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Chapter 3: El primer martillazo

Dante invalida la licitación de Thorne presentando pruebas de corrupción ante los jueces, asegurando el contrato para Varga Constructora. Tras la humillación pública de Thorne, Dante le revela que su caída es solo el inicio de una purga mayor por parte del Consorcio internacional que lo respaldaba.

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El primer martillazo

El aire en el salón de subastas del Centro Financiero era denso, cargado con el aroma a cera de caoba y el perfume de hombres que confundían el precio de sus trajes con su valor moral. Julián Thorne presidía la mesa principal, con la barbilla en alto y esa sonrisa de suficiencia que, para Dante Valerius, era solo una señal de debilidad oculta.

Para la élite presente, Dante no era más que un espectro, un paria que se atrevía a ocupar un asiento en la última fila. Pero Dante no estaba allí por el estatus; estaba allí para desmantelar la arquitectura de la corrupción de Thorne, pieza por pieza.

—El precio base para la licitación del Hospital Central se cierra en cincuenta millones —anunció el subastador, con una mirada gélida hacia Dante—. ¿Alguna oferta final?

Elena Varga, a su lado, tenía los nudillos blancos de tanto apretar su maletín. Su respiración era un hilo de ansiedad. Dante le puso una mano firme sobre el antebrazo. No era un gesto de consuelo, sino de control.

—Impugno la licitación —dijo Dante. Su voz no fue un grito, sino un corte seco en el murmullo de la sala.

Caminó hacia el estrado. Los guardias de seguridad se movieron para interceptarlo, pero Dante se detuvo a un paso de ellos, con una calma que los obligó a retroceder instintivamente. Dejó caer el archivo original de la licitación sobre la mesa de Thorne. El antagonista se giró, su máscara de elegancia corporativa resquebrajándose al ver el sello oficial del documento.

—Valerius, esto no es un refugio para indigentes —espetó Thorne, ajustándose los gemelos de oro con manos que empezaban a temblar—. Seguridad, saquen a este sujeto. Es un fraude técnico.

Dante no respondió. Conectó un dispositivo a la terminal de la mesa. En la pantalla gigante del salón, una serie de transferencias bancarias se proyectaron en tiempo real. El silencio que siguió fue absoluto.

—Thorne, explica por qué tus fondos provienen de cuentas offshore vinculadas al Consorcio Internacional —dijo Dante, su voz gélida—. No es capital corporativo. Es dinero sucio que utiliza este hospital como lavandería. La cláusula 4-B de la licitación prohíbe explícitamente el capital de origen extranjero no declarado. Estás fuera.

La cara de Thorne se tornó cenicienta. La evidencia era pública, innegable y devastadora. Los jueces, antes aburridos, comenzaron a revisar los documentos con una alarma creciente. Thorne intentó intervenir, pero su voz se quebró en un grito desesperado, perdiendo el aura de superioridad que lo sostenía.

Elena Varga, viendo el tablero de poder reescribirse, presentó su oferta ajustada. Dante garantizó la solvencia con la inyección de capital que había rescatado de las sombras. El martillo cayó, seco y definitivo, a favor de Varga Constructora.

Tras la sesión, Dante se retiró hacia el pasillo privado. Thorne lo embistió, acorralándolo contra la pared.

—Crees que has ganado, ¿verdad? —siseó Thorne, con los ojos inyectados en sangre—. Aquí, el dinero borra las pruebas y gente como tú desaparece antes del amanecer.

Dante lo observó con una calma que aterrorizó más que cualquier amenaza.

—Julián, tu error no fue robar la licitación. Fue creer que eras el arquitecto de este juego —dijo Dante, ajustándose el puño de la camisa con una lentitud deliberada—. El Consorcio no te premiará por este fracaso; te descartarán como a un activo tóxico. Ellos ya tienen los ojos puestos en lo que sigue, y tú ya no eres parte de sus planes.

Thorne retrocedió, su rostro desencajado al comprender que su caída no era solo una derrota financiera, sino el inicio de un purgatorio mucho más oscuro. Dante se alejó, consciente de que el Consorcio, ahora alertado, no tardaría en enviar a alguien más peligroso que un simple testaferro.

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