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Chapter 2: Desayuno en el Ático

Elena comienza su convivencia forzada con Julián en el ático, donde él establece las reglas de su matrimonio transaccional. Un incidente con un periodista obliga a Julián a fingir una intimidad posesiva que Elena comprende como una herramienta de control. Tras el incidente, Elena descubre pruebas de que Julián orquestó la ruina financiera de su familia mucho antes de la gala, revelando que su 'rescate' fue una trampa calculada.

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Desayuno en el Ático

El café en la mesa de mármol del ático de Julián Varela no humeaba; estaba tan gélido como la mirada que él le dedicaba desde el extremo opuesto. Elena mantuvo la espalda recta, sintiendo cómo el peso de su nuevo apellido —el nombre Varela, ahora legalmente suyo— se sentía como una cadena de oro macizo. El silencio en el salón, inmenso y aséptico, no era una tregua, sino un campo de minas.

—El protocolo es simple, Elena —dijo Julián, deslizando una carpeta de cuero sobre la superficie pulida—. Tu lealtad es un activo de mi empresa. Cualquier desliz, cualquier mención a la situación de tu hermana, será interpretado como una brecha de seguridad. Y no tolero las brechas.

Elena abrió la carpeta. Eran instrucciones de comportamiento, una coreografía diseñada para que el mercado viera en ellos la unión perfecta. Su dignidad palpitaba bajo el papel, pero el recuerdo del desalojo inminente y la mirada aterrorizada de Sofía la obligaron a contener el aliento.

—No soy una empleada, Julián. Soy tu esposa —respondió ella, forzando la calma en su voz—. Si esperas que mi actuación sea impecable, entonces mi posición en esta casa no puede ser la de una prisionera.

Julián se puso en pie, su sombra proyectándose sobre ella con una autoridad que no necesitaba alzar la voz. Se inclinó, invadiendo su espacio personal con un aroma a sándalo y poder que la hizo tensarse.

—Tu posición es la que el contrato dicta. Si quieres autonomía, asegúrate de que mi junta directiva nunca tenga motivos para dudar de nuestra unión.

Antes de que pudiera replicar, un estrépito en el vestíbulo privado del ático captó su atención. Un periodista, burlando la seguridad privada del edificio, había logrado infiltrarse hasta el ascensor de servicio. El hombre, con una cámara al hombro, comenzó a disparar fotos apenas las puertas se abrieron, buscando el ángulo perfecto de la "pareja ideal" en su intimidad doméstica.

La reacción de Julián fue instantánea. No hubo gritos, solo un movimiento calculador. Se colocó tras Elena, rodeando su cintura con una firmeza que no admitía réplica. Su mano, cálida y posesiva, se hundió en la seda de su blusa, atrayéndola contra su pecho. Para el lente de la cámara, aquello era un gesto de devoción; para Elena, era una advertencia.

—Déjalo —ordenó Julián al jefe de seguridad que intentaba intervenir—. Que se lleve la imagen.

El flash de las cámaras los cegó, pero fue la mano de Julián en su cintura lo que realmente le cortó la respiración. Mientras el intruso era desalojado, Julián no la soltó de inmediato. Se inclinó sobre su hombro, sus labios rozando apenas su piel en un susurro que solo ella pudo escuchar:

—Sonríe, Elena. La farsa acaba de empezar.

Minutos después, la calma regresó al ático, pero el aire se sentía distinto. Julián la condujo a su despacho privado, un santuario de cuero y caoba. Allí, el tono cambió.

—He eliminado la deuda de tu padre —dijo él, arrojando un documento sobre la mesa—. Pero no es un regalo. A cambio, necesito acceso total a los registros de la constructora. Sé que tu padre ocultó algo antes de que todo colapsara.

Elena sintió un vacío gélido en el estómago. Mientras Julián atendía una llamada urgente en el balcón, ella se quedó sola frente al escritorio. Sus dedos, aún temblorosos, rozaron una carpeta negra que él había dejado desatendida. Al abrirla, la verdad cayó sobre ella como una losa: el informe estaba fechado meses antes de que Julián la abordara en la gala. Él no la había rescatado; él había orquestado la caída de su familia para tenerla exactamente donde la quería. Elena encontró el nombre de su padre en el documento prohibido. Julián no la había rescatado; la había atrapado.

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