió, pequeña pero genuina.

—Entonces ya ganamos.

—No —dijo él, voz baja hasta volverse murmullo—. Ganamos la primera partida. El juego apenas empieza.

El teléfono vibró de nuevo, más insistente.

Julián no lo tocó.

Lo dejó sonar.

El sonido se mezcló con el tintineo de copas, el rumor de conversaciones contenidas, el chisporroteo lejano de la cocina.

Fuera, la ciudad seguía encendida.

Dentro de El Legado, por primera vez en años, la luz era suya.

Member Access

Unlock the full catalog

Free preview gets people in. Membership keeps the story moving.

  • Monthly and yearly membership
  • Comic pages, novels, and screen catalog
  • Resume progress and keep favorites synced