Diálogo entre depredadores
El aroma a especias tostadas y el acero pulido de la cocina del Salvatierra no intimidaron a Federico Arriaga. Se movía entre los fogones con la misma arrogancia con la que años atrás había orquestado el exilio de los Sanz. Llevaba un traje hecho a medida que parecía una armadura, pero sus ojos delataban la urgencia: el sello de lacre familiar, ahora en manos de Álvaro, era una sentencia de muerte administrativa.
—Álvaro, dejemos las formalidades —dijo Arriaga, dejando un maletín sobre la mesa de acero donde Doña Irene solía amasar el pan—. Este lugar es una reliquia que solo te traerá deudas. Firma la renuncia a la licitación, retira las denuncias sobre la firma municipal y podrás desaparecer con una cifra que ni en tres vidas habrías ganado.
Doña Irene, de pie junto a la estufa, se tensó. Sus manos, marcadas por décadas de trabajo, se cerraron en puños sobre su delantal, pero no retrocedió. Álvaro, sin embargo, ni siquiera miró el maletín. Estaba afilando un cuchillo de chef, el sonido rítmico y metálico cortando el aire tenso de la cocina.
—Tu error, Federico, no es el dinero —respondió Álvaro, su voz era un hilo de calma gélida—. Es la suposición de que el Salvatierra es solo un negocio. Es un archivo. Cada mueble, cada receta, cada contrato que guardas en tus cajas fuertes tiene un rastro que conduce a este sello. La firma municipal que falsificaste para reclamar este terreno… el sello deja una marca en el papel que no coincide con la fecha del registro público.
Arriaga palideció, aunque intentó ocultarlo con una sonrisa gélida. Se retiró con una advertencia velada sobre el costo total de la resistencia, pero Álvaro no lo siguió. Sabía que el magnate ya estaba atrapado en su propia telaraña.
La puerta del despacho privado apenas se había cerrado cuando Lucía Baeza entró, con el rostro despojado de su habitual máscara de eficiencia. Sus manos, que normalmente gestionaban contratos municipales con precisión, temblaban al sujetar un maletín de cuero gastado.
—Lo sabe, Álvaro —susurró, cerrando la puerta con un clic que sonó como un disparo—. Arriaga sabe que hablé. Me ha dejado un mensaje en el servidor central: mi acceso está revocado y han bloqueado todas mis cuentas personales.
Álvaro no se levantó. Se mantuvo tras la vieja mesa de roble, observando cómo la desesperación de Lucía deformaba sus rasgos. La mujer no era una aliada por convicción, sino por supervivencia, y su pánico era un indicador preciso de la magnitud del desastre.
—Siéntate —ordenó él. Su voz fue un ancla—. Arriaga no bloquea cuentas si pretende negociar. Te está aislando para que no tengas a dónde correr. ¿Qué es lo que realmente teme que entregues?
Lucía sacó una carpeta. —La deuda pública de la ciudad no es un déficit, es un esquema de lavado. Arriaga tiene los documentos originales, los que prueban que el restaurante es solo la punta del iceberg. Si ellos tienen esos archivos, pueden borrar la historia de esta ciudad a su conveniencia.
Álvaro comprendió entonces que la guerra no era solo por el local, sino por el control de la deuda pública. Al quedarse a solas con Doña Irene, le entregó el sello con una determinación inquebrantable.
—No es solo un símbolo, Irene. Es el mapa de su caída —le aseguró.
Doña Irene alzó la vista, sus ojos reflejando una resolución férrea. Ella conocía los rincones de este lugar mejor que nadie; sabía que los fogones y las vigas habían sido testigos mudos de los acuerdos que forjaron la ciudad. Arriaga había cometido el error fatal de creer que el poder era solo papel, ignorando la memoria de quienes habitan la cocina. Álvaro preparaba el terreno para una licitación pública que no solo expondría el fraude, sino que desmantelaría el imperio de Arriaga, pieza por pieza.