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Chapter 2: La subasta del desprecio

Julián Varela se infiltra en la casa de subastas de Elena de la Fuente, utilizando pruebas de lavado de activos para ganar su atención. Ricardo Sotomayor interrumpe la reunión para imponer un ultimátum de embargo, forzando a Elena a considerar una alianza táctica con Julián para evitar la pérdida de su negocio antes del amanecer.

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La subasta del desprecio

El vestíbulo de la Casa de Subastas De la Fuente no era un lugar de negocios; era un santuario de estatus donde el aire, cargado de barniz antiguo y perfume caro, parecía rechazar a los intrusos. Julián Varela cruzó el umbral con la calma de un hombre que ha aprendido a caminar sobre campos minados. Apenas dio tres pasos antes de que un guardia, un hombre con hombros de luchador y mirada de perro guardián, le cortara el camino.

—Fuera, Varela. Esta no es una casa de caridad, y los parias como tú no están en la lista de invitados para la venta privada de Sotomayor —escupió el guardia, elevando la voz lo suficiente para que los inversores cercanos se detuvieran, disfrutando del espectáculo de la humillación ajena.

Julián no se inmutó. No hubo tensión en sus músculos, solo una frialdad gélida que resultaba más inquietante que cualquier amenaza. Se ajustó el cuello de la chaqueta y extrajo del bolsillo interior una citación judicial, el documento que había arrancado de las entrañas del Hospital San Judas tras exponer la red de lavado de activos en la cuenta 77-B. La deslizó bajo la palma del guardia, dejando ver el sello oficial.

—Esta subasta está bajo investigación por presuntas irregularidades en la procedencia de los lotes —dijo Julián, con una voz baja que cortó el murmullo del vestíbulo como un bisturí—. Si me toca un solo dedo, no solo perderá su empleo, sino que será el primer nombre en la lista de testigos interrogados por el fiscal. El guardia palideció, retrocediendo instintivamente ante la certeza en los ojos de Julián. El paria había dejado de ser un objetivo fácil.

Sin esperar respuesta, Julián subió al despacho de Elena de la Fuente. La puerta, de caoba pesada, cedió ante su empuje. Elena estaba sentada frente a un escritorio cubierto de expedientes de embargo que se apilaban como lápidas. Al verlo, ni siquiera levantó la vista.

—Si vienes por el pago de la mudanza, te has equivocado de puerta, Julián. No hay un solo centavo para limosneros —dijo ella, con la voz quebrada por el insomnio.

Julián no buscó consolarla. Avanzó y soltó un sobre manila sobre los documentos oficiales. —No busco tus migajas. Busco al estafador que está vaciando tus arcas. —Elena soltó una carcajada amarga, pero al ver el sello del documento, su rostro se tornó de un blanco espectral. Julián se inclinó, invadiendo su espacio personal. —Es la valoración original de los diamantes, la que el catálogo actual oculta bajo cifras falsas. Sotomayor te está asfixiando desde adentro.

La tensión en la oficina se volvió asfixiante cuando la puerta se abrió de golpe. Ricardo Sotomayor irrumpió en la estancia, ignorando a Julián como si fuera un mueble. Se acercó al escritorio y arrojó una carpeta sobre la madera pulida con un golpe que resonó como un disparo.

—Elena, querida —dijo Sotomayor, con una sonrisa que no llegaba a sus ojos—. He comprado la deuda que mantenías con el banco. Ahora, el único acreedor de esta institución soy yo. O firmas la transferencia de la propiedad antes del amanecer, o mañana, a primera hora, ejecutaré el embargo. Tu nombre desaparecerá de esta fachada antes del mediodía.

Sotomayor se retiró con la suficiencia de quien ya ha ganado la guerra, dejando a Elena al borde del colapso. Julián, apoyado contra la pared, esperó a que el silencio volviera a reinar antes de recoger el sobre del escritorio y entregárselo, esta vez, en las manos temblorosas de la mujer.

—Sotomayor no controla lo que no sabe que existe —sentenció Julián, su tono despojado de cualquier piedad—. Mañana, cuando el martillo caiga, el mundo verá que el catálogo es un fraude. Tienes dos opciones: ser destruida por él, o ser la arquitecta de su caída a mi lado.

Elena miró el documento, luego a Julián, entendiendo que el precio de su salvación era una guerra que apenas comenzaba.

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