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Chapter 5: La deuda de sangre

Julián localiza al contador del consorcio, neutraliza a los mercenarios enviados para detenerlo y obtiene pruebas irrefutables que vinculan al Hospital San Judas con el asesinato de su padre. Con esta información, prepara el golpe final contra Sotomayor durante la gala benéfica, transformando la amenaza de embargo en una trampa pública para el Consorcio.

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La deuda de sangre

El aire en el sector sur de la ciudad no olía a dinero, sino a alcantarilla y a miedo rancio. Julián Varela entró en el complejo de apartamentos sin hacer ruido, su presencia cortando la atmósfera como una hoja de bisturí. En el 4B, Alberto, el antiguo contador del consorcio, intentó alcanzar una pistola sobre la mesa astillada. Julián no le dio tiempo ni a respirar; en un parpadeo, le inmovilizó la muñeca contra la madera con una presión que hizo crujir los tendones.

—No dispares, Alberto. La bala te atravesaría a ti antes de rozarme —dijo Julián, su voz carente de cualquier rastro de duda.

El contador, un hombre consumido por años de secretos ajenos, soltó el arma. Julián no lo golpeó. Se inclinó, invadiendo su espacio personal con una calma que aterrorizaba más que cualquier grito.

—Tu hija está en el conservatorio. Dile a Marcos, el que vigila el coche de tu mujer, que se retire. Ya está fuera de juego.

Alberto palideció. Julián no solo había llegado hasta él; había desmantelado su red de seguridad personal antes de cruzar el umbral. El contador se desplomó, derrotado por la eficiencia quirúrgica de un hombre que, según los informes del consorcio, debería haber sido un paria sin recursos.

Al salir, el callejón trasero estaba bloqueado por dos mercenarios del Consorcio. Sus trajes oscuros y movimientos rígidos delataban su procedencia: eran ejecutores de élite, acostumbrados a limpiar los errores de Sotomayor. El más alto puso la mano en su chaqueta, buscando un arma que nunca llegaría a desenfundar.

—Varela —dijo el hombre, con un desdén profesional—. El Consorcio no tolera fantasmas que regresan a cobrar deudas.

Julián no se detuvo. Su mano, oculta en el bolsillo, activó un emisor de frecuencias que anuló instantáneamente los canales de comunicación cifrada de los atacantes. El silencio cayó sobre el callejón. Los mercenarios, desorientados al perder la conexión con su centro de mando, titubearon. Fue el único error que Julián necesitaba. Un giro preciso, un golpe seco en el nervio braquial del primero y una zancadilla calculada al segundo bastaron para dejarlos fuera de combate. No hubo violencia gratuita, solo la eliminación eficiente de un obstáculo táctico.

Ya en el vehículo blindado, Alberto conectó su unidad de encriptación a la laptop de Julián. El archivo que se desplegó ante ellos no era solo una lista de cuentas; era una sentencia de muerte para el Hospital San Judas.

—Si abres esto, Julián, no hay vuelta atrás —advirtió Alberto—. El hospital es el núcleo financiero de la operación. Si tocas esa estructura, el Consorcio no enviará abogados. Enviarán especialistas en limpieza.

Julián introdujo la llave maestra. La interfaz reveló una red de transferencias que conectaban al hospital directamente con la ejecución de bienes y, lo más perturbador, con una serie de pagos realizados hace años, justo antes de la caída de su padre. Los registros confirmaban quién autorizó el sabotaje que destruyó a su familia. El Hospital San Judas no era un centro de salud; era el archivo viviente de sus crímenes.

De regreso en la oficina, la luz del amanecer se filtraba por las persianas, marcando el límite de tiempo para el embargo de Elena. Ella entró sin llamar, con el rostro desencajado.

—He revisado las cuentas. Si no movemos el capital de la gala benéfica antes de las ocho, Sotomayor ejecutará la deuda. Nos quitará hasta el último marco. No podemos ganar jugando según sus reglas.

Julián deslizó el archivo azul sobre la mesa. Elena lo abrió, y a medida que sus ojos recorrían los nombres y fechas que vinculaban al Hospital San Judas con la firma que autorizó el desahucio de los Varela, su rostro se tornó una máscara de horror contenido.

—No vamos a jugar, Elena —dijo Julián, su voz resonando con una autoridad que no admitía réplicas—. Vamos a cerrar el mercado. La gala benéfica no será nuestro final. Será el escenario donde el Consorcio vea cómo su activo más preciado se convierte en cenizas frente a toda la ciudad.

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